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La tarde en que la alegría se volvió miedo (1966)

Por Gilberth Soto

El niño venía caminando con el corazón encendido.
Cinco años.
Una edad en la que la vida cabe completa en una tarde de juegos.
Venía feliz, radiante, casi brincando.
Traía en la cabeza mil cosas para contar: la casota enorme, los ventanales brillando como espejos del sol, los cuadros del abuelito español —médico y farmacéutico, pero también pintor—, la merienda, las risas… y sobre todo, el descubrimiento más grande de todos:
Un amigo.
Su pecho iba inflado de orgullo, como si llevara dentro una medalla.
Porque hay días que un niño no entiende que son importantes…
hasta que el mundo se los rompe.
Cuando dobló la esquina de su casa, notó algo raro.
No era silencio.
Era otra cosa… era como una vibración en el aire.
La puerta estaba abierta.
Y había movimiento adentro, voces cruzadas, pasos de un lado a otro.
Y antes de que él pudiera siquiera decir “ya llegué”, ocurrió.
Su madre fue la primera en verlo.
No fue una sonrisa lo que le salió.
Fue un grito.
Uno de esos gritos que no nacen de la boca, sino del alma.

—¡AY, DIOS SANTO! ¡AHÍ ESTÁ!

Y entonces apareció la abuela, con los ojos grandes, húmedos, el rostro pálido.
Y detrás… su padre.
El niño, todavía con su luz puesta, no entendía.

—¡Mami! ¡Vean dónde estuve! ¡Con un amigui…!

Pero la frase se le apagó en la lengua.
Porque lo que había dentro de su casa no era celebración.
Era terror.
Era angustia acumulada desde la mañana, apretada como una cuerda alrededor del corazón de todos.
Su madre lo apretó contra su pecho con una fuerza desesperada.
Como si temiera que el aire se lo volviera a quitar.
Y fue ahí donde el niño escuchó palabras que nunca había oído en su casa con tanta crudeza:

—Lo buscamos desde las once de la mañana…

—¡Llamamos a la policía!

—¡Pensamos que se lo habían llevado!

—¡Dios mío, mi chiquito…!

El niño parpadeó.
Once de la mañana…
Para él, la mañana había sido “hace poco”.
Para ellos, había sido una eternidad.
Una eternidad de horror, de imaginación oscura, de calles recorridas preguntando por su nombre, de miradas hacia la esquina esperando verlo aparecer como si fuera un milagro.
Y entonces, la alegría del niño —esa que venía corriendo con él— chocó contra la pared del miedo de los adultos.
Y se hizo pedazos.
El padre, en vez de aliviarse, se transformó.
Porque hay hombres que, cuando sienten miedo, no lloran, se enfurecen.
No se ablandan, se endurecen.
Su rostro se volvió rojo.
La vena del cuello se le marcó.
Y lo que salió de él fue una rabia mezclada con el susto.

—¿¡Usted qué se cree!? ¿¡Cómo se va a perder así!?

El niño se quedó quieto, con los ojos abiertos como dos monedas.
Intentó hablar, explicar:

—Yo… yo estaba jugando… con un amigo… en una casa…

Pero el padre ya no quería explicaciones.
Solo quería castigo.
Y de pronto hizo el gesto que el niño recordaría por décadas.
Se sacó la faja.
Ese sonido, ese movimiento, ese instante…
fue como si la casa entera se quedara sin aire.
El niño sintió un frío que no era de la piel… era de adentro.
Un frío que no sabía nombrar, pero que era miedo puro, completo.
Y entonces la madre se interpuso.
No un paso al lado.
No una palabra suave.
Se puso frente a su hijo, como una muralla.
Lo apretó contra su pecho, lo enterró en su seno como quien protege una llama del viento.
Y con una voz que no era solo de mujer, sino de madre, le dijo al padre:

—¡NO!

¡A este niño no me lo toca!
Y el padre, con la faja en la mano, gritó:

—¡Tiene que aprender! ¡Tiene que entender lo que hizo!

Pero la madre no retrocedió.
Alzó la voz con una fuerza casi sagrada:

—¿Aprender qué?

