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ESTUDIOS DE CAMPO 2

ESTUDIOS DE CAMPO 2
CRÓNICAS

ESTUDIOS DE CAMPO 2

Radio Pachuko · 22 Junio 2026 · 12 min lectura
LOS ESTUDIOS DE CAMPO

DEL DR. ARKADY VOLKOV LAZENKO

Bitácora 2: Flashback

Radio Pachuko · 22 Junio 2026 · 14 min lectura

Hay mañanas que uno reconoce desde antes de abrir los ojos. Vísperas del primero de diciembre, y el cuarto ya olía distinto: a viento seco, a ese norte que baja de la montaña a finales de noviembre y le quita la humedad al país de un solo soplido. Me quedé un rato boca arriba, escuchando cómo las láminas del techo crujían con la ventolera. Rodríguez y Ramírez todavía dormían a los pies de la cama, hechos dos rosquillas peludas.

Me levanté sin prisa —el lujo más caro que conozco no se compra, se construye: nadie me espera, nadie me apura— y puse la cafetera al fuego. La bialetti empezó su escándalo de siempre, ese borboteo de olla vieja que para mí vale más que cualquier campana de iglesia. Café negro, sin nada, hirviendo. El primer sorbo me bajó por el pecho como una buena noticia. Afuera el cielo estaba limpio, ese azul lavado y un poco insolente que solo trae diciembre.

Después, el agua fría. No por disciplina ni por moda; por gusto. Me metí bajo el chorro y dejé que el frío me cerrara la respiración un segundo, dos, tres… hasta que el cuerpo entero despertó de un tirón y entendió que el día había empezado en serio. Salí con la piel ardiendo de puro frío —contradicción hermosa— y me sentí, durante un instante, dueño absoluto de mí mismo. Dos huevos a la sartén. Las orillas se rizaron, doradas, crocantes. Yema blanda, sal gruesa, un pan tostado para empujar. Comí de pie, mirando por la ventana cómo el viento despeinaba los árboles del barrio. No hacía falta nada más. Eso era todo, y era mucho.

Rodríguez y Ramírez ya estaban en pie, claro. Basta el ruido de la sartén para convocarlos. Me miraban con esa fe ciega de quien sabe que el mundo es un lugar bueno porque huele a huevo frito. Les preparé lo suyo, busqué las correas. Ellos giraban en círculos, se atropellaban, ladraban bajito, ansiosos y felices. ¿Cómo no envidiarles esa capacidad de celebrar lo mismo todos los días como si fuera la primera vez?

Salimos. El campus de la universidad quedaba a unas cuadras, y era mi ruta de siempre. Algo tiene ese lugar que me desconcierta cada mañana: está idéntico. Treinta años después, los mismos edificios, los mismos pasillos, los mismos árboles apenas más gordos. Como si el tiempo hubiera pasado por todas partes menos por ahí. Caminé con los perros sueltos —a esa hora no hay nadie a quien molesten—, el viento de diciembre empujándonos por la espalda, las hojas secas corriendo delante de nosotros como si también tuvieran adónde ir. Un gran día. De los que uno guarda.

Y entonces lo vi. A la distancia, cruzando uno de los senderos del campus, inconfundible aun de lejos, aun después de tres décadas: Steve.

Mi primer impulso fue tonto, de colegial: bajar la cabeza, cambiar el rumbo, perderme entre los edificios antes de que me viera. Quizás cien metros de distancia y yo maniobrando con los perros como quien esquiva una multa. No quería saludarlo. Tampoco que él me saludara. Le puse las correas de nuevo a los perros y crucé la calle.

Steve cruzó también. Vino directo, sin apuro, con la barbilla un poco alzada y una sonrisa que le llegó antes que el cuerpo. Se detuvo a un paso. Me miró de arriba abajo —los perros, las correas, los tenis, todo— y la sonrisa se le hizo más ancha, casi dulce, como la de quien se topa con un viejo alumno que no terminó la carrera.

—Volkov —dijo. No «dichoso», no «cuánto tiempo». Mi apellido, a secas, como se nombra un dato—. La mayoría de los hombres, mae… —suspiró, miró hacia los árboles, me devolvió los ojos— se pasa la vida arrastrando una desesperación callada. Resignada. Mueren así, mansitos, sin haber gritado una sola vez. —Hizo una pausa para que la frase aterrizara—.

Lo soltó como si lo hubiera pensado esa mañana, mirándome a mí. Como si me lo hubiera traído de regalo. Esperó. Eso fue lo que más reconocí de él, después de treinta años: la espera. Esa pausa con la que siempre dejaba un silencio abierto para que el otro se metiera adentro y se ahogara.

Y ahí, parado frente a él y el viento de diciembre revolviéndome el pelo, no sentí rabia. Sentí algo más raro, más lento: lo vi entero, de golpe, como si los treinta años se hubieran plegado sobre sí mismos. Lo vi a los veinte y cinco. Lo vi tal cual era.

