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Carlos Alvarado y el Morbo Literario del Poder

Carlos Alvarado y el Morbo Literario del Poder

Un mar encendido, un barco diminuto y la metáfora de un país a la deriva. El análisis de lo que representó Carlos Alvarado.

Editorial

Carlos Alvarado y el Morbo Literario del Poder

Carlos Alvarado y La Guilita de Mar: qué revela el cuento del expresidente sobre su gobierno y su figura pública. El morbo literario del poder en Costa Rica.

Radio Pachuko · 4 agosto 2025 · 11 min lectura

La Guilita de Mar: el cuento de Carlos Alvarado

 

Por Tomás Oreamuno


Hay textos que se leen por su belleza, su potencia, su urgencia. Otros se hojean por razones más oscuras: el morbo. No el deseo de entender el mundo, sino de husmear en la mente del personaje que dejó una huella —para bien o para mal. Así como muchos hojean el Mein Kampf no por su prosa ni sus ideas, sino por el escalofrío que produce leer a quien encarnó una de las mayores tragedias del siglo XX, también hay quienes se acercan a La Guilita de Mar y otros textos del expresidente Carlos Alvarado con un interés más patológico que literario: saber qué clase de mente encabezó un gobierno tan catastrófico como el suyo.

No se trata de comparar ideologías ni crímenes —no hay punto de comparación entre Hitler y Alvarado en escala ni consecuencias— sino de identificar un fenómeno común: cómo ciertos textos adquieren notoriedad no por su valor literario, sino por el personaje que los construye y el desasosiego que genera su figura pública. Carlos Alvarado Quesada: el expresidente que se autodefine, escritor, rockero, patriota, humanista, ambientalista y ciudadano del mundo; que dejó a su partido reducido a la nada en las urnas y que hoy escribe columnas con tono de estadista, pretendiendo vender libros como ensayos sobre el porvenir. Y el problema es exactamente ese: un hombre que dice estar construyendo la fortuna de una nación con las mismas herramientas con las que escribió ese cuento, no está pensando en el país. Está pensando en él.

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Del burócrata al presidente-poeta

La Guilita de Mar fue escrita por Carlos Alvarado en 2012, como parte de un proyecto editorial que buscaba reimaginar cuentos clásicos. Le tocó reinterpretar La Sirenita. El resultado es un texto que recurre desde el arranque a un mecanismo pobre y facilista: presentar a una adolescente de quince años —”descobijada”, “con fuerte patada”, bañándose en calzones y sin brassier— no como parte de un desarrollo narrativo con peso propio, sino como gancho burdo que apela al morbo para disimular la ausencia de ideas.

Lo que sigue no mejora: un “príncipe papudo” que funciona como fantasía masculina de redención, frases que pretenden ser reveladoras —”Le dijo que no necesitaba culo, pero sí tetas”; “Ella terminó como el detergente con el que lavaba las camisas llenas de sangre: como espuma en el mar”— y un final donde la chiquilla muere por amor. Un culebrón tropical pasada por filtro de Instagram, convencido de estar ofreciéndonos la mas exquisita… literatura transformadora.

No hay profundidad en esas páginas, ni ambigüedad moral, ni estilo: hay escenografía. Y ahí está el problema de fondo, que va más allá de la torpeza narrativa. El texto lo construye alguien que cursó la primaria en la Escuela Anglo-Americana y la secundaria en el Saint Francis College —trayectoria que no impide escribir sobre pobreza, claro, obliga si, a hacerlo con una honestidad que aquí brilla por su ausencia. Alvarado habla de pianguas, esteros y manglar como si toda su infancia la hubiera pasado metido en el lodo, vendiéndolas a la orilla de la carretera. La escena no nace del recuerdo: nace del cliché. Es una postal de miseria pintoresca, pobreza exótica que nunca rozó su burbuja, literatura bonita para conmover a distancia. Carlos Alvarado escribe de privaciones como quien comenta un melodrama doblado, convencido de que con subtítulos alcanza para entender una vida que nunca fue la suya.

La Guilita de Mar no es solo un cuento fallido: es un síntoma. Una ventanilla, pequeñita y revelante, sobre la forma en que se imagina una realidad desde el adorno, a años luz de distancia, desde una sensibilidad postiza que quiere tocar lo popular sin ensuciarse las ropas. Que ese texto lo firmara en 2012 un simple burócrata que sacaba copias para Alberto Salom sería, en otro contexto, un dato irrelevante. El problema es que ese burócrata llegó a ser ministro, luego presidente, y hoy se pasea por foros internacionales presentándose como pensador de avanzada.

