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ENTRE MAULLIDOS

por Fabian Antonio Gonzalez A.

ENTRE MAULLIDOS DE GATOS Y RUGIDOS DE JAGUAR

Escuela de Estudios Generales
Seminario de Realidad Nacional
Semestre I-2000

Breve caracterización de la clase política costarricense actual

“La burguesía, después del establecimiento de la gran industria y
del mercado universal, conquistó finalmente la hegemonía
exclusiva del poder político en el Estado representativo moderno.
El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que
administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.”
Karl Marx, “Manifiesto del Partido Comunista”, 1848

¿Será que la democracia que ostentamos en este inicio de
milenio se parece más a un sorteo amañado entre las familias
oligarcas que descienden de aquellos colonos que despojaron a
los nativos de sus tierras siglos atrás?

Así pues, ¿las ideologías y los pensamientos políticos que
se enfrentan son solo eufemismos de los intereses de las élites
de control que se mudaron a la remodelada (deforestada,
saqueada, deformada en su paisaje) “Suiza Centroamericana”?

Iba leyendo entre sopores de sueño, con el zumbido del motor del bus, el borrador del ensayo que estaba preparando para el curso “Seminario de Realidad Nacional”, volteando de a ratos hacia la ventana, para evitar el mareo.

Afuera la brisa, ya atenuada por el calor del par de meses que le crecían al verano del año primogénito del nuevo milenio, apenas empujaba las hojas que caían de los robles, ese montón de robles que adornan con sus pintas de rosado y amarillo todo el Valle Central de Costa Rica. Los veía desde el asiento del bus que me llevaba a la U allá en San Pedro, mientras soportaba las presas de la General Cañas.

Soñando, a ratos dormido y a ratos despierto, sosteniendo por inercia los libros y las maquetas, pensaba en el nombre de la autopista: el General José María Cañas Escamilla, fusilado por su propio ejército.

Y al pasar por La Sabana contemplaba reflexivo la estatua de un temible, “valiente y viril”, León Cortés, mirando con soberbia el paseo Colón.

Los fachos no se pierden – me decía en silencio – solo hay que encontrar los monumentos más grandes, los más ostentosos.

Justo entonces no tenía del todo la necesidad de trabajar; pero algunos ratos semanales lijando muebles de madera en el taller de ebanistería de mi tío, el que fue de mi abuelo; me permitían ajustarme un presupuesto para echarme las birritas en la U, después de clases, con los compitas. Algunos de ellos también trabajaban como yo, a otros solo les sobraba suficiente.

Y cuando íbamos a la Calle de la Amargura o al legendario bar Ocho Ocho, no dejábamos de hablar sobre el peligroso proyecto del “Combo del ICE”, ese que había sido pactado entre los dos partidos que se repartían el poder, que pretendía abrir el mercado de telecomunicaciones, entonces ocupado por una única empresa estatal: el Instituto Costarricense de Electricidad, emblema de muchos
ciudadanos, sobre todo de los jóvenes universitarios de aquella época.

Por eso, esa mañana soleada de marzo nos habíamos organizado por asociaciones de escuelas para lanzarnos en varios frentes de la sede de San Pedro y bloquear la circunvalación desde la rotonda de La Hispanidad hasta la rotonda de La Bandera. Era un plan ambicioso y difícil de lograr, pero si daba resultado iba a tener un impacto nacional, el presidente Rodríguez y los diputados iban a tener que recular.

Mis compas y yo salimos contentos y emocionados a la recta que en aquel entonces enlazaba ambas rotondas, frente al edificio de Derecho. Para ese momento ya había sido posible bloquear todos los carriles en uno de los sentidos.

Columnas enormes de colores se veían venir, marchando con estandartes y banderas, como legionarios de ejércitos en una batalla medieval. El sindicato del ICE aparecía contundente, coreando el emotivo “Compañero de capa y escalera” de su himno. Los adolescentes del Colegio Vargas Calvo hacían su entrada por la línea del tren, aportando la energía suficiente para cualquier desbandada.

