El café de las cinco de la tarde no se parece en nada al de la mañana. El de la mañana es un latigazo, una orden; el de la tarde es otra cosa — un pacto que uno firma con el cansancio del día. Lo preparé en la Bialetti, negro, sin azúcar, con ese borboteo viejo que ya forma parte de la casa tanto como las paredes. Me lo tomé de pie en la cocina, sin prisa, repasando el cuerpo como quien revisa una herramienta antes de usarla. Y el cuerpo, esa tarde, venía bien servido, me lo había ganado.
Porque la mañana estuvo larga y honesta. El desayuno, el que vengo acostumbrando, buena proteína, en especial cuando el patrullaje va a ser largo. Y largo fue. Rodríguez y Ramírez salieron disparados delante de mí, dos inspectores con cola, olfateando esquinas, postes, bolsas, certezas que solo ellos entienden. Casi doce kilómetros nos echamos esa mañana. Patrullaje completo, del bueno. Medicina para el cuerpo. Volvimos los tres con la lengua afuera —ellos de verdad, yo en sentido figurado, todavía me queda dignidad— y el resto del día lo dejé correr despacio, guardando fuerzas para lo que venía.
Lo que venía era serio. Por eso el segundo patrullaje, el del atardecer, lo hice corto; apenas una vuelta a la manzana antes de las siete, lo justo para que los perros descargaran la última inquietud del día. Tenía la cabeza puesta en otra cosa. En el asiento del pickup ya esperaban la grabadora —mi Sanyo negra, fiel como un perro más—, un puñado de casetes y las baterías de repuesto, porque no hay peor humillación para un hombre serio que quedarse mudo a mitad de una buena conversación. Esa noche iba a grabar. Iba a trabajar. Y cuando se trata de trabajo, yo no improviso. Bueno, trato.
Apuré el último sorbo con la vista en la ventana de la cocina, esa que da a la calle por donde a esa hora pasa el barrio entero camino a sus penitencias. Y entonces lo sentí antes de verlo: un movimiento telúrico al otro lado del vidrio, la tierra acomodándose. Era ella. Rocío. Venía corriendo, de frente, y aunque no alcancé a verle la cara con detalle supe que era ella, toda de negro, recortada contra el atardecer. Y a sus espaldas, el temblor: nada gelatinoso, nada flojo — carne firme, sujeta bien aal hueso, con músculo, subiendo y bajando con cada zancada como si el asfalto le respondiera. Se me fueron los ojos atrás de ella, y ahí se quedaron. Se me escapó un suspiro. Uno solo, hondo. No por cualquiera se suspira así.
Salí ya entrada la noche. El pickup del 78 arrancó a la primera, cosa rara, y enfilé hacia Alajuela, la ardiente, ese pueblo grande que de noche suelta el calor que tragó de día como un sartén apagado que todavía quema. La Sanyo iba en el asiento del copiloto, los casetes al lado, las baterías de repuesto en la guantera. Conmigo no viajaba nadie más, y así me gusta: un peregrino, su carro viejo y una grabadora con la que esa noche le robaríamos al mundo un pedazo de conversación.
La carretera de noche tiene su propia ley. Los ojos en la línea blanca, la cabeza vagando por donde le da la gana. Iba bien, iba tranquilo, hasta que la radio me traicionó. Sonó «Un’estate italiana». Un señor tema, que conste; de los que se le meten a uno bajo la piel y no salen. El problema no es la canción. El problema es lo que arrastra. Porque esa música me devuelve de un solo golpe a aquel invierno del 90 — verano allá en Italia, invierno aquí. —, cuando clasificar a un mundial era una proeza de titanes, veinticuatro selecciones nada más, y había que pulsearla durísimo, partido a partido, para ganarse el derecho a un espacio. Y nosotros la pulseamos. Nosotros llegamos. Yo era un carajillo y grité los goles contra Suecia con todo el galillo, con un alarido que me salió de un lugar que no sabía que tenía. Cuando Roger Flores metió el empate, de cabeza, impecable, al minuto 75; salí disparado de la casa de mi abuela, dejé la puerta abierta de par en par y me eché los doscientos metros que separaban su casa de la mía a todo pulmón, sin frenar, igualito que Medford cuando agarró ese balón y vacunó por segunda vez a los suecos al minuto ochenta y siete — esa carrera que arrancó desde media cancha y que todavía corro yo cuando cierro los ojos. Llegué a mi cuarto reventado, brincando, gritando con el barrio entero, con el país entero, como si Bora en persona me hubiera dicho «Volkov, alístese, va para adentro».
Eso fue lo que alguien, años después, tuvo la indecencia de embalsamar en una biopic de mierda. Sin curaduría, sin respeto, sin oficio. No me ofendieron el gusto: me profanaron mi experiencia, el recuerdo, la carrera. Le escupieron al carajillo que fui, al que corrió esos dos cuadras sin tocar el suelo, con las manos en alto, como si yo hubiera echo los dos goles. Así que bajé el vidrio del pickup y escupí yo también, a la noche, a la General Cañas, a los responsables, a los que confunden el cariño por una gloria con el permiso para mancharla. El viento caliente se llevó mi protesta autopista abajo y seguí manejando, un poco más liviano, un poco más furioso.
La radio tosió, cambió sola de estación — un dedo mío que ni recuerdo haber movido —, y el locutor de otro programa entró a mitad de frase, hablando de cualquier cosa, de nada, con esa voz plana que solo tienen los locutores de madrugada. El motor del pickup volvió a sonar debajo de mí, terco, real. Solté el volante de golpe, como si hasta ese momento lo hubiera tenido agarrado con las dos manos en alto, celebrando un gol de hacía treinta y cinco años.
A El Retorno se llega como se llega a todos los lugares que importan: sin buscarlos demasiado. Es una cantina de las de antes, de las que no tienen letrero porque no lo necesitan — quien tiene que llegar, llega. Estacioné, empujé la puerta y me recibió esa penumbra tibia de humo viejo y conversación, ese olor a güaro y madera que ha oído de todo. Y ahí, en el fondo, estaba él: Mi líder. Llevaba desde el sábado en la tarde metido en ese rincón, y ya era lunes en la noche. Dos días largos. El dueño de El Retorno tiene una costumbre célebre: cuando el ambiente se pone bueno, cuando la mesa promete, va echando clientes uno por uno, sin escándalo, hasta quedarse solo con los que valen la pena escuchar. Y a mi líder no lo echa nunca, porque mi líder es un narrador nato — de esos que pueden tener a una mesa entera colgada de una historia durante horas, soldando palabra con palabra como suelda fierro con fierro en su taller, que para algo es su oficio y su orgullo, el que escogió sobre cualquier título que la universidad le hubiera podido colgar.
Me vio entrar y se le encendió la cara. «¡Mi líder!», me gritó desde el fondo, con esa voz ya trabajada por dos días de hablar y de beber. «Mi líder», le contesté yo, que así nos llamamos desde hace años, los dos al mando de un ejército que no existe. Me senté. Le eché un vistazo — el de siempre, el que uno le echa a un amigo para medirle el nivel de la marea. Venía arriba. Venía en lo alto de la ola, encendido, rapidísimo, con esa luz en los ojos que yo le conozco bien y que me alegra y me asusta en la misma proporción. Porque esa luz es maravillosa cuando arde y es un problema serio cuando se apaga. Y siempre, tarde o temprano, se apaga. Puse la Sanyo sobre la mesa y entendí, sin decirlo, que la noche estaría cargada. Para bien y para lo otro.