¿Que la vida lo devuelve y usted lo recibe a golpes?
¡Usted lo que tiene que hacer es DAR GRACIAS!
¡Dar gracias a Dios y a los ángeles que le devolvieron a su criatura viva!
La abuela lloraba.
No era un llanto limpio; era uno de esos llantos cargados de horas de búsqueda, de desesperación, de rodillas internas dobladas.
El niño estaba en medio.
Sin entender, sin palabras, sin herramientas.
Solo sintiendo.
Sintiendo la tensión como electricidad en la casa.
Sintiendo que el amor podía sonar como gritos.
Sintiendo que la alegría podía ser castigada.
La discusión subió de tono.
El padre, herido en su orgullo y en su miedo, insistía en imponer autoridad.
La madre, herida en su alma, defendía al hijo como una leona.
Y el niño… el niño no estaba viendo a los adultos.
Estaba viendo gigantes.
Gigantes peleando por él, pero sin darse cuenta de algo terrible:
Que en ese instante, dentro de ese cuerpito de cinco años, estaba naciendo una idea equivocada… una idea venenosa… una semilla oscura que crecería con los años.
La idea era esta:
“Si estoy feliz, algo malo pasa.”
Porque él había llegado lleno de luz…
y la luz provocó tormenta.
Él había vivido una tarde de juegos…
y esa tarde se convirtió en culpa.
Él venía con un tesoro…
y lo recibieron como si trajera algo malo, feo, incorrecto.
Y aunque nadie lo dijo directamente, el niño lo entendió con el idioma que sí entiende un niño:
el idioma del susto.
“No debería estar contento.”
“No debería celebrar.”
“Sentirme bien es algo malo.”
Esa noche, cuando lo acostaron.
Quizás antes le dieron comida.
Quizás la madre lo besó con el corazón todavía temblando.
Pero algo ya se había quebrado por dentro.
Porque hay traumas que no nacen del golpe…
sino de la confusión.
De que el niño no sabe si lo aman o lo regañan.
De que el niño no entiende si la vida es premio o castigo.
Y esa confusión se le quedó como una marca invisible, una frase silenciosa que lo acompañó a medida que crecía.
El permiso de la alegría
Pasaron los años, como pasan siempre:
Sin pedir permiso.
El niño creció.
Se hizo adolescente, luego hombre.
La vida lo fue llevando por caminos de responsabilidades, de grandes decisiones, de triunfos y de golpes… como a todos.
Y aunque por fuera parecía fuerte, capaz, entero… por dentro, había una parte de él que seguía siendo aquel niño de cinco años, llegando a casa con la luz en los ojos.
Solo que ahora, en vez de correr hacia su familia para contar su aventura, aprendía a callar sus alegrías.
A bajarle el volumen a sus momentos buenos.
A mirar hacia ambos lados antes de sonreír… como si la felicidad fuera una imprudencia.
Porque el trauma no siempre se manifiesta como lágrimas.
A veces se manifiesta como una voz callada que dice:
“No se emocione tanto.”
“No se ilusione.”
“No celebre demasiado… porque algo va a pasar.”
Y así, durante años, ese hombre llevó una especie de freno invisible dentro del pecho.
Se acostumbró a estar bien… pero no demasiado.
A tener logros… pero sin cantarlos.
A amar… pero con cautela.
Como si la vida fuera una mesa en la que la alegría no se podía poner completa, solo en porciones pequeñas.
Hasta que un día, ya en la adultez, ocurrió algo sencillo, pero poderoso.
No fue un gran evento.
No fue un milagro con luces.
Fue una conversación, una mirada, un momento de silencio.
Tal vez escuchó a alguien contar una historia parecida.
Tal vez vio a un niño reír con libertad.
Tal vez se dio cuenta de que a veces él mismo se prohibía disfrutar.
Y entonces lo entendió:
Aquel día de 1966 no era culpa.
Era miedo.
Su familia no estaba enojada con su felicidad.
Estaba aterrada por su ausencia.
Su madre no gritó porque él se divirtió…
Gritó porque creyó que lo había perdido para siempre.
Su padre no se enfureció porque no lo amaba…
Se enfureció porque su corazón no sabía cómo manejar el pánico.
En esos tiempos, muchos hombres no fueron educados para llorar
Fueron educados para corregir, imponer y “endurecerse”.
Pero el amor estaba ahí.
Torpe, sí.
Rudo, sí.
Pero real.
Y esa comprensión fue el primer paso de la sanación.
Porque cuando uno entiende el origen del dolor, el dolor deja de ser una sentencia y empieza a ser historia.
Entonces, poco a poco, el hombre comenzó a hablarle a ese niño interior.
No con teorías.
No con discursos.
Con algo mucho más importante:
Con ternura.
Le dijo por dentro, como quien le habla a un hijo:

