por Piro Soto
La frase editorial evoca una memoria anterior a nosotros, una forma de pensar heredada de gente que ya no está para explicarla. La Epifanía, el Día de Reyes, ha soportado el paso del tiempo y más de un reseteo impuesto hace quinientos años sobre una práctica religiosa ya bastante manoseada. Esos reseteos nunca han sido inocentes. Antes de la Inquisición hubo guerras, y la historia está llena de victorias que reescriben los hechos según convenga al vencedor. Frente a esa postura cobarde y oportunista, aspiramos —sin proclamarnos anarquistas— a una sociedad libre de banderas camaleónicas, símbolos que cambian de color según el clima político y que merecen el anaranjado del fuego.
El respeto que dejamos intacto es para la deidad que sostiene nuestra casa común, la madre tierra. No desde el folclor ni la consigna fácil; no somos hippies ni vagos, no repetimos palabras vacías. Preferimos observar el comportamiento del planeta y aprender de ahí. En la naturaleza sobrevive quien entiende el entorno, no quien impone fuerza bruta. Ese mapa de la ley natural, ese dharma sencillo y observable, es nuestra guía. Alejarse de él trae consecuencias. No como castigo moral, sino como resultado directo de ignorar lo que corresponde. Eso es el karma: la consecuencia de cerrar los ojos. Este plano de consciencia no admite pulido ni maquillaje. LA VERDAD NO ACEPTA LIJA. Es atemporal, como la luz. Nadie ha logrado apagar el sol a mediodía. La oscuridad se disuelve ante la claridad; cualquiera que haya revelado fotografías análogas lo sabe.
CONSEJO PARA CRISTO AL COMENZAR EL AÑO
Nunca he sabido qué es la poesía. Se me parece a Dios. La intuyo cuando se acerca. Después no sé si se fue. O si la dejé amarrada en la palabra.
Lo que sé de cierto es que la poesía debe gustar al hombre. Y que el gusto del hombre evoluciona. Por ello recomendaría suicidio de esos poetas sigloveintescos que escriben poemas garcilasianos.
Nuestro siglo es de velocidad: los poemas deben ser como fotografías instantáneas.
No me duele en absoluto que estos poemas parezcan malos. O que lo sean. Lo terrible no es ser malo: es ser mediocre.
Por eso en el año 1960 escribí estos poemas como niños retrasados.
Por eso ahora los publico.
Porque prefiero la simpleza que la pedantería tras la que se escudan tantos malos poetas.
No me gustan los poetas ininteligibles. Se los medita durante horas y no se los entiende.
Se imagina uno que ha propuesto llamarlo tonto.
Estoy con todo lo que signifique revolución artística. Pero no deseo que se me odie.
Más me agrada la sonrisa sincera de los mecánicos que la disecada de los eruditos.
Jorge DeBravo
Las pintas, que sirven como pronóstico climático, nacen de esa misma observación paciente de la naturaleza. Marcan tendencias para los doce meses que vienen. No prometen certezas absolutas, señalan patrones. Con eso en mente, resulta predecible que febrero sea el mes de la verdad. Desde el doce de enero [12 pintas] se percibe hacia dónde se inclina el año. Aparece entonces la ola comercial que empuja con más fuerza la cuesta de enero. San Valentín, Cupido y su puntería perfecta activan un gasto desmedido. El aparato es tan ambicioso que incluso rebautiza el catorce de febrero como “día de la amistad”, una maniobra clara para extraer dinero también de quienes no tienen pareja. Todo debe convertirse en consumo.
Ese mismo mecanismo se repite en lo político. Cada cuatro años se nos somete al ritual obligatorio de la neuroprogramación: “votar es hacer patria”. La culpa se reparte de antemano para quien no participe del teatro. Se construye así una cadena de premisas falsas disfrazadas de verdad universal. Son mentiras vulgares sostenidas por repetición. A estos actores no los mueve un ideal, los sostiene la avaricia. No representan a nadie fuera de los intereses que los colocan de turno para complacer a dueños de poder que rara vez dan la cara.
Si ampliamos el mapa, el patrón se vuelve aún más evidente. La indiferencia y el silencio de quienes somos mayoría permiten movidas cada vez más violentas. El poder visible parece organizarse en tres grandes bloques: América, Europa y Asia. No es descuido dejar fuera a Oceanía o África. Cuando se habla de repartirse Groenlandia, no se trata de una anécdota geográfica, es una finta militar que prepara otra puesta en escena. A eso se suma el humo en la Patagonia, los desplazamientos forzados, territorios “con futuro” trazados sobre la desgracia ajena. Gaza no es una excepción, es un aviso.