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EL PUENTE & EL VIENTO

por Valdo J.

El ciclista subía la cuesta con el resuello tranquilo de quien conoce bien el camino. El aire de montaña le mordía las piernas, la tarde se apagaba rápido, el cielo empezaba a hundirse detrás de las lomas. A la distancia vio una figura recortada del otro lado de la baranda del puente, quieta, inclinada hacia el vacío. Pensó que sería algún turista tomando fotos, aunque ahí y de esa manera nadie tomaba fotos.

A pocos metros redujo velocidad. La figura no se movía. El ciclista frenó y apoyó un pie en el asfalto, dejó descansar la bicicleta en la baranda del lado de la carretera.

—Todo bien, amigo?

El hombre al otro lado no lo miró. De espaldas a la carretera y a la baranda, su cuerpo inclinado como si escuchara algo en el fondo del abismo. Tardó un segundo en responder, cuando habló sonó casi entusiasmado.

—Voy a volar.

El ciclista parpadeó, sin alarmarse. Se acercó cauteloso, curioso, como quien escucha algo inesperado a mitad de un paseo.

—¿Cómo dijo?

—Voy a volar —repitió el hombre, esta vez con un tono casi alegre, como si hubiera estado ensayando esa frase desde hacía meses.

No había desesperación ni temblor en su voz. Tampoco miedo. Únicamente convicción pura. El ciclista  se aproximó a la baranda para mirar el hueco enorme del cañón, el río al fondo, la sombra que crecía sobre el agua. Hizo un gesto leve, no de sorpresa, sino de alguien que intenta entender qué tipo de conversación está por iniciar.

—Ah. Bueno.

Cañon del Virilla

Y se quedó esperando. El otro, emocionado por tener público, tomó aire, enderezó la espalda, mas cerca ahora de la baranda y se preparó para explicar lo inexplicable. Levantó la vista. Se notaba emocionado, orgulloso, esperó toda la tarde para explicarle a alguien el plan que llevaba en la cabeza.

—La gente cree que esto es tirarse y ya —dijo—. No entienden nada del viento. Aquí abajo hay flujos anabáticos, las brisas del valle que impulsaran mi vuelo. Si uno se asoma bien, las siente en la cara. Esa presión me empujará, no hacia abajo. El puente funciona como la boca de fuego de una escopeta. El ventarron entra, choca con las paredes y sube de golpe. Yo he venido varias veces. Ya estudié cómo se mueve todo.

El ciclista lo observaba, sin intervenir. No parecía sorprendido; al contrario, evaluaba si valía la pena hacer otra pregunta. El hombre continuó, animado.

—La postura también importa. Si pongo los brazos atrás, no completamente, solo lo suficiente, el cuerpo gana más aceleración. Se forma una curva natural, como la panza de un pez cuando nada contra corriente. El torso manda el rumbo. No tengo que abrir los brazos como un ave. Eso es un error. La gente siempre piensa en las aves. No han visto cómo planean algunos mamíferos: no se abren de par en par, avanzan con el cuerpo en arco. Yo puedo hacerlo.

Inhalo profundo y despacio, satisfecho con su explicación.

—La otra parte es el descenso. Yo no voy a caer. Voy a planear un tramo y bajar rozando el río. Toco el agua con los dedos, así, apenas, y me hundo lo necesario para no perder dirección. Me enderezo y sigo hasta la orilla. Con un vuelo suave y el calculo preciso del empuje, se logra. Todo tiene su lógica. Lo único que me preocupa es un choque entre corrientes catabaticas y anabaticas, por lo demas estoy cubierto!

El ciclista mantuvo la mirada fija en él. No decía nada, lo escuchaba con atención. El hombre lo interpretó como confirmación de que hablaba con alguien que entendía.

—Además —agregó, ya entregado del todo a su fantasía—, hay personas hechas para esto. Algunas flotan distinto. A mí siempre me han agarrado bien las ráfagas. Yo sé cómo se siente. No me van a dejar caer como piedra. Nunca me han abandonado.

El ciclista inhaló despacio, trató de aclarar una idea antes de soltarla. No sonaba molesto ni incrédulo. Solo curioso, en ese modo tranquilo de la gente que ha visto de todo en caminos de montaña.

—Ya veo —dijo al fin.

Y entonces volvió la mirada hacia el otro extremo del puente, señalando donde la montaña descendía en un ángulo brusco. A cierta distancia, casi oculta entre los matorrales, se veía una hendidura larga, inclinada, que terminaba en una lengua de tierra endurecida por años de agua caída desde arriba.