Pero la delegación más aplaudida y vitoreada fue la de los traileros, en ese momento la manifestación se impuso aplastante, con una caballería de bestias metálicas gigantes, el triunfo estaba asegurado.

Protesta frente a la antigua Penitenciaría durante el Combo del ICE en Costa Rica, año 2000.

Las columnas debían desplazarse en sentidos opuestos hacia las dos rotondas, a fin de obstaculizar el movimiento de ambas intersecciones simultáneamente. Eso provocaría un caos que afectaría por acción y reacción a todo el tránsito vehicular del Gran Área Metropolitana.

Justo entonces el coraje comenzó a derivar en exceso de confianza (capaz que así había sido calculado desde un inicio por quienes planearon el movimiento). La Federación de Estudiantes repartía alimentos, hidratación y carteles. Las bocanadas de cannabis perfumaban el aire y las burbujas de guaro camufladas calentaban la garganta. Varios colegiales vomitaban en el caño y se limpiaban con el uniforme.

La inusual cercanía con el calor del asfalto había convertido la media mañana de aquellas calles de San Pedro en una fiesta inolvidable, como si se tratara de una comarca fraternal. Bajo el antifaz de los excesos, parecía que todos éramos iguales y que defendíamos lo mismo.

De pronto sonaron simultáneamente varios bombazos, el cielo fue surcado por carriles de humo grisáceo y espeso que rebotaban varios metros delante de donde yo estaba. Junto a los gases lacrimógenos, los férreos escudos de los antimotines aplastaban las primeras filas del contingente, que se trataba, por supuesto, de los adolescentes del Vargas Calvo. Algunos de estos chiquitos, pisoteados y apaleados, podrían tener doce años.

¿Usted alguna vez ha experimentado el efecto de una nube de gases lacrimógenos? La visión se nubla, la respiración se interrumpe, el cuerpo entra en asfixia, el terror invade, se acaban las ideas, solo se intenta huir, despavorido, hacia cualquier lado. El más valiente de los escuadrones queda reducido a un hato de terneros asustados. Por eso los usan, son especialmente efectivos para desarticular movimientos.

Luego los escudos, las botas y las macanas, terminan de sepultar las
voluntades y los ideales.

Casi a punta de tacto, con la mente turbia, reboté, tropecé y me arrastré hasta refugiarme en el edificio de la Escuela de Arquitectura.

Dejé caer el agua de la llave del baño por varios minutos en mis ojos, hasta que el dolor fuera lo suficientemente leve para saberme consciente.

Orador político dirigiéndose a la multitud durante las protestas del Combo del ICE. Título: Discurso político durante el Combo del ICE.

Los noticieros y las tribunas se enardecieron, unos hablaban de fuerzas políticas moviendo masas volubles de jóvenes atraídos por la aventura del desorden, otros de brutalidad policial y represión violenta, algunos más analíticos proponían el oportunismo de ciertos personajes y su interés particular por encima del fondo ideológico en discusión.

Todos tenían razón.

Surgieron los caudillos. Se comentaba que una miembro de la
Federación de Estudiantes, de apellido Carazo, había sido arrestada.
El diputado Merino vociferaba contra la Fuerza Pública. El ministro de
seguridad se defendía diciendo que se encontraron pachas de guaro,
puros de mariguana, bombas molotov. La Federación, con el respaldo
de algunos diputados, explicaba que posiblemente había dentro del
movimiento “infiltrados”, que llevaron estos objetos con el propósito de
hacer quedar mal a los valientes y pacifistas estudiantes.

Todos mentían.

Mientras tanto intentaba articular las ideas para mi ensayo, con más dudas que antes, sepultando mis intenciones literarias bajo las afiladas observaciones del profesor: “debe clarificar su intención, ¿caracterizar la clase política hegemónica o cuestionar el estado actual de nuestra democracia?”

