por Valdo J.
Año 2020, el camino a Nosara tenía de todo: polvo, lomas, vacas y hasta un barco encallado tierra adentro en el cruce para seguir rumbo a Nicoya o a Sámara, como esperando un mar que nunca regresó. Ahí entendí que Playa Garza no iba a mostrarme lo evidente, sino lo oculto. Ese casco podrido entre árboles fue el guiño previo a un hallazgo que, por más vueltas que di en bici bajo el sol, había pasado inadvertido: un bar sin nombre, medio cantina, medio comedor de pescadores, que terminó siendo más honesto que cualquier resort de catálogo.
No voy a decir cómo se llamaba, aunque en la zona todos lo sabían. No porque fuera ilegal —que lo era— sino porque hay guerras domésticas que uno no tiene por qué revolver. Ni mi viaje ni esta crónica merecen convertirse en chisme de pasillo. Prefiero quedarme con la imagen del espacio mismo: abierto al mar, sostenido por maderas curtidas por el sol, sin más paredes que el viento. Ahí no hacía falta ac, la brisa se encargaba de todo.
En una zona donde a más de un restaurante se le ocurrió cobrar como si estuviéramos en Mónaco —sin ofrecer nada más que la cuenta inflada—, toparme con aquel espacio fue un alivio. Nada de vajillas importadas ni meseros disfrazados de mayordomos. Aquí la mesa era de madera teñida por los rayos solares, la cerveza tan fría que sudaba antes de tocar la boca, el pescado sabía a lo que tenía que saber: mar. Sin discursos gastronómicos ni fotos pa Instagram, solo cocina honesta, hecha con el mismo orgullo con que otros cuentan una buena faena de pesca.
El mundo entero se encerraba entre mascarillas, cadenas de WhatsApp y miedo a cada estornudo. Yo me refugiaba en lo básico: vitamina D en sobredosis diaria , agua salada, mar y montaña. Mis rutas en bicicleta pasaron varias veces frente al lugar sin que yo lo notara. Solo después de que mi hermano me habló de aquella cantina improvisada entendí que había estado pedaleando frente a un secreto. Lo sencillo no siempre se ve a primera vista; a veces uno necesita perderse lo suficiente para encontrar lo que realmente importa.
El espacio no tenía paredes, apenas unas tablas gruesas pintadas de gris por el salitre que sostenían el techo. Plantas colgaban en macetas improvisadas y una veranera crecía como corona en la entrada. El mar soplaba la brisa que enfriaba todo, más confiable que cualquier aire acondicionado. Tan fresco que me devolvía la fe en la playa, y esa manera de conservar las cervezas tan heladas. Una cortesía que no traía un precio escondido. Los mariscos salían de la cocina con ese sabor tan del lugar, sin maquillaje, ni complicados discursos gastronómicos. Todo simple, por eso mismo inolvidable.
Salí hacia Garza con el teléfono en las últimas, el calor lo enloquecía y la batería se desangraba sin aviso. Esa pequeña tragedia digital me recordó lo mucho que sigo posponiendo la compra de la Pentax 67II, máquina que sí sabría capturar lo que la memoria a veces borra. En la ruta quedaron las postales: el barco encallado en un potrero, el cruce polvoriento con su rótulo hacia Nicoya, la montaña que subí y bajé a puro pedal, la pulpería de madera pintada de amarillo Maggi como si fuera la Capilla Sixtina del abastecimiento local, y la playa con su mar, ¿qué más necesita la playa?
Dos décadas atrás había pasado por la misma zona con la peor de las compañías. Todo estaba más puro, más virgen, y aun así fui incapaz de verlo. Esta vez la historia fue distinta: la mejor compañía resultó ser mi bicicleta. Con ella entré a caminos y rincones que jamás habría alcanzado con aquel par de sombras de 1999. Podría darles el nombre de la cantina, si lo supiera, o mejor aún el de su dueño. Lo mejor es que armen ustedes las imágenes: abierta al viento, tan frágil y tan cierta como el recuerdo que ahora escribo.
Estos espacios aparecen y desaparecen sin que nadie los registre. A mí me tocó la suerte de vivirlo aunque fuera unos dias nada mas, y de confirmarlo en una época donde el mundo entero parecía enloquecer. Eso fue Garza para mí: un secreto, un regalo, un refugio imposible.
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