—¿Ve eso allá? —dijo—. El agua que baja del caño se comió la loma con los años, dejando una rampa natural. Si usted tuviera un ala delta, saldría volando sin problema. Es más, yo mismo podría sostenerle la estructura. El céfiro, anabatico o catabatico que usted mencionó, disculpará mi ignorancia no soy experto, pega directo en esa rampa y lo levanta. Sería un despegue limpio.

El hombre del otro lado del puente volvió la cabeza hacia el punto señalado por el ciclista. Lo observó con atención, como si intentara imaginarse a sí mismo corriendo por la pendiente, sintiendo el chirrión inflar una estructura de aluminio y tela. Parecía valorarlo en serio. Regresó a su posición inicial. Sí, la información fue interesante, mas no indispensable. El ciclista concluyó, sin énfasis:

—Usted no tiene un ala delta ahorita.

El hombre se acomodó agarrando bien la baranda, tomó aire y respondió con seguridad.

—No hace falta. La corriente de aire aquí es muy fuerte. Usted no la siente igual porque está en la parte interna del puente, sobre la carretera. Yo la tengo de frente. Además, no veo necesario correr. La caída me va dar la aceleración. Solo debo arquearme correctamente y dejar que el ventarrón haga su parte. Esto no es un brinco al despeñadero. Es un vuelo. Todo sereno.

El ciclista analizó lo dicho, una receta que no va funcionar, apreciando eso si, el esfuerzo de quien la explica.

—Ajá —dijo, sin burla, moviendo su cabeza de arriba abajo con lentitud.

Se escoró por encima de la baranda, con cuidado, para mirar la caída y volvió a ver al amigo que estaba a punto de volar. Abrió los brazos para ilustrar algo que tenía en mente.

—Con un parapente sería aún más fácil —dijo—. No necesitaría rampa. Basta con extender la vela aquí mismo, en la entrada del puente. Yo podría sujetar las cuerdas y acomodar la tela. El aire que corre por este paso la inflaría en segundos. Usted se trepa sobre la baranda, de pie, ya no de espaldas, espera el tirón y sale elevado sin mucha complicación. No es ciencia oculta. Es cosa de dejar que las corrientes hagan su trabajo.

Hizo un gesto suave hacia la balaustrada, como si le mostrara el punto exacto donde posicionarse. Después, mirando al tipo al otro lado de la baranda, sus pies, sus manos, a los ojos fijamente, le dijo:

—Usted no tiene un parapente ahorita.

El hombre no se sintió corregido. Tampoco ofendido. Al contrario, parecía complacido de que alguien entendiera “la lógica del vuelo”, aun sino compartiera sus métodos.

—El parapente sería bonito, porsupuesto —respondió—, no es lo que necesito. Yo ya tengo la corriente exacta. Aquí abajo se forma un embudo que empuja con muchísima potencia. Usted no lo nota igual, yo desde aquí sí, no ve que la presión en estas coordenadas circula sin tanta resistencia como si la hay de su lado de la baranda. Cuando me lance, el aire me va sostener. La postura es clave, le repito. Cuerpo en arco, brazos atrás, apenas unos centimetros despegados del cuerpo. La caída hace el resto. Bajo casi rozando el agua, la toco apenas, y sigo. Igual que los que sobreviven a esas caídas larguísimas en paracaídas. Los he visto, no es tan distinto. Si ellos pueden, yo también.

Wingsuit o Traje Aereo

El ciclista no discutió. Lo miró con atención, aceptando que esa conversación ya tenía vida propia. Acomodo el manubrio de la bicicleta. Sobre ellos, el cielo se apagaba y el silencio se extendía lo suficiente antes de proseguir:

—Hay una opción más —comentó con estoicismo—. Es la más difícil de conseguir. Un traje aéreo, con uno de esos trajes sí volaría sin apoyo de nadie. Solo necesita el impulso inicial. La tela se extiende bajo los brazos y entre las piernas. Ahí nace la sustentación. Con la caída toma velocidad y usted dirige el rumbo con leves movimientos del cuerpo. Parece sencillo, pero no lo es, sin embargo funciona muy bien. La gente se lanza desde peñascos más altos que este puente y planea kilómetros.

Al mismo tiempo que comentaba sobre el traje aereo el ciclista simulaba con los brazos el funcionamiento de la indumentaria, imitando la forma rígida del traje, y terminó rematando, con la misma paz con la que inició moviendo su cabeza con tranquilidad en señal de negación:

—Usted no tiene un traje aéreo ahorita.

