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MISAS NEGRAS

Misas Negras, Antenas Viejas y Otros Rituales de la República del Espectro

Por Valdo J.

En los últimos días, Costa Rica ha sido testigo de un espectáculo digno de un show de vaudeville: candidatos marginales llorando por radios que nunca escucharon, figuras públicas apelando a una supuesta “defensa de la ciudadanía”, emisoras elevadas súbitamente al rango de patrimonio espiritual y una oposición que, con la misma solemnidad de un pregonero o juglar medieval, anuncia la inminente “muerte de la libertad.” Todo porque se anunció la subasta de frecuencias del espectro radioeléctrico.

Lo más curioso no es el escándalo en sí —Costa Rica ya está acostumbrada a convertir cualquier trámite administrativo en tragedia griega— sino la manera en que se invoca una tradición inexistente, como si la radiodifusión nacional fuera una herencia sagrada, cincelada por los patriarcas fundadores y protegida por arcángeles con licencia en frencuencia FM.

Una parte del país habla de estas frecuencias como si estuviéramos profanando un templo. Ahí es donde vale la pena detenerse: porque ese lenguaje no es casual. En realidad, estamos ante una liturgia política, una misa negra de diseño local.

No la misa negra que el imaginario popular tiene en la cabeza —esa de túnicas oscuras y viejas, cruces invertidas y ritos prohibidos— sino algo más terrenal y muchísimo más dañino: el ritual mediático donde se invoca el miedo para proteger privilegios añejos, donde la realidad tecnológica se ignora a conveniencia y donde la palabra “cultura” es usada como escudo para mantener intacto un modelo de explotación que se remonta a los años en que la FM ni siquiera existía.

I. La misa negra original… moderna

Para entender el circo del momento conviene recordar que la famosa “misa negra”, tal como la imagina las masas, es un invento del siglo XX. No tiene mil años, ni raíces ocultistas en la Edad Media, ni rituales transmitidos de generación en generación. Fue una creación moderna, performática, usada para subvertir símbolos religiosos, un teatro deliberado para incomodar al poder clerical. Era más sátira que fe, más provocación que dogma, más performance que homilia ancestral. Algo que en la Asamblea Legislativa se ejecuta con un cinismo casi litúrgico: un ritual al revés en el que los diputados no rinden culto al pueblo —ese dios decorativo que invocan solo en campañas— sino a los verdaderos benefactores que los instalaron en el bunker; una ceremonia solemne en apariencia, pero diseñada para travestir intereses privados de “voluntad republicana”, mientras convierten la Constitución en atrezo barato y desprecian, con una superioridad de casta, a una ciudadanía que nunca tuvo el privilegio real de escogerlos.

Porque lo verdaderamente obsceno no es imaginar una misa negra transmitida por radio o televisión, sino reconocer que la política costarricense —en alianza tácita con empresarios de viejo linaje y con un clero siempre dispuesto a bendecir al poder— ha practicado durante décadas un ritual mucho más sórdido: decisiones tomadas en cuartos cerrados, favores disfrazados de Democracia, silencios comprados y un desprecio constante hacia el mismo pueblo que dicen representar. En tiempos recientes, ni siquiera hacen el intento de ocultarlo; han llegado al punto de ejercer ese servicio religioso oscuro a plena luz del día, como si el país entero debiera aceptar, con devoción obligatoria, el derecho diabólico que ellos se adjudican para saquear lo que no les pertenece. El paralelismo es inevitable: Costa Rica está haciendo lo mismo, pero al revés. 

  • En el siglo XX, la misa negra fue un invento moderno que se hacía pasar por algo ancestral.

  • Hoy, en Costa Rica, ciertos grupos hacen lo contrario: presentan algo reciente, mediocre y coyuntural como si fuera una tradición antigua, sagrada e intocable.

Es exactamente el “mismo truco”, pero invertido: Antes: inventaban antigüedad para dar autoridad. Ahora: inventan antigüedad para proteger privilegios. Es el mismo mecanismo psicológico, pero con sentido inverso.

Los grupos que hoy se rasgan las vestiduras apelan a una tradición milenaria que nunca existió. Hablan de un ecosistema mediático “atávico”, cuando lo que hubo siempre fue una estructura de concesiones entregadas discrecionalmente, regidas por una ley de 1954 que nació antes de que la banda FM siquiera existiera. La “antigüedad” que defienden no es cultura: es un congelador jurídico diseñado para que unos pocos administren lo que pertenece a todos.

