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ESTUDIOS DE CAMPO 3

ESTUDIOS DE CAMPO 3

Un café de las cinco de la tarde, un recuerdo de 1990 y una cantina sin letrero. Así arranca todo.

CRÓNICAS

ESTUDIOS DE CAMPO 3

Radio Pachuko · 12 julio 2026 · 14 min lectura
LOS ESTUDIOS DE CAMPO

DEL DR. ARKADY VOLKOV LAZENKO

Bitácora 3: La Playa

Radio Pachuko · 12 julio 2026 · 15 min lectura

El café de las cinco de la tarde no se parece en nada al de la mañana. El de la mañana es un latigazo, una orden; el de la tarde es otra cosa — un pacto que uno firma con el cansancio del día. Lo preparé en la Bialetti, negro, sin azúcar, con ese borboteo viejo que ya forma parte de la casa tanto como las paredes. Me lo tomé de pie en la cocina, sin prisa, repasando el cuerpo como quien revisa una herramienta antes de usarla. Y el cuerpo, esa tarde, venía bien servido, me lo había ganado.

Porque la mañana estuvo larga y honesta. El desayuno, el que vengo acostumbrando, buena proteína, en especial cuando el patrullaje va a ser largo. Y largo fue. Rodríguez y Ramírez salieron disparados delante de mí, dos inspectores con cola, olfateando esquinas, postes, bolsas, certezas que solo ellos entienden. Casi doce kilómetros nos echamos esa mañana. Patrullaje completo, del bueno. Medicina para el cuerpo. Volvimos los tres con la lengua afuera —ellos de verdad, yo en sentido figurado, todavía me queda dignidad— y el resto del día lo dejé correr despacio, guardando fuerzas para lo que venía.

Lo que venía era serio. Por eso el segundo patrullaje, el del atardecer, lo hice corto; apenas una vuelta a la manzana antes de las siete, lo justo para que los perros descargaran la última inquietud del día. Tenía la cabeza puesta en otra cosa. En el asiento del pickup ya esperaban la grabadora —mi Sanyo negra, fiel como un perro más—, un puñado de casetes y las baterías de repuesto, porque no hay peor humillación para un hombre serio que quedarse mudo a mitad de una buena conversación. Esa noche iba a grabar. Iba a trabajar. Y cuando se trata de trabajo, yo no improviso. Bueno, trato.

Apuré el último sorbo con la vista en la ventana de la cocina, esa que da a la calle por donde a esa hora pasa el barrio entero camino a sus penitencias. Y entonces lo sentí antes de verlo: un movimiento telúrico al otro lado del vidrio, la tierra acomodándose. Era ella. Rocío. Venía corriendo, de frente, y aunque no alcancé a verle la cara con detalle supe que era ella, toda de negro, recortada contra el atardecer. Y a sus espaldas, el temblor: nada gelatinoso, nada flojo — carne firme, sujeta bien aal hueso, con músculo, subiendo y bajando con cada zancada como si el asfalto le respondiera. Se me fueron los ojos atrás de ella, y ahí se quedaron. Se me escapó un suspiro. Uno solo, hondo. No por cualquiera se suspira así.

Salí ya entrada la noche. El pickup del 78 arrancó a la primera, cosa rara, y enfilé hacia Alajuela, la ardiente, ese pueblo grande que de noche suelta el calor que tragó de día como un sartén apagado que todavía quema. La Sanyo iba en el asiento del copiloto, los casetes al lado, las baterías de repuesto en la guantera. Conmigo no viajaba nadie más, y así me gusta: un peregrino, su carro viejo y una grabadora con la que esa noche le robaríamos al mundo un pedazo de conversación.