Lo conocí en antropología, segundo año, y para la tercera semana ya todo el mundo en el aula sabía quién era Steve.

La profesora era Claudine, una belga que había llegado a Costa Rica nadie sabía bien por qué y que daba la clase en un español de acento imposible, con erres que le rodaban en la garganta. Loca, decían. Brillante, decían también. Las dos cosas eran ciertas, y no se peleaban entre sí. Una mañana repartió la lista de lecturas del semestre y Steve la revisó por encima, con dos dedos, como quien revisa la cuenta de un restaurante malo.

—Esto no lo voy a leer —dijo, y dejó la hoja caer sobre el pupitre—. Con todo respeto, profesora: esta bibliografía es para gente que necesita que le digan qué pensar. Voy a leer lo que de verdad importa.

—Lea lo que quiera —contestó Claudine, y siguió con la clase. A ella le rodaba la erre y le resbalaba Steve.

Lo que de verdad importaba, no estaba en las lecturas sugeridas por Claudine, segun Steve.

Andaba siempre con los mismos docksiders sin medias, unos que de tan gastados parecían haber caminado los caminos de todos los muertos ilustres que andaba citando; el pantalón de mezclilla tieso de mugre, la camisa polo, el bigotillo ralo que se sobaba como un sabio aunque apenas le asomaba. Leía como un condenado. Lo que jamás leía era lo que el curso pedía.

Una vez le pregunté, en la fila de la soda, si había visto el partido del domingo. La Liga había ganado sobre la hora.

—El hombre vulgar le teme al silencio —dijo, escogiendo un gallo de la bandeja sin mirarme—. Lo llena de ruido para no escuchar lo único que lleva adentro, que es nada. —Se quedó callado un segundo, esperando, con la moneda en el aire para que yo me agachara a buscarla—. Es la condición del hombre promedio.

El partido había estado buenísimo, por cierto.

Eso hacía Steve: escogía. A la gente que leía tanto como él, la que le habría devuelto cada cita con una más filosa, ni la saludaba. Iba por el que preguntaba por un partido de futbol.

Nos tocó un trabajo en grupo con Claudine. Cuatro personas, un tema, una entrega; el documento iba impreso, en computadora, con el formato que la belga había puesto en el programa desde la primera clase. Nos juntamos tres días antes a armarlo. Cada quien traía su parte en un diskette para pasarla a una sola máquina, darle formato e imprimirla. Steve llegó con un fajo de hojas escritas a mano y lo puso sobre la mesa.

—Aquí está lo mío. Esto solo vale más que todo lo que ustedes tres juntaron.

—¿Usted no tiene computadora? —preguntó Rocío.

Steve torció la boca. No la miró al contestarle.

—Claro que tengo. Usted no entiende. Yo soy un intelectual. Yo no uso otra cosa que no sea lápiz y papel, por favor.

—¿Y entonces qué hacemos con su parte? Esto hay que pasarlo todo a una sola máquina.

—Ahí está. Está completa.

—Yo se la transcribo —ofreció Rocío—. La paso a computadora y la integro con lo demás.

Steve se rió por la nariz.

—Nadie va a transcribir nada. Lo que yo escribí está perfecto como está. Pretender que una mecanógrafa pase mi pensamiento por un teclado es como pedirle a un ciego que copie un cuadro: va a mover la mano, sí, y no va a entender una sola pincelada. Mi obra no pasa por el tamiz de una máquina ni por la mano de nadie que no sepa lo que está tocando. —Recogió las hojas, se las apretó contra el pecho—. Si lo quieren así, bien. Si no, yo resuelvo lo mío aparte.

Y se fue, con sus cincuenta páginas, a resolver lo suyo aparte. Nos dejó a los tres con el trabajo entero encima.

El día de la entrega llegó con las mismas cincuenta páginas a mano y las depositó en el escritorio de Claudine como una ofrenda.

—Esto era en grupo —dijo ella, sin tocarlas.

—Lo hice mejor solo. Son cincuenta páginas, profesora. Léalas.

—No me importa si son cincuenta o quinientas. El ejercicio era trabajar con otros. Usted no trabajó con otros.

—Pedirle a una mente que pase su obra por una máquina es un acto de barbarie —Steve se había enderezado, y ahora hablaba para toda el aula—. La modernidad confunde la velocidad con el valor, las palabras por minuto con el peso de una idea. Yo no voy a dejar que mi espíritu se pudra al ritmo de un teclado para complacer a una burocracia que mide a los hombres como se mide el ganado, por kilo…

Claudine lo dejó terminar. Se quitó los anteojos despacio.

—Señor Steve. Usted lee mucho. Lo felicito. —Una pausa—. ¿Y para qué lee usted? Porque si es nada más para citar, eso lo hace una lora. Una lora repite a Pound igual que usted, y tiene la decencia de no creerse superior por ello.

Steve abrió la boca. No le salió la cita a tiempo.