Así como la misa negra no era más que una representación simbólica, la defensa histérica de la radiodifusión tradicional también lo es. No lloran por la cultura, la información, la comunicación; lloran por la pérdida de una estructura que les servía.

II. Las verdaderas misas negras del país

Si de misas negras queremos hablar, las únicas reales se transmiten desde la Asamblea Legislativa. Ahí sí: rituales oscuros, sacrificios del sentido común, invocaciones a espíritus de deuda, pactos silenciosos con corporaciones y aquel viejo mecanismo con el que Costa Rica ha funcionado por décadas: socializar pérdidas, privatizar ganancias.

El país está tan acostumbrado a ver a los diputados fabricar disparates, que hoy casi parece razonable plantear que las transmisiones legislativas deberían ser costeadas por los mismos legisladores. Sería un gesto mínimo de responsabilidad social: pagar de su propio peculio el satánico ritual que producen, esa frecuencia desde donde se han aprobado concesiones a dedo, amnistías fiscales disfrazadas, paquetes de impunidad y decisiones que favorecen a unos pocos, mientras el resto de la población debe asumir —a güevo— las perdidas.

Es absurdo, claro. Pero Costa Rica lleva décadas viviendo en el absurdo. Si los disparates generan riqueza, que al menos el rendimiento se socialice también. Hasta ahora lo único que se socializaba eran las derrotas de todo tipo.

III. Costa Rica y sus medios “ancestrales”

A partir del escándalo reciente ha surgido un discurso peculiar: la idea de que la radio y la televisión costarricense forman parte de una especie de identidad nacional, intocable e inmutable. Se habla como si cada emisora fuera un santuario, y cada concesión: un sacramento. En realidad, la estructura de medios en Costa Rica no es un templo antiguo: es un club privado con décadas de ventajas acumuladas, blindado por normas viejas y por un aparato político que entendió desde temprano el poder de la señal.

Rosemary Castro Solano (a quien invito sigan en X: @RosCasSol) lo explica con precisión quirúrgica en sus análisis: quienes hoy lloran por la “muerte de la radio y otros medios” nunca derramaron una sola lágrima cuando sus propios gobiernos intentaron asfixiar las emisoras mediante cobros de propiedad intelectual o cuando las concesiones se entregaban a transnacionales sin debate público. La memoria selectiva es otro de nuestros sacramentos nacionales. (El gobierno del gordito bello: carlos alvarado quesada, ex presidente del partido accion ciudadana.)

Resulta especialmente irónico que algunas figuras que en 2010 defendieron —Ana Virginia Calzada, desde posiciones de poder jurídico— la legalidad de concesionar el espectro a grandes corporaciones, hoy pidan renuncias ministeriales alegando que se está “entregando el país” por subastar frecuencias. Lo que antes era constitucional hoy es sacrilegio. Un viraje doctrinal digno de concilio.

IV. El escándalo actual: llanto, nostalgia y oportunismo

El escándalo en redes y medios ha sido un carnaval. Candidatos con 1% de apoyo declarando que el cierre de una emisora “destruye la fe del pueblo”. Figuras políticas que jamás ahn trabajado en su vida y que jamas escucharon Radio Sinfonola subiendo videos en redes fingiendo duelo nacional. Otros recordando que “la radio une a las comunidades”, aunque nunca pautaron un solo cinco en esas emisoras durante sus campañas llenas de vallas millonarias.

Todo acompañado de un coro de indignación donde la palabra “cultura” aparece más veces que en los informes del Ministerio de Cultura. Pero el punto que nadie menciona es simple: las emisoras no cierran por una subasta; cierran porque no innovaron. Algunas siguen operando como si el internet fuera un mito, como si el país entero aún usara radios de perilla y como si la competencia global no existiera. Ese es el verdadero duelo: no por la cultura, sino por la pérdida del monopolio emocional.

V. LA EMISORA SATANICA QUE NUCA EXISTIÓ

Si Costa Rica ha tenido tanta libertad de expresión, tanta diversidad, tanta pluralidad de voces como aseguran los defensores de los “medios tradicionales”, ¿cómo es que en 70 años nunca hubo una emisora real y abiertamente satánica, contracultural, filosófica, experimental, queer, psicodélica, disidente o vanguardista?

¿Cómo es que nadie pidió concesiones para transmitir misas negras, performances anticlericales, debates filosóficos incómodos o expresiones artísticas radicales? O será más bien que al diablo nunca hubo que invocarlo porque ya venía incluido en el paquete: infiltrado, domesticado y perfectamente funcional y potable para los poquísimos que han controlado el espectro desde siempre, esos mismos que deciden —con la serenidad de quien reparte hostias— qué debe escuchar la plebe y qué verdades conviene mantener en silencio.