Bien decía Karl Marx (aunque al parecer ningún líder advirtió este detalle al usar sus ideas como panfletos) que en muchas sociedades (como la nuestra, quizás) las reformas sociales que aparentemente equilibraron la balanza del sistema democrático, no fueron lideradas por la clase obrera directamente, sino más bien por intelectuales no muy acaudalados, pero sí bien acomodados, aficionados al “Socialismo Pequeñoburgues” (Marx K.). Estos proponen, en respuesta a los nuevos fachos que se masturban con la hegemonía de un mercado desigual y desquiciado, reformas tibias que no les muevan mucho el piso, siempre que éstas los eleven, por contraste, a la cima del debate político y, por consiguiente, a los escaños de poder.

Todo ocurre sobre el fondo verde del cafetal, fundamento económico de la oligarquía de costumbres rurales, republicana, liberal, chata, miope y de vuelo corto que ha gobernado el país”, como lo dijera Isaac Felipe Azofeifa en su ensayo “La isla que somos”.

Estudiantes frente a escuadrones policiales durante el Combo del ICE.

¿De quién estoy hablando ahora? – decía mientras la madrugada
recibía el asomo del sol – ¿Será acaso de mí mismo?

Días más tarde se organizó una marcha hacia casa presidencial, y aunque la manifestación implicaba claramente el cierre de las calles, esta ocasión prometía ser pacífica y civilizada. Así había sido previamente acordada.

Yo de todos modos, por las dudas, pasé al taller de mi tío y recogí una de las mascarillas que usábamos para aplicar el acabado final a la madera, fuera éste laca, barniz o tinte. Durante el pasado disturbio pude ver que las máscaras de los antimotines se parecían mucho a ésta que se usaba en el taller, no quería volver a experimentar la impotencia y el dolor de ser víctima de los gases lacrimógenos.

Tomé una de las mascarillas que colgaban de un clavo en la pared del cuarto de laqueado del taller, le sacudí el aserrín y la guardé en el salveque sin advertir que tenía un chorrete de tinte para madera color rojo manzana, que habíamos estado aplicando a unos muebles esa semana.

Salí del taller mirando con emoción hacia adentro, como si me viera por dentro. Entre nubes de aserrín los ojos de mis compañeros brillaban, no coreaban emblemas, solo lijaban.

Ya en el pretil de la U, frente al edificio de Estudios Generales, todo se veía bastante más ordenado que antes. Los miembros de la Federación de Estudiantes repartían generosas cantidades de alimentos, refrescos, pinturas y mantas gigantes para manifestarnos a lo grande.

En esta ocasión abundaban las figuras políticas del momento. El diputado Merino iba encabezando el impresionante despliegue hacia casa presidencial, junto a él, sin desprenderse un solo momento, había un miembro de la Federación de Estudiantes, escuálido y enclenque, que podía tener la misma edad que yo entonces. Observaba con sus ojos saltones al diputado con la admiración de quien tiene una experiencia mística, luego salía del trance apenas por ratos para girar órdenes a sus compañeros.

En una de esas veces me pareció que me señalaban mientras hacían gestos de desaprobación, luego enviaron a una muchacha alta y fornida hacia donde estaba.

Yo llevaba puesta la máscara para laquear, por precaución. Cuando comenzó la marcha pude ver oficiales de la Fuerza Pública vigilando desde las orillas de la vía y rápidamente me cubrí con ella, disimulando el reflejo de pánico que me había dejado el recuerdo de aquella traumática experiencia con los gases lacrimógenos.

Cuando la chica estuvo a unos metros de distancia comenzó a gritarme delante de todos.

– ¡¿Qué estás haciendo ridículo?! –vociferaba con repulsión – ¡¿te parece muy gracioso jugar de terrorista con esa estúpida máscara?! ¡Incitando al odio, y además pintándole un manchón de sangre! ¡Traidor! ¡Por idiotas como usted es que andan diciendo que somos unos vándalos, para mí que usted es uno de esos infiltrados del Gobierno, mae, mejor jale con su mascarita y su patética manchita de sangre, payaso! – Terminó de espetarme mientras regresaba con su grupo, luego siguió coreando consignas con su puño en alto, junto a los demás.

