A las cinco debía partir rumbo a la ardiente Alajuela. El asunto era serio: hablar sobre producir una película. Me fui en el pickup del 78.
Todavía no entiendo bien qué ocurrió aquella tarde con el cielo. Mayo estaba convertido en otra cosa. No llovía. El aire tenía un olor tibio, seco, muy impropio de los meses de abejones, y desde el momento en que giré la llave hasta mucho después de dejar atrás Río Segundo, el mundo parecía pintado con colores terrosos, marrones suaves, amarillos cansados y naranjas quemados. Todo cubierto por una capa de polvo cinematográfico.
Conducir aquel pickup bajo semejante atardecer producía una sensación extraña. El parabrisas reflejaba el cielo como si fuera una pantalla de cine en un una sala Desamparadeña que ya tampoco existe. Por momentos sentía que no manejaba hacia una reunión, sino hacia una película que ya había empezado sin mí.
A medio camino tuve que detenerme. El desayuno, las tortillas, los huevos, la panceta y el café habían formado una barricada entre el pecho y la garganta. El minisúper apareció en mitad del camino como una visión farmacéutica iluminada por tubos fluorescentes. Compré un remedio para el estómago, una botella de agua y dos cervezas. Prioridades médicas completamente razonables para un hombre ya entrado en años rumbo a discutir cine en las montañas de Alajuela.
Seguí manejando hasta llegar a la entrada de aquel lugar extraordinario que me esperaba. Costaba distinguirlo en la oscuridad. Apenas una abertura perdida entre cipreses y sombras sobre la cuesta que conduce hacia el volcán. Me bajé del pickup, caminé hasta el portón y empecé a llamar con educación. Grité un par de veces. Luego golpeé el metal con una moneda. Nada.
Esperé. El viento soplaba fuerte entre los Cupressus sempervirens y producía un silbido que parecía atravesar la montaña completa. Volví a golpear el portón. Entonces ocurrió algo maravilloso. Sin que nadie apareciera, el portón empezó a abrirse solo. Despacio. De derecha a izquierda. Sin violencia. Apenas acompañado por el viento colándose a través de la abertura. Ahí comprendí que la noche prometía cosas sagradas.
Subí otra vez al pickup y avancé lentamente por aquella entrada estrecha. Asfalto impecable. Pinus sylvestris altísimos en ambos lados. Oscuridad elegante. El ventolero se metía por las ventanas y revolvía papeles, cabello y pensamientos. Más adelante terminó el asfalto y apareció un trillo de tierra, piedras y ramas gruesas. Finalmente logré estacionar frente a la cabaña.
Una sola farola iluminaba la entrada. Perfecto.