por Valdo J.
VENEZUELA: DEL VOTO INICIAL A LA DICTADURA INSTALADA
Venezuela sí tuvo un origen electoral. Negarlo sería intelectualmente deshonesto. El proyecto político iniciado por hugo chávez llegó al poder por la vía del voto hace 27 años. Ese dato histórico es correcto. El problema es que ese dato ya no explica el presente, y seguir utilizándolo como argumento es una forma de manipulación.
Desde hace más de dos décadas, Venezuela no celebra elecciones libres, competitivas ni transparentes bajo estándares internacionales. No hay alternancia real, no hay árbitro electoral independiente, no hay igualdad de condiciones, no hay libertad de prensa ni garantías para la oposición. Cuando el poder se perpetúa anulando todos los mecanismos de control, deja de ser gobierno y pasa a ser régimen.
EL HELICOIDE: LA MENTIRA QUE SE CAE SOLITA
Durante años, el discurso oficial sostuvo una afirmación tan brutal como absurda: “En Venezuela no hay presos políticos”.
El Helicoide, sede del SEBIN, fue presentado como una instalación administrativa más, casi inofensiva. Hace dos días, el propio régimen comenzó a liberar presos políticos del Helicoide. La pregunta es inevitable y devastadora: ¿De dónde salieron esos presos políticos que, según el régimen, no existían?
No hay pirueta discursiva posible. No hay matiz. No hay “contexto”.
La liberación confirma lo que se negó durante años: el Helicoide fue un centro de detención política, con denuncias documentadas de tortura, aislamiento y tratos crueles por parte de organismos internacionales. Negar esto ya no es ideología. Es cinismo.
LA PRESENCIA EXTRANHERA QUE “NO EXISTÍA”
El régimen también ha negado sistemáticamente la presencia militar extranjera en Venezuela. Durante años se repitió que no había tropas foráneas operando en el país.
Entonces surge otra pregunta incómoda: ¿De dónde salieron los militares cubanos del grupo de élite conocido como ‘Avispas Negras’, cuya presencia fue reportada en operativos y denuncias internacionales?
¿Se teletransportaron? ¿Aparecieron por generación espontánea?
La respuesta es obvia: estaban ahí. La cooperación militar cubana en Venezuela no es una teoría conspirativa, es un hecho documentado. Negarlo forma parte del mismo manual de negación sistemática que el régimen aplica a todo lo que lo compromete. Dictadura no es un insulto, es una descripción.
Llamar dictadura al régimen venezolano no es una exageración ni una provocación. Es una descripción precisa:
- Concentración total del poder
- Anulación del Parlamento
- Control del sistema judicial
- Persecución polític
- Presos por razones ideológicas
- Tortura documentada
- Terrorismo de Estado
Esto no se “matiza”. No se “perfuma”. No se disimula con elecciones simuladas ni con discursos inflamados. ES UNA DICTADURA. PUNTO.
LOS DEFENSORES PAGOS DEL REGIMEN
Quienes hoy defienden al régimen venezolano no lo hacen por convicción
moral ni por romanticismo revolucionario. Lo hacen, en muchos casos, por algo mucho más concreto: BILLETE, $.
Existe documentación oficial del Estado venezolano que revela el pago de millones de dólares a estructuras políticas extranjeras para expandir el llamado “MOVIMIENTO BOLIVARIANO”.
En 2008, un documento firmado por el entonces ministro de Finanzas venezolano Rafael Isea confirma pagos superiores a 7 millones de dólares canalizados a través de la fundación CEPS, vinculada a figuras centrales de PODEMOS, entre ellas Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero.
Esto no es propaganda. Es documentación incorporada a investigaciones oficiales en España. La pregunta vuelve a ser simple: ¿Por qué tantos silencios? ¿Por qué tantas piruetas para justificar lo injustificable?
El DOBLE DISCURSO COMO FORMA DE VIDA: EL CASO DE PABLO IGLESIAS
El doble discurso no es un accidente ni una desviación ocasional. En ciertos actores políticos es una forma de vida, y pocos ejemplos resultan tan ilustrativos como el de Pablo Iglesias, durante años presentado como referente moral de una supuesta política “nueva”.
Hace menos de una década, Iglesias despotricaba públicamente contra los privilegios de la clase política europea. Llegó a afirmar que resultaba obsceno que un eurodiputado pudiera ganar más de 6.500 euros mensuales en un contexto donde amplios sectores de la ciudadanía apenas alcanzaban los 1.000 euros. Aquella indignación no se expresaba como un matiz técnico, sino como una condena moral absoluta al privilegio, al confort y a la distancia entre gobernantes y gobernados.
Sin embargo, una vez instalado en el poder, ese discurso se desintegró con notable rapidez.
Iglesias no solo pasó a disfrutar de los beneficios del sistema que decía combatir, sino que reprodujo exactamente las prácticas que denunciaba. Nombró a su pareja, Irene Montero, ministra, sin que mediara una trayectoria profesional previa que justificara ese nombramiento por mérito propio. La designación fue percibida por amplios sectores de la sociedad española como un acto de nepotismo, precisamente aquello que su espacio político aseguraba venir a erradicar.
El símbolo material de esa transformación fue aún más elocuente. Iglesias y Montero abandonaron un barrio modesto para mudarse a una mansión en Galapagar, valorada en aproximadamente 615.000 dólares, con 268 metros cuadrados construidos, ubicada sobre un terreno de más de 2.000 metros cuadrados, con jardín, piscina y casa de invitados. Una residencia que encarna exactamente el estilo de vida que durante años fue presentado como moralmente reprobable.
El mensaje implícito fue imposible de disimular: “Hagan lo que digo, no lo que hago.”
Este giro no fue anecdótico. Tuvo consecuencias políticas concretas. Podemos, el partido que Iglesias ayudó a fundar y liderar, atraviesa hoy un proceso de descomposición acelerada, con una pérdida sostenida de apoyo electoral y un repudio creciente por parte de amplios sectores de la población española, incluidos antiguos votantes que se sintieron engañados por una prédica moral que nunca se aplicó a sí misma.
Este patrón explica, en buena medida, la defensa sistemática del régimen venezolano por parte de figuras como Iglesias y su entorno. No se trata de convicción ideológica profunda ni de solidaridad con los pueblos, sino de una alianza de conveniencia, sostenida por vínculos políticos, económicos y simbólicos que resultaron funcionales durante años.
Blanquear una dictadura ajena es mucho más sencillo cuando se disfruta de libertades, instituciones y comodidades garantizadas por una democracia. La hipocresía no es un exceso retórico: es el núcleo del problema.
¿Cuál es el tono con el que se le habla a una dictadura? ¿Cuál es el tono con el que se le reclama a un dictador? ¿Se le organiza un rendezvous, monsieur le dictateur? ¿Se le sonríe en una sala alfombrada? ¿Se le habla con cortesía semidiplomática, como si estuviéramos ante un interlocutor legítimo? No. Esto es grave.
Cuando en otros países latinoamericanos hubo dictaduras, lo que exigió la comunidad internacional fue solidaridad con las víctimas, presión política y denuncia sostenida. Con Venezuela ocurrió lo contrario: se relativizó, se miró hacia otro lado, se la convirtió en un tema incómodo. Hoy, incluso, hay quienes llaman “solidaridad” a la indulgencia con una dictadura plenamente instalada.
Hablamos de privaciones ilegales de libertad, de torturas, de terrorismo de Estado, de delitos de lesa humanidad. Hablamos de denuncias formuladas por prácticamente todas las instancias internacionales relevantes, desde Naciones Unidas hasta Human Rights Watch. No es una opinión. Es un expediente.
La pregunta, entonces, es otra: ¿quién falta en la fila para reclamarle algo a estos dictadores? ¿Quiénes todavía no están donde deberían estar?
No sé cuánto tiempo más nos queda, aunque sí sé una cosa: si la dictadura venezolana gana por desgaste, por dilación, por chicana y por cansancio internacional, perdemos todos. No pierde solo Venezuela. Perdemos todos.
Esa es la realidad. Los que aplauden al dictador, los que hacen negocios con el dictador, los que mantienen vínculos con el dictador, ya están ubicados. Los eclécticos, los tibios, los que juegan a no definirse, también.
Y estamos los otros. Los que nos oponemos, discrepamos, levantamos la voz, incomodamos y reclamamos. La historia no es neutral, nunca lo fue. Al final de su recorrido dicta sentencia.
Demora más o demora menos, pero siempre llega el momento en que el dictador rinde cuentas ante su pueblo. Y cuando eso ocurre, siempre gana lo mismo: el pueblo. El pueblo democrático.
EL ARGUMENTO INFANTIL DEL “IMPERIO”
Calificar a toda crítica como “imperialista”, “facha” o “aliada del imperio” no es un argumento político. Es un recurso adolescente, indigno de adultos informados. La pregunta correcta es otra:¿Qué intereses se están protegiendo ¿Qué negocios, qué vínculos, qué beneficios personales explican tanta ceguera moral?
EL TIEMPO HISTORICO NO PERDONA
La historia siempre llega al final del camino. Demora más o demora menos. Los dictadores siempre terminan rindiendo cuentas ante su pueblo. Y quienes los aplauden, los justifican o los blanquean quedan registrados exactamente donde eligieron estar. No hay neutralidad posible. No hay eclécticos cuando se habla de tortura, presos políticos y terrorismo de Estado.
Lo verdaderamente frustrante no es solo discutir con quienes, desde la comodidad de una democracia ajena, se permiten blanquear una DICTADURA. Lo verdaderamente insoportable es pensar en los millones de venezolanos que no comulgan con el régimen y que no tienen la opción de irse, que siguen ahí porque no pueden escapar, porque no tienen recursos, porque tienen familia, porque simplemente no les queda otra que subsistir como pueden. Para ellos, la negación de los hechos no es un debate académico ni una postura ideológica: es una forma de violencia adicional.
Es ver cómo se descalifica su testimonio, cómo se ridiculizan los videos que circulan en medios independientes, cómo se pone en duda la palabra de quienes viven la represión en carne propia, acusándolos de “fachos”, “imperialistas” o cualquier otro adjetivo infantil diseñado para no mirar la realidad.
A estas alturas, negar el robo de elecciones en Venezuela, negar la represión, negar el colapso institucional, ya no es ignorancia: es complicidad. Y resulta aún más ofensivo escuchar cómo se presenta como algo positivo que paises como Cuba, Rusia, China o Irán se hayan llevado el petróleo venezolano durante decadas, sin pagar un solo peso, a cambio de “ayuda” militar o logística obsoleta, de productos que no cumplen estándares mínimos, mientras el pueblo sigue empobrecido y sometido. Esa es la verdadera tragedia: no solo vivir bajo una dictadura, sino tener que soportar que otros, desde lejos, se empeñen en negar los hechos y llamar mentira a la verdad.
‼️Venezolano a un señor 'Anti Trump': "El día que quisimos sacar a Maduro estuvimos 6 meses en la calle, 200 muertos, 2000 presos, torturados.. Estados Unidos ha hecho en 3 horas lo que nosotros llevamos 25 años luchando en la calle. Llevamos 25 años tratando de salir de estos perros."… pic.twitter.com/hiQXqKNtc7
— A PIE DE CALLE (@apiede_calle) January 11, 2026