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De Cuclillas con Estilo / La Mañana Más Alegre

De Cuclillas con Estilo / La Mañana Más Alegre
Literatura

De Cuclillas con Estilo / La Mañana Más Alegre

Tenía once años, a punto de cumplir doce. En sexto grado me sentía preso en la escuela Joaquín García Monge. Las mañanas eran hermosas y yo fantaseaba con romper una ventana y escapar.

Radio Pachuko · 24 agosto 2025 · 9 min lectura

por Valdo J.

Ese año, mi compañero de clase fue Diego. Él y su hermano Marco eran gemelos de quince, casi dieciséis años. Para un niño de mi edad, alguien con tres años de diferencia ya parecía un adulto. Los gemelos nos sacaban cuatro. Más altos, más fuertes, más rápidos, no por talento: pura biología.

Los adultos, idiotas, los idolatraban:

—¡Qué bárbaros! ¡Qué atletas!

Escuela Joaquín García Monge

Estaban en todas las selecciones: fútbol, baloncesto, atletismo; también en la escolta del 15 de setiembre. Privilegios incluidos: comedor escolar, uniformes, viáticos. Viajaban inflados por un sistema podrido. La palabra vergüenza, les era completamente ajena.

Diego disfrutaba de molestar a quienes no tenían quien los defendiera. Un día me pidió una revista por la contraportada: una motocicleta estilo bobber que me fascinaba. Juró que me pagaría al día siguiente. Sigo esperando. Su forma de hacerme saber que hasta mis pequeñas alegrías estaban bajo su bota aquel último año escolar.

Sexto Grado, Escuela Joaquín García Monge. Máximos Estilos

Otro día, con esa risa torcida que tienen los matones cuando saben que nadie se les va a plantar, agarró mi suéter favorito y el único que tenía.  La puerta del aula, siempre abierta, parecía un reto a cualquiera que se atreviera a cruzarla si no era tiempo de recreo. Caminó hacia la cancilla recorriéndonos con la mirada, uno por uno: compañeros, maestra, todos babeando de expectativa, un circo romano. Al llegar al basurero metálico diagonal a la entrada de mi salón de clase, soltó el suéter despacio, como si ejecutara un truco, luego con fuerza y saña lo empujó hasta el fondo, un estañón metálico viejo, sucio y cargado de restos asquerosos. Nadie dijo nada. La clase entera gozaba el espectáculo.

En el simulacro de graduación, uno de los actos cívicos más importantes del año, once grupos reunidos, casi trescientos estudiantes en el auditorio, me empujó con carrerilla incluida para tirarme al suelo, ¿por qué? Me lo he preguntado bastante cada vez que lo recuerdo. Estando boca abajo sobre las baldosas de cemento hidráulico intentó bajarme los pantalones; un profesor se lo impidió, sin sacarlo del lugar. El piso frío, los zapatos de los demás a mi alrededor y un concierto de carcajadas: niños y adultos celebrando por igual.

Diego sabía dónde herir.. Lo disfrutaba: lo típico de una estrella del deporte en crecimiento… o pasada de crecidita.

El límite llegó cuando agarró mis cuadernos y lápices y los lanzó por la ventana, una “broma” menor. Exploté. No de miedo, sino de rabia. La garganta me ardía, los ojos me escocían y las lágrimas corrían sin ninguna pena: eran brasas. Le escupí insultos tan viscerales que la clase entera quedó inmovil, como si presenciaran un exorcismo en vivo a media mañana. Vómitos de odio puro, palabrotas que esa manada de lamebotas inquisidores jamás había escuchado en sus vidas. Por un momento, lo sentí tambalear. Cada palabra era un latigazo que le abría una herida invisible y dolorosa.

Me levanté de golpe, sorprendiéndolos. Lo que más les dolió: no los insultos, no la furia, el salto inesperado. Nunca presupuestaron esa reacción de mí. Un brinco brusco, suficiente para desarmar sus risas, no serían otra vez cómplices de las bromitas de Diego. Entendieron que lo sucedido, aunque irrelevante quizás, comparado con otras humillaciones, era demasiado.

Graduación Sexto Grado. Nunca mas en ese lugar.

Apreté el pupitre con tanta fuerza que las uñas arañaron la madera, dejándome marcas en los dedos. El dolor no existía, la furia lo borraba todo. Lo tenía a la distancia justa para no fallar. Él lo sabía. Podría pegarme después, sí, pero le iba a costar: un brazo roto, la cabeza abierta, o los dos. Esta vez la broma no saldría gratis. Lo tenía de los huevos.

Entonces la busqué con la mirada. La vieja hijueputa que tenía por  maestra. Ella lo había visto todo, no solo esa broma sino cada abuso anterior, cada humillación. En mi inocencia, tuve fe. Pensé: “esta vez, por lo menos una vez, será él quien camine a Dirección, él quien tenga que llamar a sus padres, él quien sienta la vergüenza.” La seguí con los ojos, esperando justicia. 

Cuando ya estaba a punto de lanzarle el pupitre en la cara, la maestra gritó.

—¡Ooooosvaldo…!

El aire se quebró. El peso de ese alarido maldito fue un latigazo. En un segundo, el papel se volteó: el monstruo ileso, y yo, otra vez señalado.

