Genaro se levantó antes de que entrara la luz. Apoyó los pies en el suelo y se quedó sentado un instante al borde de la cama, escuchando el crujido de las rodillas al tratar de incorporarse. Movió la cadera en círculos. Los estiramientos de siempre —brazos arriba, codos atrás— y diez giros con la pesa rusa. Se persignó.
Caminó descalzo hasta la cocina. Bebió un vaso de agua de un trago. Puso la cafetera italiana en el fuego: canela, dos cucharadas de café, agua hasta la válvula. Gas medio.
Antes de volver al baño, recorrió el pasillo. Empujó la primera puerta. El cuarto estaba vacío. Se quedó un instante mirando hacia adentro. Marcó una X en el aire con la mano derecha y siguió.
En el segundo cuarto abrió un poco más. Un colchón matrimonial envuelto en plástico descansaba contra la pared. Encima, unas sábanas dobladas; en el suelo, dentro de una bolsa plástica, almohadas. Todo tenía una capa fina de polvo. Genaro se quedó mirando. Hizo la misma X breve y cerró la puerta.
En la sala se detuvo frente a los cuadros. La acuarela más grande mostraba a una perrita de manchas negras. El color ya no era el mismo. En las orillas se acumulaba una capa leve de polvo. Las demás eran fotografías tomadas años atrás con una Pentax de formato medio: atardeceres en el barrio, la universidad bajo la lluvia, la subida a Tarbaca. En ninguna aparecía nadie.
Sirvió comida en un recipiente metálico. Canelo apareció, se acercó sin apuro y empezó a comer. Genaro la observó un momento, sin agacharse, sin decirle nada.
Entró al baño. Miró las dos manillas. Giró la del agua fría. Dejó correr el agua. Metió la mano, la retiró. Esperó. Volvió a acercarla. Se quedó un segundo así. Luego se metió de golpe bajo el chorro. El cuerpo se tensó. Abrió apenas la cortina. El almanaque marcaba abril. Leyó en voz baja: “estimula la—”. Cerró.
Al salir se secó rápido. Regresó a la cocina. La cafetera ya humeaba. Sirvió el café y dio un sorbo corto. Miró hacia la puerta. Todavía era temprano, no pasaban de las ocho de la mañana.
Genaro dejó de usar la bicicleta de ruta hacía años. La de montaña también. No las vendió. Cada diciembre bajaba una de ellas y subía a Tarbaca. Mil ochocientos veinte metros para comprobar que todavía podía sostener el pulso.
El resto del año se movía en otra cosa. Marco curvado, postura erguida, pedaleo más corto. Con esa iba al súper, a la universidad, a comprar cangrejos para el café.
La había modificado con el tiempo. Primero el asiento, luego las llantas, después el sistema eléctrico. La batería le daba casi cien kilómetros por carga.
Antes de salir revisó las llantas con la mano. Presionó apenas. Luego miró el indicador de carga, encendió el ciclocomputador, ajustó la mochila en la espalda y montó.
Bajó la calle sin esfuerzo. La bicicleta rodaba limpia, sin ruido. No tocó el botón de asistencia. La calle estaba casi vacía y, apenas tomó velocidad, miró el ciclocomputador. La pantalla marcaba el tiempo en curso.
Pasó frente a una construcción donde colocaban ventanales. Redujo la velocidad y se acercó lo suficiente para verse reflejado en el vidrio. Se quedó un segundo. Levantó la mano derecha, apuntó con el índice y disparó un “pum” seco con la boca. Siguió. Más adelante, al borde de la calle, una abertura en el caño sin rejilla obligaba a abrirse un poco hacia la derecha.
En el súper tomó los últimos dos cangrejos —uno de queso, uno de chocolate— y pidió candelas. Solo quedaba el número ocho. Pagó y guardó todo en la mochila.
La cuesta empezaba después de la esquina. Bajó un cambio y se inclinó hacia adelante. El pedaleo se volvió corto. Miró el ciclocomputador. Sostuvo la vista un poco más. Volvió al frente. La bicicleta empezó a perder velocidad. Apretó con las piernas. Volvió a mirar los números. No le daban y cuando levantó la cabeza ya iba encima del caño sin rejilla. Frenó tarde con la mano izquierda. La rueda delantera se clavó y la bicicleta giró. Salió por encima del manubrio y cayó de espaldas sobre la acera.
Se quedó quieto un momento mirando el cielo y luego giró la cabeza. La mitad de la bolsa había quedado atrapada en el caño. La otra estaba debajo de su cadera. Se incorporó despacio, sacó la bolsa y la sostuvo abierta. Los cangrejos estaban casi deshechos.
Se puso de pie apoyándose en la bicicleta. Se sacudió las manos, luego las rodillas. Volvió a montar. Pedaleó. No avanzó. Volvió a intentar. El pedal bajó a medias. Se inclinó más sobre el manubrio y respiró por la boca. Se quedó un segundo así, detenido mirando al frente. Volvió a empujar. La bicicleta avanzó unos metros. Se detuvo otra vez.
Apoyó un pie en el suelo. Se quedó inclinado sobre el manubrio, respirando hondo. No levantó la mirada. Volvió a montar. El pedal respondió tarde, avanzando poco, casi deteniéndose del todo.
Miró el botón de asistencia. La mano quedó cerca. No la bajó. Volvió a empujar. La bicicleta no respondía igual. Esta vez apretó, rápido, con rabia.
El motor entró con un zumbido bajo. La bicicleta avanzó sin esfuerzo. Genaro mantuvo la vista al frente hasta terminar la subida.
Al llegar a la casa se bajó y apoyó la bicicleta contra el portón. Se quedó de pie un momento, mirando el suelo. Abrió las manos, las cerró, se sacudió las rodillas. Luego, por costumbre, miró el ciclocomputador.
Se quedó quieto. Parpadeó. Volvió a mirar. Entró a la casa, dejó la mochila sobre la mesa y regresó con el aparato en la mano, como si hubiera leído mal.
—No puede ser… —dijo en voz baja.
Se quedó viendo el número unos segundos más.
—Ni con ayuda… carajo.
Apagó el ciclocomputador sin mirarlo.