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La falacia de la “bukelización” y el miedo bien escrito

por Valdo Jiménez

Leí con atención el texto sobre la supuesta “bukelización” de Costa Rica. No me convenció. No porque esté mal escrito —al contrario, está muy bien armado— sino precisamente por eso. Es uno de esos textos que usan inteligencia, prestigio y buena prosa para vender miedo. Y el miedo, casi nunca es inocente.

Hablar de “bukelización” en Costa Rica me parece una falacia. No porque el país no tenga problemas graves, que los tiene, sino porque se fuerza la realidad para que encaje en un relato previamente construido. Costa Rica sigue teniendo elecciones, pluralidad de partidos, banderas de todos los colores en la calle, crítica abierta al gobierno y una prensa que se le caga al presidente un día sí y otro también, entonces: ¿quien persigue a quien? Eso no es una antesala de autocracia. Decirlo así es dispararse en el pie y, de paso, infantilizar el debate.

El caso de El Salvador es otro asunto, y tratarlo con ligereza es, como mínimo, MEZQUINO. Ahí no se está hablando de teorías políticas ni de abstracciones jurídicas (hablar desde la teoría le fascina al progresismo, a la “revolución”), sino de pandillas que durante décadas DESCUARTIZARON personas, violaron niñas y niños, asesinaron mujeres, ancianos y familias enteras. Frente a ese nivel de horror, a mí me cuesta entender que la discusión se centre en si esos criminales deberían haber terminado la escuela o ir a la universidad o si se les debe dar más proteína en su dieta, sin importar lo que coma el pueblo. Hay crímenes que rompen cualquier pacto humano posible. Pensar lo contrario no es progresismo: es desconexión con la realidad.

Bukele podrá gustar o no, pero ganó dos elecciones con mayorías abrumadoras. Y eso no se explica solo con propaganda o manipulación. Se explica porque millones de personas que vivían aterrorizadas hoy pueden caminar por la calle sin pensar que les van a matar a un hijo o violar a una hija, o al reves, que también lo hacían. Decirle a esa gente, desde la comodidad de otros países, que están “equivocados” o que viven bajo una “dictaduraes no haber entendido nada de lo que vivieron.

@tato2909

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En Costa Rica, además, tenemos que mirarnos al espejo antes de señalar con el dedo. Yo soy testigo directo de cómo, durante la pandemia, un banco estatal intentó quitarle a mi familia un edificio que nos costó más de 30 años construir. No quisieron arreglo de pago, ni diálogo, aun teniendo el dinero. Mientras tanto, bancos, magistrados y políticos siguieron blindados, con pensiones obscenas y liquidaciones millonarias, robandole a todo el país. De eso se habla poco cuando se invoca la “defensa de la democracia”.

El problema aquí no es que de pronto vayamos camino a una “dictadura” tropical importada desde El Salvador. El problema es un Estado que suelta narcos a las pocas horas, que casi lleva al país al default en los gobiernos del PAC, que protege a LOS SUYOS Y CASTIGA AL QUE TRABAJA. Un poder judicial que libera a un tipo con 14 kilos de cocaína y luego lo vuelve a agarrar con otro kilo como si nada. Eso también es violencia, aunque no salga en columnas elegantes de un medio europeo.

Hay algo más que me inquieta de este tipo de textos: funcionan porque los escribe gente muy preparada. Entonces muchos pensaran: “si lo dice alguien tan inteligente, debe ser verdad”. AHÍ ESTA LA TRAMPA. A lo largo de la historia, las élites siempre han usado intelectuales para confundir a las mayorías y defender regímenes que ya no se sostienen por resultados, solo por miedo.

No pongo la mano en el fuego por ningún político. Tampoco creo que ninguno vaya a mejorar mágicamente mi calidad de vida. Antes de nacer, mi generación ya estaba endeudada por decisiones de esa misma clase política que hoy se rasga las vestiduras hablando de libertades, “defendiendo la democracia, la institucionalidad” si guevon. Por eso, cuando escucho discursos que apelan al miedo antes que a los hechos, desconfío.

No se trata de idealizar a nadie ni de copiar modelos ajenos. Se trata de no tragarnos cuentos bien escritos que esconden realidades mucho más incómodas. Porque a veces, lo que se defiende en nombre de la democracia no es la democracia misma, sino un orden que lleva décadas fallándonos.

Nayib Bukele (a la izquierda) y Rodrigo Chaves, en San José durante una visita de Estado en 2024.Jeffreyr Arguedas (EFE)
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