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PARA DONDE VA?

por Piro Soto.

Aún puedo ver su mirada de animal asustado. Subí por la avenida segunda y no eran ni las 11:00 a.m., cuando me dirigía hacia el edificio de AyA donde mi tata bretió hasta pensionarse. Doblé a la izquierda justo detrás de la esquina del Teatro Nacional, cuando venía esta señora apuntando con el dedo:

— Disculpe, muchacho, ¿verdad que si sigo por aquí llego allá?

Con un análisis rápido uno diría: pobre loquita, anda muy acelerada, cuando en realidad tenía con justa razón una inquietud y un cuestionamiento fundamental. Una razón para pausar antes de seguir el mismo camino.

¿Qué tiene que pasarle a alguien para salir con esa pregunta?

Muchos años han pasado después de este evento tan anecdótico, por lo que he tenido chance de establecer algunas hipótesis. Primero que todo, a veces la cautela es una forma de protección. Resulta que estás fuera de tu charco y, por tanto, venís enfocado en medir la seguridad de tu perímetro en cada paso, al punto que perdés las coordenadas.

Y si de feria por despistado no tenías claro el punto final de tu destino, es muy posible que ya advirtieras que la adrenalina de esta sucia ciudad te está perturbando.

Es más, me atrevo a decir que nuestro ego nos sesga, y por eso no admitimos estar perdidos. En la soledad de saberte mal acompañado te aislás, uno está fuera de foco y por inercia se enciende el modo alerta. El instinto despierta y tu capacidad de sobrevivir a la hostilidad de un ambiente desconocido te hace reflexionar, y te dejás acompañar por tu propia voz, que al final es la única que no te traicionará.

Es comprensible que una pregunta como la que me hizo esta señora encuentre una respuesta en la misma oración. Todo es producto de un pensamiento en loop: algo que andás maquinando e intentás validar con una referencia externa después de haberlo masticado en tu cerebro.

Hablar solo no es de locos: es de gente que encuentra ese espacio-tiempo para meditar y anticipar las consecuencias de un acto.

La vida está llena de decisiones; se hace binario este laberinto.
¿Cuántas vidas deberíamos tener antes de comprenderlo?

Ahora, desde mi perspectiva, me asalta una duda: ¿cómo supo la muchacha que yo iba a guiarla bien? ¿Por qué, entre tantos transeúntes, me escogió a mí?

Quisiera pensar que su instinto fue capaz de reconocer en mi lenguaje corporal la representación de una persona empática y bondadosa. Y lo digo así porque recuerdo las múltiples veces que, estando en un aeropuerto o en una frontera, una perfecta extraña se me acerca para pedirme ayuda con el cajero automático.

A veces hay adultos mayores, campesinos o cualquier persona chocando con la realidad, la tecnología o el sistema. Por eso se exponen. En el camino hay gente sola que está en apuros, y me han confiado hasta el PIN de su tarjeta para que yo les enseñe cómo extraer valores monetarios.

Uno ayuda y le dice:

— Vea, jamás repita esto ante nadie; cualquiera lo puede bolsear.

Ahora más que nunca debemos evaluar el riesgo de toda acción, porque somos esclavos hasta de las palabras que nos comprometen antes de cometer cualquier acto.

La señora iba de un sitio A hacia un punto B de la ciudad y no conocía bien. Algo recordaba de aquella vez anterior, o venía interpretando las señas que otro le dio verbalmente. Las posibilidades de fracasar en la misión de “llegar allá” son altas, especialmente si no tenés la suerte de hacer la pregunta oportuna a la persona correcta.

Por dicha yo respiré tres veces antes de responder. Otro menos águila le diría:

— ¿Hacia dónde va usted? —

Sin embargo, yo prefiero no hacer intervenciones que atrasen el aprendizaje del prójimo.

Después de decantar la pregunta, le respondí:

— Sí, claro. —

Se imaginan la respuesta de un malvado o de un bromista:

— Sí, sí, señora, siga tres cuadras y doble a la derecha… —

Contrario a la canción de Javier, no siempre recomiendo desplazarse antes de saber hacia dónde vamos. Escoger al sujeto oportuno para consultar las curvas del camino no siempre basta. Más allá del instinto o del destino deseado, hay algo fundamental:

¿Por qué motivo me desplazo?
¿Qué es lo que me mueve?
¿Quién me representa?
¿Con quién vibro en el camino?

¿Por qué debo esperar a que otro me señale el destino, o pretender que otro me conduzca cuando se trata de mi vida?

Cuando estas preguntas tan básicas se aplican a la mentira que intentan cada cuatro años, lo único que pienso es si realmente mis sueños caben dentro de una caja de cartón.

Por qué tanto temor ante los delirios de un demagogo que empodera a la gente con la idea de que ahora todos somos jaguares? Los políticos usan el sistema para castrar nuestros cuestionamientos.

Todos los días vemos policías garroteando agricultores, corporaciones atacando defensores del ambiente o ministros limitando el presupuesto de la educación o del arte.

Encorbatados permitiendo la que gentrificación desplace a los pescadores de la costa hacia esta sucia ciudad. No vamos para ningún lado: el sistema está exhausto.

