por Fabian González
Las erupciones volcánicas hicieron emerger las placas continentales bajo vertidos fértiles de nutrientes, sobre los que pastaban enormes bestias milenarias, descendientes de los sagrados paquidermos.
En este vergel bello los humanos cuidaron el equilibrio de los bosques por milenios, aprendieron de la vida lo que entendieron del lenguaje de las plantas maestras y sostuvieron una supervivencia colectiva suficientemente equitativa.
Luego llegaron las carabelas. Y en sus ardientes vientres de madera soportaban la travesía blancos y barbudos campesinos (exiliados por la miseria del poder feudal), liderados por generales entrenados durante siglos para la conquista y la evangelización, bajo el mandato del Rey y de Dios.
Exterminaron la cultura y la sociedad que encontraron, con soberbia y ambición. Mataron a casi todos los habitantes, sometieron y esclavizaron a unos cuantos restantes. Devoraron los bosques, luego sembraron coníferas para adornar sus nuevas tierras como una copia de los soñados campos de Suiza. Entre suampos y mosquitos, las estirpes privilegiadas intentaban imitar la moral y el estilo de vida burgués de Europa, a costa de la opresión de sus esclavos.
Un día llegó el anuncio de que el rey dejaría de cobrar sus tributos, los administradores esperaron en silencio y, cuando más les convino, acordaron entre las familias las pautas de distribución de las riquezas.
Entonces vino la guerra, el hambre y la miseria (de los pobres, claro). Cada señor que se declaraba jefe de Estado era sentenciado al fusilamiento, al exilio o al olvido. Incluso, quien proclamara la defensa de la soberanía contra la invasión de cuatreros pagados por el nuevo imperio, fue fusilado por sus detractores, herederos de las grandes haciendas.
Hasta que llegaron los tiranos que gobernaron por la fuerza durante muchos años (sí, aún estoy hablando del mismo lugar, la amnesia de nuestro presente no puede borrar el pasado).
Igual que el vaho caliente de las plantaciones, se levantaron los sumos de los oprimidos. Hubo luchas populares con las que se lograron derechos y garantías ciudadanas. Contra la implacable imposición del Estado y su ejército, los caudillos llevaron el conflicto a un plano intelectual e ideológico, oportuno a sus aspiraciones individuales. Retumbaban los puentes que volaban en pedazos, las fuerzas militares ahora tenían dos bandos enfrentados sin tregua sobre un campo devastado, frente a un pueblo confundido, pisoteado y hambriento.
Cuando los grandes señores pactaron su armisticio, se dio el milagro de la construcción teórica de un nuevo modelo de Estado próspero y justo, con insignes instituciones que garantizaban la salud, el bienestar y la esperanza. Hasta se descubrió la fórmula para aplacar la furia del ejército y detener el inevitable ciclo infinito de los golpes militares: se diluyó el poder de los generales en estratos de fuerzas “civiles”, con diferentes uniformes y campos de batalla. Así se proclamó la “paz”.
Pero las estirpes privilegiadas fueron recuperando en silencio lo que siempre reconocieron como suyo. Poco a poco acapararon los despachos, las curules y los púlpitos. Con tibias reformas en los sistemas y las instituciones, iban guardando entre las normas los portillos para anclar las redes del poder.
El campo de batalla era ahora la academia, la educación asegurada para toda la población se convirtió en el vehículo de la ideología, implantando el modelo teórico social de la “democracia” criolla, descodificada de dos maneras: una fórmula insostenible pero atractiva a las esperanzas de las masas, y una eficaz pirámide de control para las élites.
Una sola sociedad burguesa con dos banderas, se ocupó de gobernar por décadas bajo una misma ambición, consentida por una mayoría cada cuatro años.
Cuando la decadencia de la clase política destapó su inmundicia bajo las narices de hasta el más incauto, el mismo sistema democrático posibilitaría el éxito de la gran estafa. Las luchas internas de los trepadores se disfrazaron de ideologías para enardecer las pasiones. Todos fuimos entonces a participar del supuesto cambio que traería finalmente la prosperidad y, al ser testigos de tal debacle, caímos en el peor de los abismos: volvimos a apostar a la receta ofrecida desde arriba, a los salvadores, a los caudillos.
Peor aún, nos dejamos enajenar por la ficción que nos pintan los aspirantes a los escaños, agrupados en partidos que se enfrentan como mafias. Todo atiende a la reacción sin pensamiento. El combustible para la aceleración del capital político es la respuesta biológica que más fácilmente se logra obtener de un ser oprimido y recluido en el desconocimiento: el miedo, la ira y el odio.
Al fin y al cabo, las ideologías han terminado siendo algo más que un argumento visceral que se vende a quien haga “click” con su perfil y según sus aspiraciones. Ahora son ellas, además, un señuelo bastante eficaz para atrapar la voluntad de las masas y llevarlas a un laberinto de odios y discusiones sin sentido, separando el pensamiento crítico de los temas que realmente deberían importar, como la economía, entendiéndose ésta como la valorización de las acciones humanas para el intercambio, que se cuantifica, se reparte y se acumula (indefectiblemente) en manos de particulares o colectivos.
Así, los ideales o emociones que mueven al ciudadano a pensar, opinar y actuar (muy pasivamente con su voto), en realidad no están directamente relacionados con las causas y las eventuales soluciones de los problemas que enfrenta este individuo.
El más efectivo engaño es creer que estás pensando mientras sos obligado a reproducir un mensaje.
Yo también, igual que vos, intentaré inútilmente revertir el pasado con mi voto, como un pistolero que se juega su última bala contra un pelotón de fusilamiento, sabiendo que la sentencia está dictada. Como si el Banco Mundial y las corporaciones, los ejércitos y los mercados reconocieran en nuestras intenciones la necesidad de liberarnos de su implacable imposición. Como si la equidad se hiciera realidad con solo decretarla, sin necesidad de acciones concretas que reviertan (o revienten) los sistemas. Como ir a dejar a las urnas una bomba que nunca explota.
La mayoría votará para alcanzar ese premio que es, al fin y al cabo, el único valor material que realmente puede ofrecer con eficacia el poder: la emoción de recriminar al otro las propias carencias, de reír en su cara el fracaso de su elección, como si se tratara de dos aficiones en un partido de futbol, como si los derrotados no fuésemos todos.
Otros, como vos y yo, seremos convencidos de ir a votar por miedo a lo inevitable. Cerraremos los ojos y pensaremos en las coníferas sembradas para sus señores por nuestros abuelos colonos, como una copia de los soñados campos de Suiza. Habremos de estar satisfechos con ese acto minúsculo mientras volvemos por los caminos donde otros ciudadanos se juegan diariamente su supervivencia, en escenarios donde la “democracia” se impone por la fuerza de los sistemas de control.
Entregaremos a unos cuantos el poder de construir una narrativa. Pero, ¿qué pasará el día después de tu voto?
(2026)