La respuesta mis amigos, es sencilla: Porque la libertad de expresión en Costa Rica siempre ha sido administrada, no garantizada. Y la administración siempre estuvo en manos de los mismos.

No hay emisoras satánicas, no porque la moral cristiana lo impidiera, sino porque la arquitectura del negocio nunca necesitó mostrarse radical cuando ya controlaba todo desde adentro. Las antenas viejas nunca fueron templos; fueron filtros. Y quien controlaba el filtro controlaba también lo que el país podía imaginar.

VI. La muerte que no es muerte

En el mundo real, montar una radio con alcance global cuesta $4 al mes en plataformas como rcast.net. Transmisión en vivo por video gratis en: X, YouTube, Facebook, Rumble, Twitch, Vimeo, etc… Servidores al alcance de cualquiera con un micrófono USB muy economicos.

Estamos ante un cambio de época enorme y la industria local responde con lamentos medievales, como si el streaming fuera una herejía tecnológica. Se aferran a la frecuencia como si fuera un papiro divino, cuando en realidad el espectro ya no es el escenario principal.

Paradójicamente, crear un medio jamás había sido tan fácil ni tan barato, aun asi, buena parte del país sigue midiendo la legitimidad de una voz con criterios de otra época: se celebra lo que salga por antena y se desconfía —o se desprecia— lo que nace en plataformas digitales, como si la innovación fuera un acto menor y la tradición una eucaristia. Y eso ocurre a pesar de que la gente ya casi no ve televisión abierta, escucha cada vez menos radio y hasta los carros modernos vienen sin AM ni FM, recordándonos que el mundo cambió, pero el monopolio cultural insiste en dictar qué merece atención y qué debe ser ignorado.

El país no está presenciando el final de la radio o la television. ESTÁ PRESENCIANDO EL FINAL DEL FEUDO.

VII. Conclusión: la misa verdadera

La verdadera misa negra del país no se hace con pentagramas ni velas de colores perversos. Ni con decretos, discursos huecos, sentimentalismos de cartón o llamados al “pueblo” que contradicen décadas de indiferencia hacia ese mismo pueblo.

Los mismos que durante años se beneficiaron del modelo viejo, hoy intentan convertir su propia decadencia en tragedia nacional. No hay tragedia. HAY TRANSICIÓN. Y si de rituales hablamos, el único conjuro sensato que podemos hacer ahora es simple: dejar que el espectro vuelva a ser de todos, y dejar que cada quien levante su propia antena, sin esperar la bendicion de los sacerdotes de una tradición inventada.

Al final, lo único verdaderamente peligroso en este país no es la subasta de frecuencias, ni la supuesta “muerte de la radio o la tv”, ni los fantasmas inventados para distraernos: lo peligroso es la facilidad con la que entregamos nuestra fe. Por eso conviene desconfiar de cualquiera que hable en nombre del pueblo, del progreso o de la cultura.

En Costa Rica abundan los falsos profetas: políticos en trajes alquilados, periodistas devenidos en cardenales mediáticos y empresarios que predican virtud al mismo tiempo que tranzan privilegios. Son los monjes negros del espectro, los que desde el siglo pasado decidieron qué debíamos oír, qué debíamos callar y hacia dónde debía caminar el rebaño. El país no cambiará si se sigue creyendo en esas momias. Cambiará cuando aprendemos a pensar por nuestra cuenta.

1. Massimo Introvigne — Satanism: A Social History
Una de las obras más importantes y rigurosas sobre la historia del satanismo y las misas negras, explicando su carácter moderno y performático.
Cita: Introvigne, M. (2016). Satanism: A Social History. Brill.
Enlace: https://brill.com/display/title/26320

2. H. T. F. Rhodes — The Satanic Mass
Un análisis histórico clásico que desmonta el mito de la misa negra como rito ancestral.
Cita: Rhodes, H. T. F. (1954). The Satanic Mass. Arrow Books.
Enlace: http://www.compleatwitch.com/the-satanic-mass/

3. Brian P. Levack — The Witch-Hunt in Early Modern Europe
Explica cómo los relatos sobre brujería, rituales diabólicos y “misas negras” fueron fabricaciones del poder religioso y político.
Cita: Levack, B. P. (2016). The Witch-Hunt in Early Modern Europe (4th ed.). Routledge.
Enlace: https://www.routledge.com/The-Witch-Hunt-in-Early-Modern-Europe/Levack/p/book/9781138808102

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