—Vos no hiciste nada malo por ser feliz.

Solo viviste una tarde hermosa.
Solo encontraste un amigo.
Solo fuiste un niño.
Y por primera vez, ese niño de cinco años —guardado durante décadas— sintió algo distinto:
no miedo…
Sino alivio.
Después vino lo más difícil:
Aprender a darse permiso.
Permiso para reír sin culpa.
Permiso de emocionarse sin esperar castigo.
Permiso para disfrutar sin pensar que hay una cuenta por pagar.
Y fue un proceso.
Porque la herida vieja no se cura en un día.
Pero el hombre comenzó a hacer algo nuevo:
Cuando sentía alegría, en vez de apagarla, la sostenía.
Cuando la vida le regalaba un momento bonito, en vez de sospechar, lo agradecía.
Cuando le nacía una sonrisa, ya no la escondía.
Y con cada pequeño acto, le iba enseñando a su corazón una verdad que nunca debió olvidar:
La felicidad no es una culpa.
La felicidad también es un derecho.
Con el tiempo, entendió algo más profundo todavía:
Que aquella madre que lo abrazó como una leona, en medio del caos, le dejó una enseñanza silenciosa:
“Sos valioso. Merecés ser protegido.”
Y aunque en su niñez quedó grabado el susto…
En su adultez quedó grabado también el amor.
Porque sí: esa tarde hubo tensión.
Hubo gritos.
Hubo faja.
Hubo miedo.
Pero hubo algo más fuerte:
Hubo una madre que se puso delante.
Hubo una abuela que lloró porque lo amaba.
Hubo un hogar que se volvió loco… porque él importaba.
Y así, el hombre adulto, ya con más conciencia, hizo las paces con sus recuerdos.
No justificó el dolor.
No negó lo que fue.
Pero lo transformó.
Aprendió a mirar hacia atrás sin que la memoria le mordiera el alma.
Y aprendió a decirse, con calma y con verdad:

—Yo merezco ser feliz.

Yo puedo estar bien.
Yo puedo disfrutar.
No estoy haciendo nada malo.
Y un día, sin darse cuenta, volvió a recordar aquella casa grande con ventanales.
Los cuadros del abuelito español.
La perra Morda.
La risa de su amigo.
Y en vez de que ese recuerdo le doliera, le iluminó el pecho.
Porque finalmente pudo recuperar lo que le pertenecía desde el inicio:
La belleza de aquella tarde.
La guardó no como un pecado…
Sino como un regalo.
Y ahí, en ese instante de reconciliación, ocurrió lo más hermoso:
El niño de cinco años por fin llegó a casa…
Pero esta vez no lo esperaba la faja, ni el grito, ni el miedo.
Esta vez lo esperaba algo diferente.
Lo esperaba él mismo.
El adulto que se convirtió en su refugio.
El hombre que lo abrazó por dentro y le dijo:

—Tranquilo, ya pasó.

Ahora estás a salvo.
Y sí… podés ser feliz.
Porque al final, sanar no es olvidar.
Sanar es recordar sin culpa.
Sanar es dejar de castigarse por haber brillado.
Sanar es entender que uno no vino al mundo para sobrevivir apagado…
Uno vino al mundo a vivir.
Y vivir…
También es permitirse la alegría.

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