—Yo he dado esta clase en cuatro países, en cuatro idiomas —siguió la belga, sin subir la voz—. Y le voy a decir una cosa: no importa cuánto se haya leído si de todo eso solo se produce vinagre. Dudo, de verdad que lo dudo, que usted entienda lo que tanto dice disfrutar en sus lecturas. —Se volvió a poner los anteojos y bajó la mirada a sus papeles—. Su trabajo no existe. No hubo grupo, no hubo entrega. Buenas tardes.

Steve recogió sus cincuenta páginas. Las hizo un puño, sin ni siquiera haber llegado a la puerta del salón, ya iba hablando, para nadie, para todos:

—El autor verdadero siempre fue enemigo de su tiempo. Siempre. La masa odia lo que no alcanza a comprender y se desquita con el único que se atrevió a saber. Hoy me reprueban a mí; mañana me citarán a mí. La historia absuelve a los que el aula condena.

Salió con el discurso a cuestas. Reprobó el curso. Prefirió reprobar antes que imprimir un trabajo.

Lo volví a ver el último día, en la entrega de notas. Apareció con un estuche de bajo colgado al hombro. Claudine levantó la vista.

—¿Qué hace usted aquí, señor Steve? El curso terminó.

—Vengo a que reconsidere. Un trabajo de la profundidad del mío no puede medirse con la misma vara que el de los demás. La verdadera evaluación de una mente superior no cabe en una escala numérica, profesora; usted, que ha leído tanto, debería ser la primera en…

—Señor Steve. —Claudine ni levantó la pluma—. Usted reprobó. El día que sienta que mi clase está a la altura de su personaje, con gusto lo esperaré el próximo semestre.

Steve se quedó con la frase a medias. Recogió el estuche del suelo, y salió de Ciencias Sociales.

Lo seguí con sin querer, curiosidad pura. Bajó las gradas, cruzó frente a la biblioteca Carlos Monge y se detuvo en la parada del bus, a unos cincuenta metros de la entrada de la biblioteca. Y entonces, en vez de esperar como esperábamos todos, abrió el estuche, sacó el bajo y se puso a tocar… Mal. Buscaba una línea que no encontraba. Una señora que estana en una esquina de la banca, se corrió hasta la otra punta. Un muchacho subió el volumen de su walkman. Nadie le dijo nada, y nadie se fue del todo, porque —esto es lo raro— se aguantaba. Dos horas de Steve maltratando esas cuatro cuerdas se soportaban mejor que cinco minutos de Steve hablando. Estaba encorvado sobre el instrumento, la lengua un poco afuera, los ojos cerrados, repitiendo el mismo pasaje una y otra vez sin que le saliera. Se equivocaba, gruñía, volvía a empezar. Y en esa pelea con cuatro cuerdas no había una sola cita. No había nadie a quien citar. No había a quién ganarle. Estaba ahí, entero, metido hasta el cuello en algo que no le salía y que aun así no soltaba. Era torpe, tieso. Era, por primera vez, él.

Volví de los treinta años de golpe, como quien sube del agua. Steve seguía ahí, a un paso, con su pausa abierta, esperando que yo me metiera adentro para ahogarme.

Lo miré. El bigotillo se le había llenado con los años, el pelo se le había puesto gris, los docksiders eran otros. Y la cara, la cara era idéntica: la de un hombre parado encima del mundo, esperando que el mundo se lo agradezca. Supe, sin preguntar, que el bajo se había quedado en algún clóset hacía décadas. Que de todo lo que era a los veinti y cinco, había conservado lo único que no valía la pena conservar.
Steve esperaba. Esperaba que yo dijera cualquier cosa. Me reí, una risa corta, hacia adentro, silente, de esas que no llegan ni a los ojos, y asentí con la cabeza, despacio, como se le asiente a un niño que acaba de decir una tontería de esas bonitas.

Rodríguez y Ramírez tiraban de las correas hacia una toma de agua del otro lado de la acera, lejos, donde el sol de diciembre pegaba fuerte y ellos olían el agua. Arranqué hacia allá. Al pasar le metí el hombro —el derecho, firme, sin frenar el paso—, y seguí de largo sin volver la cara.
Crucé los metros que me separaban de los perros, abrí la llave, junté las manos en cuenco y dejé que el chorro las llenara. Bebieron de mis dedos, atropellándose, salpicando, felices.

—Por desgracia me acuerdo de él —les dije, a media voz, mirándolos beber—. Por eso prefiero hablar con ustedes.

Cerré la llave. Les acaricié la cabeza, las orejas, esa barriga que ponen al sol. Me levanté, sacudí las manos mojadas y agarré camino. El viento de diciembre seguía soplando, las hojas secas seguían corriendo delante de nosotros como si tuvieran adónde ir.

No miré atrás. No sé cuánto tiempo se quedó Steve ahí parado, con su próxima cita en la boca y sin nadie a quien dársela.

Nunca más me volví a cruzar con Steve en mi vida.

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