Subcomandante Marcos: entre la máscara, la épica y los límites del experimento
El 1 de enero de 1994, mientras entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional irrumpía en San Cristóbal de las Casas, Ocosingo, Las Margaritas y Altamirano. Los primeros doce días de combates dejaron al menos 145 muertos según cifras oficiales de la época, antes de que el gobierno de Carlos Salinas de Gortari decretara el alto al fuego el 12 de enero. El impacto fue inmediato: la insurrección coincidía simbólicamente con el inicio de una nueva etapa económica para México, y la imagen de un vocero encapuchado con verbo literario capturó la atención internacional en cuestión de horas.
Detrás del pasamontañas estaba Rafael Sebastián Guillén Vicente, identificado públicamente en 1995 por el gobierno de Ernesto Zedillo como ex profesor universitario con formación en la UNAM y vínculo académico con la UAM-Xochimilco. No era indígena ni campesino. Era un intelectual urbano que se convirtió en portavoz y principal interfaz mediática de un movimiento con base indígena real en Chiapas. Esa distinción es crucial: el EZLN no fue una invención personal, pero su relato global sí quedó fuertemente mediado por una figura que dominaba el lenguaje simbólico de la izquierda latinoamericana y la narrativa insurgente de fin de siglo.
En los años noventa, esa combinación resultó extraordinariamente eficaz. Marcos logró traducir una insurrección localizada en un fenómeno político-cultural global. Sus comunicados, cargados de metáfora, ironía y referencias literarias, encontraron un ecosistema internacional dispuesto a escuchar. La caída del bloque soviético había dejado un vacío simbólico en la izquierda, y el zapatismo ofrecía una épica renovada: indigenismo, antineoliberalismo y estética rebelde sin el lastre de un Estado totalitario a la vista. El personaje funcionó. La máscara, el tono y el calendario estratégico amplificaron la causa más allá del terreno militar.
Sin embargo, el problema no fue la potencia del símbolo, sino la brecha entre símbolo y estructura. Tras los combates iniciales y el alto al fuego, el zapatismo se reconfiguró como movimiento político-comunicacional. Se privilegió la autonomía territorial y la construcción de administraciones paralelas en comunidades específicas antes que la inserción en el diseño institucional mexicano con capacidad de disputar presupuesto, seguridad e infraestructura a escala estatal o federal. Esa decisión puede entenderse como coherente con su ideología, pero tuvo consecuencias concretas: limitó la posibilidad de transformar demandas en políticas públicas con alcance estructural.
El primer gran error estratégico fue, precisamente, esa renuncia a construir palancas institucionales medibles. El EZLN eligió la vía de la autonomía moral y territorial antes que la negociación sostenida con enforcement político. En términos prácticos, ello implicó depender de estructuras locales con recursos escasos y capacidad limitada para enfrentar dinámicas macroeconómicas o de seguridad que superaban con creces su radio de acción. La retórica antineoliberal resultó poderosa en el plano discursivo, pero no generó un modelo replicable de desarrollo ni una arquitectura sólida de crecimiento sostenible.
El segundo error fue el déficit de rendición de cuentas. Las administraciones autónomas operaron bajo lógicas propias, con mecanismos internos de deliberación y organización comunitaria, pero sin sistemas transparentes de evaluación comparables a los de una estructura estatal formal. Cuando un proyecto se define por su excepcionalidad, el escrutinio externo se vuelve difuso. La narrativa de resistencia tendió a blindar al movimiento frente a preguntas incómodas sobre resultados concretos en empleo, inversión, servicios básicos o conectividad. La épica desplazó la auditoría.
El tercer límite fue la seguridad territorial. Treinta años después del levantamiento, Chiapas enfrenta episodios graves de violencia vinculados a disputas criminales, desplazamientos forzados y fragmentación del control local. El propio EZLN anunció en 2023 una reestructuración profunda de sus órganos civiles autónomos, reconociendo un entorno regional deteriorado. No se trata de atribuir al zapatismo la responsabilidad exclusiva del caos contemporáneo, pero sí de constatar que el simbolismo insurgente de 1994 no derivó en una capacidad efectiva para blindar a las comunidades frente a nuevas dinámicas armadas y criminales. La épica no sustituye al monopolio de la fuerza ni a la coordinación estatal cuando el entorno se descompone.