Lo de Alvarado en 2012 no era un accidente aislado: era la señal temprana de lo que vendría. La misma lógica que produce un cuento donde una adolescente de quince años muere de amor por un narco-príncipe, presentado al público como audacia literaria, es la que años después nos daría una Cleopatra negra en Netflix, una Elena de Troya negra en la Odisea de Christopher Nolan, y una Blanca Nieves de Disney, que de blanca no tiene nada —con enanos que tampoco son enanos, sino “criaturas mágicas”, para no ofender a nadie.

La manía del progresismo de intervenir quirúrgicamente lo que durante siglos ha formado parte de la cultura colectiva, no para enriquecerlo sino para señalizar virtud; no para contar mejor la historia sino para demostrar que están del lado correcto de ella. Lo cual, nos da como resultado, casi siempre el mismo: obras que no le hablan a nadie, defendidas a capa y espada por quienes las impusieron, e ignoradas por todo el mundo. Alvarado llegó antes que Disney, Netflix y otros a esa conclusión. El mérito, al menos ese, es suyo.

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Después de dejar a su partido reducido a la irrelevancia —sin una sola diputación, sin una sola alcaldía— Carlos Alvarado se reinventó como líder de pensamiento. Y lo hizo a lo grande: libros, foros, columnas de opinión, una plaza en Sciences Po y un currículo que se infla con cada entrevista, aunque nadie recuerde una sola política pública suya que haya dejado huella real. Sus textos, como presidente y como ex, comparten una constante: están escritos en el tono de alguien que cree estar diciendo algo profundo, que sueña con ser citado en momentos importantes de la historia. Palabras como resiliencia, liderazgo transformacional y visión país aparecen encadenadas como si vinieran de un manual de autoayuda para burócratas con hambre de micrófono. Cuando en realidad son nada mas, un LinkedIn con pretensiones literarias.

El problema no es que escriba. El problema es que cree escribir obras de culto, una tras otra, y que hay quienes lo leen y lo escuchan como si efectivamente así fuera. Porque lo que realmente llama la atención no es el contenido de sus textos, sino el contraste brutal entre la realidad que dejó y la imagen que se empeña en proyectar: la del presidente-poeta, sensible, progresista, visionario. El estadista que no pudo con la CCSS, ni con la corrupción, ni con el costo de la vida, ni mucho menos con el narcotráfico. Ese, hoy da conferencias sobre cómo gobernar un país y su señora, desde la Asamblea, habla maravillas de una gestión que el propio electorado sepultó en las urnas con una claridad que no admite interpretación. Carlos Alvarado no escribe porque tenga algo urgente que decir. Escribe porque necesita convencerse —y convencernos— de que lo que hizo valió la pena.

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El ensayo general de una presidencia

Más que reimaginar un clásico, La Guilita de Mar es un Frankenstein literario armado con la esperanza de que la atracción macabra hiciera lo que el pedigrí no pudo. Una adolescente de quince años por aquí, un narco-príncipe por allá, una curandera que envía menores a clínicas estéticas, y un final que pretende ser metáfora —”como espuma en el mar”— sin lograrlo. El relato apuesta por la pirotecnia narrativa en lugar del oficio, confiando en que el escándalo superficial baste para disimular la ausencia de verdad debajo. La revista SOHO, que lo publicó, no necesitaba más curaduría que agitar la bandera de lo “atrevido” y lo “transgresor” para darle luz verde: en ese ecosistema, el gesto cuenta más que el resultado.

Lo realmente incómodo no es la cosificación de la protagonista, ni la violencia simbólica que los progresistas suelen señalar con dedo acusador antes de aplaudir exactamente lo mismo si viene aprobado por alguien de su bando. Lo incómodo es la contradicción.

Un hombre que escribe sobre pobreza costera, sobre esteros y pianguas, sobre miseria pintoresca, sobre abandono y malas juntas; encabezó durante cuatro años un gobierno bajo el cual la pobreza por ingreso llegó al 26,2% en 2020 —el nivel más alto desde 1992—, y cerró su mandato con un promedio que superó al de todos los gobiernos anteriores de la última década, según datos del INEC.

