Expliqué que lo que tenía era lo esencial, lo que sostiene cualquier narración digna: las biografías de sus personajes. Les conté, sin temblar, que de Chus llevaba treinta y cinco páginas. Del Capitán Planeta, veintisiete.
Cuando terminé, nadie habló. Nadie se atrevió a toser.
Entonces, al fin, un joven aplaudió. Dos palmadas solitarias, torpes, casi vergonzantes. Yo quedé asombrado, no por el aplauso, sino por lo moroso. ¡Había pasado demasiado tiempo sin que nadie reconociera lo evidente! Era inconcebible que la ovación no hubiera estallado desde el primer minuto. Pensé, quizá las quince páginas que eliminé de Chus eran indispensables. Tal vez las veintisiete de Capitán Planeta se quedaban cortas, de ahi la dilación de la primera ovasión. El aplauso había llegado, sí, sin embargo tardío, muy tarde.
El director del taller, con voz grave, rompió la quietud:
—Interesante, muy interesante tu forma de abordar la construcción de un relato. Decime… ¿y de qué tratará al final el cuento?
Sonreí. Esa era la pregunta que cualquiera esperaría, y precisamente por eso la esquivé.
—Permítanme aclarar un punto que quizá no han notado todavía —dije, como si revelara un secreto mayor—. No he hablado de los tres personajes secundarios. Apenas cruzarán la página, sí. Esa breve aparición no los exime de ser la espina dorsal del relato. El dueño de una soda bautizada EL REFUGIO: Don Martín. Una mujer que se asoma solo para preguntar la hora. Y un niño de dos años que sostiene una mirada intensa con Don Martín. Es todo lo que hacen. Eso, y nada más.
Como si fuera un gigante hablandole a enanos, con las palmas de mis manos sobre el escritorio y de pie me acerque al grupo, lo que me permitía la distancia entre aquel viejo escritorio y los demás.
—Como dice el refrán, el diablo está en los detalles. Ellos son los cimientos invisibles. El lector quizá ni lo note, si los descuido, la obra se derrumba, de lo que estoy completamente seguro. Me tomará tiempo, lo sé: nueve meses, quizá un año entero, para dejar esas biografías impolutas.
El director del taller literario asintió con juicio. No entendía nada. Tomó aire, acomodó la libreta frente a sí y respondió con un tono amable, definitivo, de esos que clausuran una conversación sin necesidad de continuarla: