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Fidel Castro

Cuando el capricho se volvió Estado: el verdadero legado de Fidel Castro

Durante décadas, la figura de Fidel Castro fue presentada en buena parte de América Latina como la de un estratega brillante, un líder incorruptible y un supuesto benefactor de los pueblos oprimidos. En Costa Rica, como en otros países alejados del costo real de vivir bajo su régimen, ese relato circuló sin mayor resistencia. Se repitió en aulas universitarias, en círculos políticos y en espacios culturales donde cuestionarlo era visto como una herejía ideológica más que como un ejercicio de pensamiento crítico. No importaba la ausencia de datos contrastables ni la evidencia acumulada durante décadas: el mito estaba convenientemente empaquetado y listo para ser consumido.

Ese mito no se sostuvo por ingenuidad colectiva, sino por utilidad política e intelectual. Funcionó como coartada moral para justificar el autoritarismo, para romantizar la pobreza y para presentar la represión como un sacrificio necesario en nombre de una promesa futura que nunca llegó. La narrativa castrocomunista logró algo particularmente perverso: convertir el sufrimiento real de millones en un símbolo abstracto, distante, tolerable, siempre que sirviera para alimentar una épica revolucionaria exportable.

Uno de los episodios más reveladores de esa lógica fue la destrucción deliberada de decenas de miles de pequeños negocios privados en Cuba a finales de los años sesenta. No se trató de una medida técnica ni de una política económica cuidadosamente diseñada. Fue un acto de poder puro, nacido del resentimiento y del deseo de control absoluto. En una decisión abrupta y autoritaria, miles de personas fueron despojadas del trabajo de toda una vida. Bodegas, talleres, pequeños comercios y servicios barriales desaparecieron de un día para otro, no por ineficientes, sino por representar una afrenta simbólica: demostraban que la vida podía organizarse sin la bendición del líder.

Ese gesto no fue simplemente ideológico; fue profundamente sádico. La eliminación de la iniciativa individual no buscaba mejorar las condiciones del pueblo, sino disciplinarlo. El mensaje fue inequívoco: nadie podía prosperar, ni siquiera modestamente, sin someterse por completo al aparato del Estado. La autonomía económica, por mínima que fuera, debía ser erradicada. Lo que siguió fue el colapso previsible del abastecimiento, la expansión del racionamiento y una dependencia total de un sistema incapaz de administrar lo que había confiscado.

Lo más inquietante es que, incluso después de semejantes actos, Fidel Castro siguió contando con defensores entusiastas fuera de Cuba. Presidentes, poetas, escritores, cineastas e intelectuales de renombre no solo miraron hacia otro lado, sino que contribuyeron activamente a blindar su imagen. Ese respaldo no fue inocente ni gratuito. En muchos casos estuvo mediado por favores, financiamiento, prestigio, acceso privilegiado o simple alineamiento ideológico. Defender a Castro desde la comodidad del extranjero no implicaba colas, ni censura, ni racionamiento. Implicaba, eso sí, una profunda deshonestidad moral.

El problema no es solo histórico. Mientras ese mito siga circulando sin ser confrontado, seguirá siendo posible justificar el autoritarismo en nombre de supuestas causas superiores. Cuba no es el resultado de un fracaso accidental, sino la consecuencia lógica de un modelo que concentró poder, eliminó la iniciativa individual y benefició a una cúpula a costa de una población empobrecida y silenciada. Insistir en lo contrario no es ignorancia: es complicidad narrativa.

Desmitificar a Fidel Castro no es un ajuste de cuentas ideológico ni una provocación gratuita. Es una necesidad ética y política. No para reescribir la historia desde el rencor, sino para desmontar una ficción que todavía hoy intoxica el debate público en América Latina.

Quienes quieran profundizar en uno de los episodios más reveladores de ese proceso pueden ver el clip publicado por el canal El Matarrelatos, un espacio que se dedica a cuestionar la narrativa oficial sobre la Revolución Cubana y a exponer las consecuencias reales del comunismo en la isla.

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