Un magistrado que llegó al cargo más prestigioso en el Ministerio Público bajo administraciones del PAC terminó extraditado a Estados Unidos por narcotráfico. Durante los 8 años de gobierno: PAC. Costa Rica se convirtió en el mayor exportador de cocaína en el mundo. Los peores casos de corrupción institucional en la historia reciente del país ocurrieron en esos noventa y seis meses de gobierno del PAC; los grandes evasores siguieron operando sin que nadie los tocara; y cuando llegó la pandemia, funcionarios del mismo gobierno crearon empresas para comprar mascarillas por cuatro millones de dólares a una chatarrera —mascarillas que nunca se entregaron. Eso es lo que quedó. No los tweets elegantes, no las columnas de Sciences Po, no sus cuentos ni mucho menos sus libros: eso.

El ex presidente Alvarado, toma barro ajeno y trata de crear relatos fantásticos. Lo cual, si viniera acompañado de veracidad, estudio, TRABAJO, respeto o escucha genuina, podría al menos discutirse. Aquí no hay nada de eso: nada mas un remolino de frases huecas, personajes sin alma y una conclusión que pretende ser poesía y no llega ni a espuma. Los grandes clásicos no necesitan prótesis, ni remakes con moraleja, ni adornos de feria. Se leen, se disfrutan y se dejan queditos.

Carlos Alvarado Quesada no fue solo un mal presidente: fue un presidente sin proyecto y sin autocrítica, y eso se refleja con la misma claridad en su escritura. La Guilita de Mar es una mirilla desveladora. Nos muestra como, este personaje arma su mundo —siempre desde el adorno, desde la asepsia con la realidad más dura, desde una sensibilidad inauténtica que quiere tocar lo popular sin embarrialarse las botas. En sus textos, como en su gobierno, todo fue fingido. Faltó estructura, planeamiento, empatía real y, sobre todo, CONSECUENCIAS. Es muy fácil hablar de derechos humanos y al mismo tiempo recetar garrote, barricadas y gas. Posar de humanista impulsando leyes que solo sirven para joder al que ya, de por sí, nació jodidísimo. Declararse escritor cuando el texto más leído que ha publicado es una caricatura de serie dramática disfrazada de crítica social, desarrollada sobre uno de los grandes clásicos de la literatura universal.

Carlos Alvarado gobernó como escribe: con frases rimbombantes, sin fondo, convencido de que el peso de su prosa bastaba para administrar un país. Costa Rica no se sostiene con trinos”profundos” ni con cuentos reciclados, tampoco con fotografías corriendo por San Pedro o llegando en bicicleta en traje entero al búnker de Cuesta de Moras. Se sostiene con hospitales que funcionen, aceras que no quiebren tobillos, escuelas sin goteras, con respeto y trabajo para los que viven abajo, pulseandola, no en cumbres reunido con los titiriteros. Si la literatura tiene un deber, es el de decir las cosas como son. O al menos, no seguir repitiendo lo que quieren oír quienes ya se creen dueños de la historia —en especial una historia buena que solo existió para ellos.

Al final La Guilita de Mar no fue solo un extraño experimento. Fue el ensayo general de su presidencia: un pequeño agujero por el que se asomó, por un instante, la verdadera naturaleza del ex presidente. Un hombre capaz de doblar la realidad como se dobla el papel: con precisión milimétrica, para que desde lejos parezca algo sólido, algo que ocupa espacio, algo que existe. De cerca, solo dobleces. Capaz de dar esperanza un viernes y destruirla el martes. Capaz de ver el sufrimiento ajeno como material para sus cuentos. La Guilita de Mar, al igual que Costa Rica entre 2018 y 2022, se quedó esperando un milagro que nunca llegó. Y cuando la puerta se cerró de golpe, solo quedó la reverberación de una sensibilidad que nunca fue más que un ornamento.

Tomás Oreamuno en la novela Sangre Sombras & Asfalto es editor y productor audiovisual de la Federación de Estudiantes Universitarios, tambien gestor cultural del Santuario de Consciencia Global del Frente Universitario.

“Me hubiera gustado escribir Rayuela antes que Cortázar.
Bueno, aquí estoy. Todavía no me pegan un tiro.
El Tarot dice que me cuide del plomo.
Tomás Oreamuno

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