El hombre sonrió, sin mucha emoción, tampoco desacreditaba al ciclista. Estaba tranquilo y devoto a sus principios.

—Yo no necesito eso. A mí siempre me ha levantado el viento. Desde chiquillo. Cuando los demás corrían, yo flotaba más alto. Lo sé por cómo me tira el aire hacia arriba hasta en días quietos. Hay gente que nace con un don. Se dió un caso en Nueva York donde una ráfaga acomodó a una señora en otro lugar, la sacó de su oficina dejándola caer en un andamio. Sobrevivió una caída de varios pisos. La vida acomoda a quien debe acomodar. Yo no caigo. A mí me agarran.

El ciclista lo escuchó en silencio, muy atento a sus palabras. Consciente de que aquel hombre ya había decidido confiar únicamente en sus instintos.

—Entiendo —dijo al fin.

La luz empezaba a apagarse a un ritmo incómodo. El ciclista se frotó los brazos. El ambiente había cambiado de temperatura. No era una brisa fresca: era un aviso de que la montaña estaba cerrando la jornada. Miró hacia el oeste; quedaban, con suerte, cuarenta y cinco minutos de luz aceptable para bajar sin terminar hecho pedazos en una cuneta.

—Está frío —comentó el ciclista, más para sí que para el otro.

El hombre al otro lado de la baranda asintió, como si aquello también fuera parte de su cálculo.

—Sí, lo percibo —dijo—. El aire que me hará volar viene con más fuerza a estas horas.

El ciclista soltó una exhalación transitoria.

—Imagínese lo frío que se va poner cuando vaya cayendo directo al río. —dijo el ciclista, un comentario de esos que no esperan réplica—

El hombre no respondió. Bajó la vista hacia el fondo del cañón y respiró con calma, aquella frase no le producía ni miedo ni incertidumbre. El ciclista apoyó las manos en la baranda y se asomó con cuidado, apenas para ver la caída completa. La oscuridad entre las rocas ya parecía moverse sola. Vislumbró al hombre, del otro lado de la baranda, que seguía en la misma posición.

—Y después… ¿cómo piensa salir del cañón?

No hubo respuesta. Esperó un segundo más y preguntó:

—¿Volando?

El hombre respondió afirmativamente con la cabeza, sin dramatismo ni ironía. Gesto sincero. Ese asentimiento subrayó que ya no había conversación posible. El ciclista metió la mano en el bolsillo interno de la chaqueta y sacó un puro enrollado a medias, uno de esos que guardaba siempre para trayectos largos. Lo sostuvo entre los dedos, lo examinó, lo encendió parsimoniosamente, el frío de la montaña no le dejaba otra opción que darse un gusto antes de pedalear cuesta abajo. Una primera calada y el humo se perdió en el aire helado que cruzaba el puente. Pensó en el hombre del otro lado de la baranda, que seguía firme, inclinado analizando el posible trayecto, respirando como quien afina un motor invisible.

Estacion Atenas

—Si se fumara todo esto… le aseguro que volaría.—dijo el ciclista mirando hipnotizado su puro.

Le extendió el canuto con un gesto simple. El hombre ni lo volteó a ver. Sacó apenas la vista del hueco y negó con la cabeza.

—No puedo —contestó—. Necesito concentración total para el vuelo.

La respuesta quedó en el frío que compartían los cerros. El ciclista dio una señal positiva con sus labios, acababa de recibir una decisión sobre la cual ya no era necesario conversar. Dio una última calada, dejó que el humo se escapara hacia el cañón y apagó el puro contra el borde metálico de la baranda. Lo guardó, tomó la bicicleta, acomodó un pie en el pedal y ajustó la chaqueta para enfrentar el descenso.

—Suerte en lo suyo —agregó, sin ninguna ironía.

El hombre al otro lado de la baranda no respondió. Seguía inclinado, preparando el vuelo, concentrado en un destino que solo él podía vislumbrar.

El ciclista emprendió la marcha. El sonido de la bicicleta sobre el asfalto se alejó y desapareció con rapidez, tragado por el viento frío. No volvió la vista. La noche caería pronto y quedaba un tramo largo para llegar a casa. Cuando la curva se cerró detrás de él, el puente quedó atrás, fuera de visión.

La montaña guardaba sus propios secretos y él tenía camino por delante. El viento siguió soplando.

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