Las hienas tranquilas, salieron de su tensión, “su héroe” intacto, sus dedos babosos me acusaban felices. Recogí los cuadernos del pasillo como si fueran pruebas de mi “falta” iniciando el camino a Dirección. El director no estaba. Me recibió el subdirector, único santo en aquel infierno. Me escuchó atento, y al final, sonrió con calma.

—Bien hecho, cabrón. Bien hecho. me dijo.

Me quedé mudo. Estaba tan acostumbrado a los regaños, los gritos, a los sermones de perfectos extraños que nunca escuchaban mi versión. Por un instante pensé que había escuchado mal. Sentí algo extraño, no era castigo lo que venía, era comprensión.

Me contó que había peleado para sacar a los gemelos de primaria y enviarlos a la escuela nocturna, su respectivo y justo lugar. Perdió. El sistema prefería su farsa deportiva.

La puta maestra me esperaba en el salón, saboreando la idea de verme llegar para firmar la carta del director señalandome como culpable de aquel “agravio”. Quería mi autógrafo para tener a mis padres al día siguiente, sentados frente a ella, soportando sus discursos venenosos.

Para su sorpresa, el subdirector me acompañó. Llamó a la maestra y, delante de mí bajo el marco de aquella puerta inmensa del viejo salón de clase construido totalmente en madera, le jaló las orejas a ella. No podía creer lo que estaba presenciando. Aunque me creyeran tonto, de tonto no tenía un pelo, hice un esfuerzo importante para no reirme, para no insultar aquella vieja amargada. Faltaba poco para terminar el año, apenas esbocé una sonrisa que no me llegó a las orejas, aquella leve mueca de mi parte, le dolió más que cualquier insulto a la maestra. No quería seguir teniendo problemas con ella ni con nadie, por más que quisiera dar brincos y señalarla yo también, como en tantas ocasiones por estupideces lo había hecho ella conmigo.

El subdirector me invitó a recoger mis cosas.

—Andate para tu casa tranquilo —dijo. Eran las 10:30 de la mañana. ¡Qué belleza!

Yo, en lugar de irme directo, me quedé de pie bajo el marco de la gigantesca puerta, detenido por pura inercia, disfrutando la escena. El hombre, que medía casi dos metros, le habló a la clase entera y luego se plantó frente a Diego. Mirándolo con hartazgo, con furia. Se detuvo, notando que yo seguía ahí, disfrutando la función. Levantó la mano, me señaló con el dedo índice y, sonriente, soltó:

—Andate, güevón.

Me fui. Una de las mañanas más alegres que tuve ese año.

Terminé la escuela, no puedo negar que por un momento sentí nostalgia. Se me pasó muy rápido. El colegio fue otra tortura, ahí los gemelos, “grandes promesas” del deporte escolar: dos más del montón. Su gloria se desvaneció en cuestión de meses: enfrentados a rivales de su edad, más altos y fuertes, sus regates “mágicos” y “temidos” disparos de media y larga distancia, que ponían a temblar a todos los estudiantes desde el primer grado de la escuela hasta sexto: se volvieron nada.

Tuvieron un último renacimiento en televisión, toreros improvisados. Su única gracia: ser gemelos. Destacar por una casualidad de la naturaleza tan absurda como aplaudir a alguien por tener los ojos azules. La vida riéndose de ellos, inflándolos por un accidente biológico confundido con mérito. Su renacimiento al estrellato ahora en etapa adulta fue muy fugaz. Después, otra vez nada. La broma cruel no era suya, sino de un sistema empeñado en vender espejismos.

Yo terminé la escuela, el colegio, la universidad. Perdí la cuenta de cuántas veces subí Tarbaca en bicicleta, de cuántos kilómetros recorrí bajo el sol cosechando vitamina D, de cuántos buenos amigos encontré en el camino que decidí seguir. Han pasado décadas sin volver a saber de esa jauría. No hace falta.

Hoy, tantos años después, al final de una tarde de diciembre, me sirvo un café y encuentro unas fotos. El equipo de fútbol del 84, la clase de sexto grado a finales de los 80s. Ahí estamos: inocentes, tan niños. Yo, de cuclillas, desafiante, con mucho estilo. La puta de la maestra, Diego a su derecha, y todos los demás carajillos. ¿Por qué les temía? 

A Diego no lo perdono. Tampoco le guardo rencor, no tiene redención: un jovencito bastante huevón, que disfrutaba con alevosía aprovecharse de sus compañeros, todos menores y mas pequeños.

Añoro cosas de mi niñez, jamás la escuela. No me ilusionan las reuniones de ex compañeros: lo mejor que tengo de ellos es su olvido.

Lo que sí me queda es el orgullo que vino después de la escuela primaria. Campeón en secundaria: cuarto y quinto año, portero estrella en dos torneos consecutivos con equipos por los que nadie daba nada. Campeonatos de verdad, ganados junto a los “nacidos para perder”. 

Miro esa foto de la escuela, cómo quisiera poder darle un abrazo a ese chiquillo que fui. Que tan pocos recibió. Siempre peleando, siempre en desventaja, siempre listo.

Seguí mi camino. Me fui y, en el trayecto, encontré algo mejor: la certeza de que la vida vale más que cualquier medalla inventada en una escuela o colegio, mucho más cuando se construyen registros que perdurarán en el tiempo. No rompi una ventana: pude abrir mil.

Plaza de Aserri. Equipo Escolar J. G. M. Ninguno llegó a jugar en Primera División.
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