Yo mientras tanto me quité la máscara, muerto de vergüenza, detallando la mancha de tinte color manzana que semejaba un hilo delgado de sangre, de la que no me había percatado hasta entonces.

Marché por inercia hasta el edificio de Casa Presidencial en Zapote, luego tomé varios buses hasta mi casa, no sin antes pasar por el taller a dejar la máscara, colgando del clavo en la pared del cuarto de acabado.

Llegué a mi casa a seguir escribiendo mi ensayo.

¿Será que, al peso de esta élite conservadora, inclinan levemente la
balanza los reclamos de pequeño-burgueses trepadores que anhelan ser
protagonistas del banquete? Me refiero a esta otra clase política de intelectuales pudientes que se proclaman defensores de las luchas populares, que nunca se han puesto una máscara para aplicar tinte a la madera en un taller de ebanistería.

Siendo el panorama actual de nuestro Estado la estructura de una finca
que es administrada por unos cuantos dueños. Algunos de ellos rugiendo como jaguares, otros maullando como gatos, todos buscando convencer a punta de cánticos y alabanzas. Su meta: la cumbre del poder. La clave para el
mejoramiento del sistema: nadie sabe y a nadie le interesa.

Esas últimas cuartillas las escribí con una extraña sensación premonitoria. Me imaginé una caricatura donde los candidatos eran animales que producían sus característicos sonidos en medio de un escándalo, y entre maullidos de gatos y rugidos de jaguar, los ciudadanos debían escoger al animal que más bulla hacía.

Las aguas se amansaron semanas más tarde, el proyecto del “Combo del ICE” se engavetó para reaparecer años después bajo una nueva e infalible y estratégica política, más democrática y pacífica, a prueba de manifestantes y bloqueos.

El miembro de la Federación de Estudiantes que actuaba cual siamés del diputado Merino, de apellido Villalta, se ha movido desde entonces hasta hoy de uno a otro puesto político. Fue asesor en la asamblea legislativa en varios periodos, también llegó a ser diputado y hasta candidato a la presidencia de la República. No le conozco ningún otro oficio.

Al final del semestre el ensayo aún no veía la luz. La noche antes de la entrega las dudas me bloqueaban por completo: ¿Mis cuestionamientos al sistema democrático podrían enlazar mi discurso con los argumentos de los detractores que buscan sembrar el odio para su beneficio? Eso sería muy desafortunado, pues más bien quiero ir más allá, decir que los que se proclaman salvadores solo están aplicando la misma estrategia para acceder al poder, convirtiendo el sufragio en una banalidad mercantil.

Por otro lado, ¿es que acaso no es posible emitir cualquier juicio político sin que necesariamente tenga uno que encasillarse en un extremo ideológico? ¿Es posible hablar de ideologías políticas hoy en día, o serán triquiñuelas viscerales para mover voluntades en busca de popularidad?
¡Por la gran puta! Sí estoy cuestionando la democracia.

Tiré el documento del ensayo a la papelera de reciclaje, para que no ocupara mucha memoria en mi Pentium II y comencé a escribir un nuevo proyecto.

Escuela de Estudios Generales
Seminario de Realidad Nacional
Semestre I-2000

Anhelos de aserrín (breve homenaje a mis compañeros del taller de
ebanistería)

No me alcanzó la madrugada y aun de mañana terminaba las últimas líneas. Apenas me dio tiempo de alistarme para salir disparado a entregar el ensayo.

Se la jugó mi estimado – balbuceó el profesor del seminario, sin levantar su vista del escritorio – no está mal su trabajo, sé que le costó, por eso voy a pasar por alto que se trata de un cuento y no un ensayo –terminó de explicar al tiempo que levantaba sutilmente sus pupilas por encima del marco de sus lentes y me guiñaba el ojo, como si ahora fuésemos cómplices de algún secreto.

Finalmente argumentó, mientras recogía mis cuadernos – yo creo que a usted le va más el arte que la política, va usted a ser un buen ciudadano.
¡Vaya halago! – iba sonriente meditando, mientras pensaba si subir al bus o ir por una birrita al legendario Ocho Ocho.

(2025)

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