Ahora la moda es cuestionar la “eficiencia” institucional, pero nadie deja de pagar impuestos ni el marchamo. Nadie se entera de que la FANAL no destila o que RECOPE no refina. El PANI es una institución plagada de tragedias… y seguimos como si nada. Estos ejemplos son puntuales. Hay cosas peores que pasan aquí y en el mundo entero.

A continuación les presento un texto de mi autoría que señala a otra institución muy cuestionable, éste nos ayudará a comprender lo perdido que estamos.

La farsa del sistema electoral

Conocí a un tipo normal, cada 4 años entregaba el voto en una caja de cartón, ahí encerraba todos sus ideales sin cuestionar si cabían en tan reducido espacio. Un día despertó muy cansado de la farsa del sistema y dejó de creer en quienes lo manipulaban. Había reunido demasiada evidencia.

Primera evidencia: su preferencia la marcaba con el dedo pulgar y su huella digital, luego con un lapicero y después con una crayola. No se advertía que una tinta o material de impresión congelado podía desprenderse después de su supuesto anclaje sobre el papel.

Segunda evidencia: la propuesta electoral debía emitirse en secreto y para eso había que caminar distraído entre los pabellones de aquella bella escuela donde una vez se fue feliz. El montaje era un golpe a las emociones.

Tercera evidencia: a ese vulgar pedazo de celulosa le cabía cualquier mentira y luego un tribunal prepagado, lleno de excelentes actores validaban a un representante para la ejecución de un sueño colectivo que nunca se materializaba.

Cuarta evidencia: de hecho el sistema y los medios comunicación masiva escondían detrás de ese papel una mentira abominable. Los pocos intérpretes de un sueño colectivo eran los mismos que lo asumían y tomaban a los votantes del pelo sin cumplir ni media promesa.

Después de 16 años logró sacar de esa caja, cárcel de sueños, todos los papeles que un día metió y que hicieran prisionera hasta su mente, una larga espera, en un intento valeroso se maltrató el brazo entero, toda su piel desde la yema de los dedos hasta la axila, hubo resistencia.

Para la siguiente elección dejó de visitar las urnas, teniendo claridad sobre el teatro que lo había victimizado por dos décadas, golpeó con fuerza la caja negra del engaño, lluvia de cristales y plasma sobre el suelo, suficiente tiempo para comprender que se trataba de una pesadilla.

Se sintió libre y caminó alegre hasta encontrar una pared que detuvo su caminar, la rompió a puño cerrado y descansó. Al día siguiente se vio dentro de otra caja más grande, su voluntad de caminar y romper barreras durante varios días ejercitó su cuerpo: piernas, torso, brazos y cuello. Pausaba pocos segundos viendo la basura, pero no tenía sentido quedarse a limpiar, giraba la espalda y continuaba su caminata erguido.

Fuera de la que pensaba era su última caja, escuchó unas aves: -no votes en vano, ellos son menos y temen que te enteres de su plan-. Más abajo y en picada trinaban otra vez: -has como si no supieras nada y abre la otra caja, ten cuidado esa es de cristal-.

Salió de su propio sueño tres veces hasta comprender con tristeza la partición entre lo falso y lo verdadero. Al final del camino, muy cansado quiso tender su cuerpo por un rato hasta el día siguiente. En la madrugada quiso levantarse y no pudo. Veía las aves, pero ya no las oía, abrió sus ojos y estiró las manos buscando el calor del sol hasta tocar una caja de madera sólida.

Sus amigos y familiares lo habían encerrado, su alma dejó el cuerpo sin tiempo de despedidas. La última vez que lo vi estaba en una foto vieja, desteñida y con poco contraste entre el blanco y el negro, era como si el proceso de revelado hubiera ocurrido hacía mucho tiempo. Supe que era él por la suciedad de sus botas.

Giré la foto y en su reverso encontré que la plata del proceso de revelado había formado un espejo, vi mi cara con asombro y me dije -no es tarde para contar el sueño a los niños-, quise volver al detalle de la foto y ya no había nada.

Volviendo a mi trayecto interrumpido por la señora cuya pregunta aún no he logrado responder, tras una pausa breve subí 14 pisos a buscar a mi tata. El bandido había salido 10 minutos antes a almorzar con otros burócratas. Por dicha mi intuición me llevó a encontrarlo en La Vasconia, que posiblemente no ha sido la cantina perfecta, pero ha sobrevivido muchos años.

Pregunta final ante el bombardeo publicitario preelectoral: ¿Usted vota con V o con B?

No necesito su respuesta, pero como ejercicio didáctico, recuerde lo aprendido con la señora que preguntó:

— Si sigo por aquí, ¿llego allá? —

Antes de responder, comprenda que ni el TSE ni el sistema judicial ni una sola pared institucional es realmente necesaria.
No debemos permitir que nos quiten lo nuestro: la unión, lo que nos hace especiales.

Un pensamiento divergente es necesario. No hay elección cuando la cancha ya está marcada por un referí prepagado. El resultado está preconcebido.

No votar es la única elección que podemos tomar. Mejor botar con B que votar con V.

Ellos son menos y se les cae la trama. Sin la plata de los marchamos no les alcanza ni para el aguinaldo. Deje crecer su conciencia.

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