Apreté el pupitre con tanta fuerza que las uñas arañaron la madera, dejándome marcas en los dedos. El dolor no existía, la furia lo borraba todo. Lo tenía a la distancia justa para no fallar. Él lo sabía. Podría pegarme después, sí, pero le iba a costar: un brazo roto, la cabeza abierta, o los dos. Esta vez la broma no saldría gratis. Lo tenía de los huevos.
Entonces la busqué con la mirada. La vieja hijueputa que tenía por maestra. Ella lo había visto todo, no solo esa broma sino cada abuso anterior, cada humillación. En mi inocencia, tuve fe. Pensé: “esta vez, por lo menos una vez, será él quien camine a Dirección, él quien tenga que llamar a sus padres, él quien sienta la vergüenza.” La seguí con los ojos, esperando justicia.
Cuando ya estaba a punto de lanzarle el pupitre en la cara, la maestra gritó.
—¡Ooooosvaldo…!
El aire se quebró. El peso de ese alarido maldito fue un latigazo. En un segundo, el papel se volteó: el monstruo ileso, y yo, otra vez señalado.
Las hienas tranquilas, salieron de su tensión, “su héroe” intacto, sus dedos babosos me acusaban felices. Recogí los cuadernos del pasillo como si fueran pruebas de mi “falta” iniciando el camino a Dirección. El director no estaba. Me recibió el subdirector, único santo en aquel infierno. Me escuchó atento, y al final, sonrió con calma.
—Bien hecho, cabrón. Bien hecho. me dijo.
Me quedé mudo. Estaba tan acostumbrado a los regaños, los gritos, a los sermones de perfectos extraños que nunca escuchaban mi versión. Por un instante pensé que había escuchado mal. Sentí algo extraño, no era castigo lo que venía, era comprensión.
Me contó que había peleado para sacar a los gemelos de primaria y enviarlos a la escuela nocturna, su respectivo y justo lugar. Perdió. El sistema prefería su farsa deportiva.
La puta maestra me esperaba en el salón, saboreando la idea de verme llegar para firmar la carta del director señalandome como culpable de aquel “agravio”. Quería mi autógrafo para tener a mis padres al día siguiente, sentados frente a ella, soportando sus discursos venenosos.
Para su sorpresa, el subdirector me acompañó. Llamó a la maestra y, delante de mí bajo el marco de aquella puerta inmensa del viejo salón de clase construido totalmente en madera, le jaló las orejas a ella. No podía creer lo que estaba presenciando. Aunque me creyeran tonto, de tonto no tenía un pelo, hice un esfuerzo importante para no reirme, para no insultar aquella vieja amargada. Faltaba poco para terminar el año, apenas esbocé una sonrisa que no me llegó a las orejas, aquella leve mueca de mi parte, le dolió más que cualquier insulto a la maestra. No quería seguir teniendo problemas con ella ni con nadie, por más que quisiera dar brincos y señalarla yo también, como en tantas ocasiones por estupideces lo había hecho ella conmigo.
El subdirector me invitó a recoger mis cosas.
—Andate para tu casa tranquilo —dijo. Eran las 10:30 de la mañana. ¡Qué belleza!
Yo, en lugar de irme directo, me quedé de pie bajo el marco de la gigantesca puerta, detenido por pura inercia, disfrutando la escena. El hombre, que medía casi dos metros, le habló a la clase entera y luego se plantó frente a Diego. Mirándolo con hartazgo, con furia. Se detuvo, notando que yo seguía ahí, disfrutando la función. Levantó la mano, me señaló con el dedo índice y, sonriente, soltó:
—Andate, güevón.
Me fui. Una de las mañanas más alegres que tuve ese año.
Terminé la escuela, no puedo negar que por un momento sentí nostalgia. Se me pasó muy rápido. El colegio fue otra tortura, ahí los gemelos, “grandes promesas” del deporte escolar: dos más del montón. Su gloria se desvaneció en cuestión de meses: enfrentados a rivales de su edad, más altos y fuertes, sus regates “mágicos” y “temidos” disparos de media y larga distancia, que ponían a temblar a todos los estudiantes desde el primer grado de la escuela hasta sexto: se volvieron nada.
Tuvieron un último renacimiento en televisión, toreros improvisados. Su única gracia: ser gemelos. Destacar por una casualidad de la naturaleza tan absurda como aplaudir a alguien por tener los ojos azules. La vida riéndose de ellos, inflándolos por un accidente biológico confundido con mérito. Su renacimiento al estrellato ahora en etapa adulta fue muy fugaz. Después, otra vez nada. La broma cruel no era suya, sino de un sistema empeñado en vender espejismos.