El lunes amaneció igual que cualquier otro. San José se llenó de buses, de portones abriéndose tarde, de gente apurada con el café en la mano. El cambio de gobierno todavía no había ocurrido y, en los papeles, el país seguía siendo el mismo. Los ministros salientes empacaban lo poco que queda en los escritorios y los entrantes daban entrevistas largas sin decir nada concreto. El domingo electoral ya había pasado y con él, esa sensación incómoda de haber despertado en una casa conocida con los muebles movidos apenas unos centímetros.
En Desamparados, una familia desayunaba sin radio ni televisión. El padre revisaba el celular con el ceño fruncido, la madre acomodaba los platos sin sentarse del todo. No discutían de ideologías ni de programas de gobierno. Hablaban de trabajo, de horarios, de lo que pasaría si las cosas se ponían raras. Ambos sabían que los nombres grandilocuentes y las ideas abstractas casi nunca llegan primero a los barrios, llegan las consecuencias. La conversación terminó rápido. Había que salir.
En San Pedro, en una casa grande que hace décadas fue una mansión y ahora apenas se sostiene, dos adultos mayores caminaban despacio entre muebles viejos. La casa llevaba meses en venta. No por gusto, sino por necesidad. El triunfo del Frente de Liderazgo Ancestral no les generó entusiasmo ni furia a los dueños de aquella casota venida a menos; les generó dudas prácticas. Habían escuchado las propuestas sobre vivienda, sobre comunidad, sobre soluciones colectivas. Ninguna parecía pensada para gente que ya va de salida y solo quiere cerrar cuentas sin quedar a la deriva. Se sentaron en la sala, en silencio, mirando una pared donde antes hubo cuadros.
En Barrio México, un mecánico levantó el capó de un carro y apagó la radio con un manotazo. No quería oír análisis ni celebraciones. El nombre del Frente le producía una mezcla rara de fastidio y desconfianza. No por doctrina, sino por experiencia. Demasiadas palabras grandes, demasiadas promesas que no pasan por el taller ni por las manos llenas de grasa. Siguió trabajando con más fuerza de la necesaria, como si apretar tornillos fuera una forma de desahogarse.
En otro punto de la ciudad, Ron entró a la soda El Refugio con el paso apurado y el abrigo largo rozándole las pantorrillas. Una gabardina de cuero, gastada en los bordes, que él defendía como la prenda perfecta: decía que tenía el largo justo, el que habría servido en el Viejo Oeste para ocultar bien las pistolas. Don Martín lo conocía desde hacía años y apenas lo vio supo que ese café que pediría no iba a ser rápido. Ron pidió uno y se quedó de pie, apoyado en el mostrador, como si el discurso ya estuviera en marcha antes de que le sirvieran la taza.
Apenas Don Martín se perdió en la cocina, Ron arrancó. Habló del triunfo del Frente de Liderazgo Ancestral con una emoción que se le desbordaba en frases largas, elevadas, llenas de conceptos que había repetido la campaña hasta el cansancio. Se empinó un poco sobre la punta de sus botines de cuero, amagó con meterse detrás del mostrador, como queriendo asegurarse de que lo escucharan. El café llegó y Ron dio un sorbo rápido, se echó hacia atrás, cerró el puño derecho con fuerza, como si fuera a dar un gancho al hígado, alzó la cara y encorvó el cuerpo como quien va a gritarle algo al cielo y soltó uno de esos nombres teóricos imposibles, inmateriales, que prometían explicarlo todo sin explicar nada. Luego volvió a mirar alrededor, midiendo la respuesta del público, quién podía estar tomando nota, aun cuando en la soda solo estaban Don Martín y tres muchachas que atendían las mesas sin prestarle atención.
Siguió hablando. A ratos con la taza en la mano, a ratos señalando el aire, convencido de que el país acababa de cruzar un umbral histórico. Don Martín regresó al mostrador, lo escuchó un segundo, le dio una cachetada suave en la mejilla y sonrió con esa mezcla de paciencia y afecto que solo dan los años.
—Mijo, ni usted se cree esa hablada.
Luego le cobró el café, sin apuro, como recordándole que el país seguía en piloto automático, que el traspaso de poderes todavía no había ocurrido y que, por ahora, en El Refugio, el café se pagaba.
Ese lunes, el Frente apareció en cadena con su primer mensaje oficial posterior a la elección. El tono fue calmo, casi pastoral. Hablaron de orden, de responsabilidad histórica, de una etapa nueva para el país. No anunciaron medidas, no dieron fechas, no explicaron mecanismos. Cerraron con una frase cuidadosamente pulida: el país entraba en un tiempo de corrección moral. Nadie supo muy bien qué significaba eso. Nadie preguntó demasiado. El lunes siguió su curso. Ese fue el día cero.
El cambio empezó por lo visible. Una mañana aparecieron banderas nuevas en rotondas y edificios, colgadas con una prolijidad que llamaba la atención. Los colores del Frente de Liderazgo Ancestral se repitieron en postes, fachadas y puentes peatonales. No anunciaban nada importante: talleres, encuentros, mesas abiertas, comunicados sin fecha. La ciudad siguió funcionando y el paisaje empezó a verse distinto.
Al final de la tarde, Ron llegó a la soda El Refugio. Don Martín levantó la vista con sorpresa: hacía meses que no lo veía y menos a esa hora. Ron entró con la gabardina de cuero abierta, orgulloso, y se acercó al mostrador sin pedir nada. Señaló el parche cosido a la altura del pecho. El escudo era nuevo, los colores limpios, brillantes, elegantes.
—Trabajo para el gobierno —dijo, como si estuviera compartiendo una confidencia.
Don Martín miró el parche, luego a Ron y guardó silencio.