La carretera de noche tiene su propia ley. Los ojos en la línea blanca, la cabeza vagando por donde le da la gana. Iba bien, iba tranquilo, hasta que la radio me traicionó. Sonó «Un’estate italiana». Un señor tema, que conste; de los que se le meten a uno bajo la piel y no salen. El problema no es la canción. El problema es lo que arrastra. Porque esa música me devuelve de un solo golpe a aquel invierno del 90 — verano allá en Italia, invierno aquí. —, cuando clasificar a un mundial era una proeza de titanes, veinticuatro selecciones nada más, y había que pulsearla durísimo, partido a partido, para ganarse el derecho a un espacio. Y nosotros la pulseamos. Nosotros llegamos. Yo era un carajillo y grité los goles contra Suecia con todo el galillo, con un alarido que me salió de un lugar que no sabía que tenía. Cuando Roger Flores metió el empate, de cabeza, impecable, al minuto 75; salí disparado de la casa de mi abuela, dejé la puerta abierta de par en par y me eché los doscientos metros que separaban su casa de la mía a todo pulmón, sin frenar, igualito que Medford cuando agarró ese balón y vacunó por segunda vez a los suecos al minuto ochenta y siete — esa carrera que arrancó desde media cancha y que todavía corro yo cuando cierro los ojos. Llegué a mi cuarto reventado, brincando, gritando con el barrio entero, con el país entero, como si Bora en persona me hubiera dicho «Volkov, alístese, va para adentro».

Eso fue lo que alguien, años después, tuvo la indecencia de embalsamar en una biopic de mierda. Sin curaduría, sin respeto, sin oficio. No me ofendieron el gusto: me profanaron mi experiencia, el recuerdo, la carrera. Le escupieron al carajillo que fui, al que corrió esos dos cuadras sin tocar el suelo, con las manos en alto, como si yo hubiera echo los dos goles. Así que bajé el vidrio del pickup y escupí yo también, a la noche, a la General Cañas, a los responsables, a los que confunden el cariño por una gloria con el permiso para mancharla. El viento caliente se llevó mi protesta autopista abajo y seguí manejando, un poco más liviano, un poco más furioso.

La radio tosió, cambió sola de estación — un dedo mío que ni recuerdo haber movido —, y el locutor de otro programa entró a mitad de frase, hablando de cualquier cosa, de nada, con esa voz plana que solo tienen los locutores de madrugada. El motor del pickup volvió a sonar debajo de mí, terco, real. Solté el volante de golpe, como si hasta ese momento lo hubiera tenido agarrado con las dos manos en alto, celebrando un gol de hacía treinta y cinco años.

A El Retorno se llega como se llega a todos los lugares que importan: sin buscarlos demasiado. Es una cantina de las de antes, de las que no tienen letrero porque no lo necesitan — quien tiene que llegar, llega. Estacioné, empujé la puerta y me recibió esa penumbra tibia de humo viejo y conversación, ese olor a güaro y madera que ha oído de todo. Y ahí, en el fondo, estaba él: Mi líder. Llevaba desde el sábado en la tarde metido en ese rincón, y ya era lunes en la noche. Dos días largos. El dueño de El Retorno tiene una costumbre célebre: cuando el ambiente se pone bueno, cuando la mesa promete, va echando clientes uno por uno, sin escándalo, hasta quedarse solo con los que valen la pena escuchar. Y a mi líder no lo echa nunca, porque mi líder es un narrador nato — de esos que pueden tener a una mesa entera colgada de una historia durante horas, soldando palabra con palabra como suelda fierro con fierro en su taller, que para algo es su oficio y su orgullo, el que escogió sobre cualquier título que la universidad le hubiera podido colgar.

Me vio entrar y se le encendió la cara. «¡Mi líder!», me gritó desde el fondo, con esa voz ya trabajada por dos días de hablar y de beber. «Mi líder», le contesté yo, que así nos llamamos desde hace años, los dos al mando de un ejército que no existe. Me senté. Le eché un vistazo — el de siempre, el que uno le echa a un amigo para medirle el nivel de la marea. Venía arriba. Venía en lo alto de la ola, encendido, rapidísimo, con esa luz en los ojos que yo le conozco bien y que me alegra y me asusta en la misma proporción. Porque esa luz es maravillosa cuando arde y es un problema serio cuando se apaga. Y siempre, tarde o temprano, se apaga. Puse la Sanyo sobre la mesa y entendí, sin decirlo, que la noche estaría cargada. Para bien y para lo otro.

Dos hombres sentados en una mesa de madera dentro de una cantina en penumbra, con una grabadora Sanyo negra y varios casetes entre ellos; uno señala el botón rojo de grabar, el otro sostiene un puro encendido y lleva puesto un casco de soldador levantado; al fondo, un pickup estacionado frente a la puerta abierta y un cuaderno de bocetos con el dibujo de un ciclista.
Dr. Arkady Volkov & Mi Lider.