Un cuarto error fue el personalismo estético. En 2014, Marcos “desaparece” para dar paso al Subcomandante Galeano en un gesto explícitamente performático. El mensaje fue claro: el personaje era intercambiable. Pero esa teatralidad también confirmó que el foco había gravitado durante décadas en torno a la máscara. Cuando un movimiento depende demasiado de un narrador carismático, el debate público tiende a centrarse en la figura antes que en el diseño operativo de soluciones. El capital simbólico se acumula; la ingeniería institucional, no necesariamente.
Finalmente, hubo un error de encuadre histórico que envejeció mal. El relato antiimperialista y la crítica frontal al TLCAN funcionaron en la década de 1990 como eje movilizador. En el México de 2026, atravesado por economías criminales complejas, redes transnacionales de tráfico y crisis de seguridad persistente, la gramática noventera de resistencia al “imperio” ya no responde a las urgencias dominantes. La agenda cambió. El lenguaje no evolucionó al mismo ritmo.
Esto no significa que el zapatismo careciera de legitimidad inicial ni que sus demandas indígenas fueran irrelevantes. Significa que el experimento político optó por consolidar una narrativa global antes que construir una arquitectura estatal alternativa capaz de escalar soluciones. Marcos no fue el pueblo indígena; fue su mediador más visible ante el mundo. Esa mediación generó atención y simpatía, pero también concentró el relato en una figura cuya potencia literaria superó, con frecuencia, la capacidad estructural del proyecto que representaba.
El saldo, tres décadas después, no puede medirse solo en símbolos. El zapatismo demostró la enorme potencia del relato insurgente en una era mediática global, pero no convirtió esa energía en un modelo económico e institucional capaz de sostener prosperidad, seguridad e infraestructura a escala regional.
La apuesta anticapitalista priorizó autonomía y resistencia, pero nunca ofreció una arquitectura clara para financiar caminos, hospitales, educación y protección territorial sin interactuar con el mismo sistema que denunciaba. Tampoco logró anticipar ni adaptarse al cambio profundo del entorno: la expansión del narcotráfico, la fragmentación territorial, la corrupción estructural y los desplazamientos que hoy golpean a Chiapas y a México entero.
El personaje trascendió y el mito sobrevivió; la ingeniería estructural quedó corta frente a un país que se transformó con violencia. No fue ausencia de plan, fue un plan anclado en premisas que, en la práctica, no resolvieron las necesidades materiales ni las nuevas amenazas que toda comunidad moderna debe enfrentar.
REFERENCIAS
Benítez Manaut, Raúl. Chiapas: conflicto y negociación. Centro de Investigaciones sobre América del Norte, UNAM, 2006.
Castells, Manuel. La era de la información. Vol. II: El poder de la identidad. Alianza Editorial, 1997.
EZLN. Declaraciones de la Selva Lacandona (1993–2005). Archivo histórico del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Gobierno de México. Comunicado oficial sobre identificación de Rafael Sebastián Guillén Vicente, febrero de 1995.
Harvey, Neil. The Chiapas Rebellion: The Struggle for Land and Democracy. Duke University Press, 1998.
Oppenheimer, Andrés. Bordering on Chaos: Guerrillas, Stockbrokers, Politicians, and Mexico’s Road to Prosperity. Little, Brown and Company, 1996.
Proceso (México). Cobertura especial sobre el levantamiento zapatista, enero–febrero de 1994.
El País. “El EZLN anuncia la desaparición de su estructura civil”, noviembre 2023.
PBS NewsHour. “Mexico’s Zapatista indigenous rebel movement says it is dissolving its autonomous municipalities”, noviembre 2023.