por Valdo J.
Pedaleando cuesta abajo hacia el súper, Genaro repasaba algunas de sus costumbres más viejas. Hace más de cuarenta años había tomado la decisión de bañarse solo con agua fría. No porque lo dijeran los tratados científicos —que también los había leído—, sino porque en la naturaleza, cuando llueve, el agua cae fría, a temperatura ambiente, y bien que le hace a todo lo que toca. Algo debía saber la naturaleza que valía la pena imitar. Solo en contadas ocasiones volvió al agua caliente, cuando podía disfrutarla de una ducha con presión poderosa. Eso era otra experiencia. Pero fuera de eso: siempre fría. Y qué bien le había hecho.
El microondas estaba prohibido. Para él, si en una casa le calentaban las tortillas ahí dentro, era señal de que no era un invitado querido. ¿Quién en su sano juicio mete la comida al microondas? Ahí todo queda sin vida. Igual de prohibido: el doctor. Lo evitaba siempre que podía.
De la televisión nacional había dejado de contar hacía tiempo. Cuando cumplió veinte años sin verla, dejó la cuenta ahí. Podrían ser treinta, cuarenta o más, ya no importaba. Aquella etapa estaba apagada. En algún momento pensó en comprar una cocina de leña y lo hizo: la usaba únicamente para el café. Nunca logró controlar el calor para otras comidas, pero para el café era insustituible.
Mientras pensaba en todo eso, pasó frente a una construcción. Estaban colocando ventanales y se detuvo un instante a mirar su reflejo. Le gustó lo que vio. Su barba frondosa, entre dorada y blanca. El cabello corto, muy corto, rapado, blanco también. En la mollera ya no saldría más, pero por fin todo uniforme, sin esa indecisión de décadas atrás entre blanco puro o gris ratón. Se parecía a don Neto, el finado, a quien había admirado más por la forma en que vivió que por lo que escribió.
Sonrió, señaló su reflejo con el índice derecho y le disparó un “pum” con la boca, antes de seguir pedaleando.