Pedí una cerveza y puse el dedo sobre la tecla roja de la Sanyo. Clic. El motorcito arrancó con su zumbido de insecto aplicado, las cabezas girando, comiéndose la cinta despacio, guardándolo todo. Porque de eso se trataba: de no perder nada. Un casete no se cansa, no se distrae, no adorna. Graba lo que hay. Y esa noche había mucho.

El líder venía lanzado. Me habló de los maestros, de los grandes, de los que filman con luz natural y dicen que el cine de verdad se hace con lo que Dios manda por la ventana. Le brillaban los ojos al nombrarlos. Y yo lo dejé hablar, lo dejé subir, le di cuerda con la mirada — para algo estábamos grabando —, hasta que no aguanté.

—Mi líder —le dije—, esos bichos no le están contando el cuento completo. Hablan de luz natural y atrás tienen la cámara más cara del planeta, lentes que ven en la oscuridad como gato, y un camión lleno de telas negras, reflectores y rebotadores para domar ese solcito divino que dizque les regala Dios. Nosotros no tenemos ese camión. Nosotros tenemos lo que tenemos.

Él movió la cabeza, esa media sonrisa de quien cree que el otro está siendo mezquino con el arte. Para él yo era un tacaño. Un matasueños. Y no era tacañería: el menos es más no es pobreza, es puntería. Uno muestra lo justo y el que mira llena el resto. Eso es cine. No tres tipos sentados hablando quince minutos a una cámara que no se mueve. Le dije —y esto quedó en la cinta, lo juro— que la sola imagen de una persona empujando la puerta de una sala oscura, comprando sus palomitas, sentándose, ya es parte de la película, de la experiencia. Que el sonido del lugar, el aire del lugar, importa tanto como cualquier parlamento. Que el cine es mostrar. Mostrar, mi líder. No presentar.

Él me escuchaba a medias, le daba una calada larga al puro que se había armado, soltaba el humo hacia el cielo raso de El Retorno y volvía a la carga con otro maestro, con otra película, con otra manera de gastar plata que no teníamos. Yo no le acepté el porro. Esa es mi línea y no la cruzo: el humo es para después, para cuando la Sanyo descanse. Cada quien con su vicio, qué se le va a hacer! La cerveza sudaba sobre la madera, el casete giraba, el humo del líder subía en espirales lentas y la conversación iba poniéndose grande, peligrosa, de las que valen el viaje.

Y en algún punto la película se nos empezó a aparecer solita sobre la mesa, como pasa siempre que dos locos se juntan a soñar. El líder la veía a su manera, yo a la mía, y de tanto empujar cada uno para su lado, a veces — rara vez — coincidíamos en una imagen y el mundo se detenía. Esa noche pasó. El líder se enderezó, le brillaron los ojos.

—Una vaca enorme en media calle. Y montado encima, un enmascarado. Con capa. Descamisado. Cabalgando la vaca como un jinete del apocalipsis tropical.

Me quedé mirándolo. Él me miró a mí. Silencio. Yo me rasqué la cabeza. Él le dio una calada honda al puro, de las que se fuman pensando. Y al mismo tiempo, los dos:

—Mejor una bici. 

Una bicicleta vieja, eso sí, eso es. Las primeras horas de la mañana, una ciudad costarricense cualquiera todavía fresca antes de que el calor la muerda. Primer cuadro: las patas de un hombre pedaleando, nada más las patas, el movimiento redondo y terco de las piernas sobre los pedales gastados. La cámara sube despacio. Treinta segundos, sin prisa, ganándose al tipo de abajo hacia arriba. Shorts. El torso desnudo, la piel ya brillando bajo el sol de la mañana. Sube más. Y ahí está: la máscara. La máscara plateada del Santo, esa que no le tapa la boca, esa que convierte a cualquier hombre en una idea de hombre. El enmascarado pedalea suelto por media calle. Lleva una capa — chica, calculada, lo justo para que flote sin enredarse en los rayos de la rueda. Va solo. No hay nadie. La ciudad es suya. Y entonces suelta el manubrio. Abre los dos brazos. Cierra los ojos. Levanta apenas la cara hacia el cielo. Y empieza a sonar el órgano — una nota sola, sostenida, que se estira en el aire como algo vivo, que crece, que se va volviendo melodía, que abre paso a una voz:

eras tan bonita, cuando te vi…

El enmascarado ya no pedalea una bicicleta por una calle caliente de un pueblo sin mar. El enmascarado volaba. Los brazos abiertos, la cara al sol, la capa tirando hacia atrás, y debajo de él ya no hay asfalto. Está volando. En su cabeza, que es donde pasan las cosas que importan, ese hombre dejó la tierra hace rato y nadie, nadie en el mundo, le va a decir lo contrario.

