Corte abrupto. En pantalla aparece PePillo. Ojos entrecerrados. Puño en el pecho. Cabeza gacha en falso recogimiento. Se escucha el susurro:
—Viva Costa Rica por la gran puta —dice, apenas audible, mientras fuerza los párpados para abrirse paso entre la iluminación. Alza la cabeza un poco más, cuidando que la cámara lo siga.
Detrás, en las pantallas LED, las llamas digitales del decorado titilan por un segundo. Casi se apagan. Entonces, el corte final. La bandera de Costa Rica ondea en cámara lenta, perfecta, limpia. Un coro de niños canta una versión dulzona del himno nacional, como si el país fuera una república de juguete a punto de dormir.
La imagen entra en un difuminado que parece eterno. Un trance visual, como si el país entero flotara suspendido entre promesas. Al volver, PePillo reaparece. Más suelto. La mirada afilada como navaja de barbería.
—Y como presidente del pueblo, abro desde hoy las puertas de Casa Presidencial a toda propuesta ciudadana que busque erradicar este robo indignante al erario público. Hoy sanaremos el alma nacional, como quien salva a la CCSS de un colapso. El pueblo tiene la palabra.
No espera respuesta. Ni la desea. No cree que nadie llegará. El set comienza a desarmarse: luces que se apagan, banderas que se pliegan como decorado escolar al cierre de un acto cívico obligatorio.
SODA EL REFUGIO. SAN PEDRO. 8:25 P.M.
Chus, flaco y quieto, está en su mesa de siempre. A su lado, la refrigeradora zumba como resignada a su existencia. Frente a él, un café frío, un pan sobado, y la mirada fija en la tele muda.
Don Martín lo observa desde la barra. Bigote blanco, manos con grietas de fritanga, voz baja como costumbre.
—Chus, ¿siempre con esa carpeta de cuero? ¿Qué guardás ahí? Parece un tesoro.
Chus sonríe sin volverse:
—Don Martín… esto es mi obra maestra. Tres años armándola. Es un sueño. Pero no uno cualquiera. Es un sueño con dientes. Solo falta… ejecutarla.
Don Martín enarca las cejas. Sirve café nuevo.
—¿Y la deuda con los Garroteros? ¿Ya la resolvió?
Chus niega con lentitud:
—La pagué tres veces. Pero según ellos… les debo la cuarta. Me tienen hostinado esos hijueputas chupasangres.
Don Martín deja el café en la mesa. En silencio. Con respeto.
Chus sorbe un poco. Luego toma el pan sobado, lo envuelve con precisión quirúrgica en una servilleta. Antes de guardarlo, marca con la uña una pequeña equis en el centro del papel. Ritual sin testigos. Mira la pantalla. La imagen de PePillo se disuelve entre barras de color.
—Ya casi —susurra. Y sale sin pagar.