La voz se apagó, el órgano se fue, y la calle volvió a ser calle. Yo seguía en El Retorno, con la cerveza ya tibia y el casete corriendo, dando vueltas, guardándolo todo. El líder me miraba con la boca entreabierta, esperando, porque él también la había visto. La había visto igual que yo. Eso es lo raro de compartir un delirio: que por un segundo clavamos la vista en idéntico punto vacío del aire, y ahí arriba, sin haberlo hablado, lo único que serpentea en pleno vuelo, es el humo de la cantina.

—Eso, mi líder —dijo, despacio, con un respeto que casi nunca le sale—. Eso hay que filmarlo.

Tenía razón: eso debíamos filmarlo. Y yo lo sabía mejor que él, porque yo sabía lo que él no quería saber.  Esto que acabábamos de ver no se hacía con dos hombres y una cerveza tibia, soñando desde una cantina sin letrero un plano que costaba un menudillo que no teníamos. El líder solo veía al hombre volar. La grieta vieja, la de siempre: él veía el vuelo y yo veía el peso de levantarlo. Lo quise mucho en ese momento, y le tuve un poco de miedo, las dos cosas, que en mí nunca se pelean. Y ademas, al menos yo, estaba planeando una segunda pelicula.

Secuencia de ocho viñetas estilo storyboard: piernas pedaleando una bicicleta vieja, un torso desnudo sobre el manubrio, un hombre con máscara plateada de luchador mirando al cielo, el mismo hombre pedaleando por una calle vacía al amanecer, luego con los brazos abiertos, después volando sobre la ciudad con la bicicleta debajo de él y una capa ondeando; la última viñeta muestra a los dos hombres de la cantina, sorprendidos, mirando hacia el mismo punto.
El enmascarado volador.

Apreté el stop. La Sanyo se detuvo con ese clic seco, definitivo, de trabajo terminado. Saqué el casete, lo guardé en su cajita, escribí la fecha con el lapicero que siempre ando. Ahí quedaba todo. Ahí estaba la prueba de que esa noche había pasado, de que el enmascarado existía aunque fuera en una cinta de plástico dentro de un cuarto de cantina. La semilla, sembrada. No la película — la película es otra cosa, la película es el ejército —. La semilla, nada más. Pero una semilla en tierra es una promesa, y una promesa ya es algo. Más de lo que tiene la mayoría.

Y solo entonces, con la Sanyo dormida y la cinta a salvo, estiré la mano y le pedí el puro al líder. Él me lo pasó sin decir nada, con una sonrisa, porque conocía la regla tan bien como yo: El trabajo había terminado. Le di la primera calada de la noche, honda, y el humo me bajó tibio y me subió la cabeza despacio, igual que cuando uno suelta el manubrio en una bajada larga y se deja ir, sin frenos, con los brazos abiertos, sabiendo exactamente cómo se siente eso aunque tenga rato de no subirme a una bicicleta. Afuera, en algún lado de la noche alajuelense, una vaca sola caminaba por media calle con su cencerro, rumbo a ninguna parte, y nadie en el mundo le iba a decir que no era libre.

No sé si esa película se va a hacer algún día. No sé si el líder aguantará el delirio o si la próxima caída se lo llevará lejos un mes, dos, los que sean. No sé si lo que grabamos esa noche es el principio de un proyecto ambicioso o el recuerdo anticipado de algo que no fue. Esas son cosas que uno no sabe cuando las está viviendo. Lo que sí sé es que un hombre voló sobre una bicicleta vieja, con la cara al sol y los brazos abiertos, y que yo estaba ahí para verlo y grabarlo. Por segunda vez.

Antes de que me fuera de El Retorno quedamos en vernos pronto, en juntarnos otra vez a seguir armando el peliculón, a llenar más casetes con esa cantina de testigo. De eso hace dos meses. El líder no ha vuelto a aparecer — ni por el taller, ni por el bar, ni por Alajuela. Nadie sabe dónde está.

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