Skip to content

PELÍCULA: UN POETA

por Valdo J., colabora Gustavo Gonzalez desde Bogotá, Colombia.

Como escribe Luis Martínez en El Mundo, “Fracasar no es una de sus opciones, es su destino.”

A mí Un poeta, de Simón Mesa Soto, me agarró desprevenido. No por lo que cuenta, sino por cómo lo hace. Es una película sencilla en apariencia, aunque muy precisa en su ejecución, que desmonta una idea bastante instalada: que al cine independiente latinoamericano hay que perdonarle todo, abrazar sus fallas como si fueran virtud, como si la precariedad fuera una especie de certificado moral del artista.

Aquí no hay nada que perdonar. La película está construida con intención, incluso en sus imperfecciones, eso se siente desde el inicio.

Como bien lo apunta Gustavo en su lectura:

se aleja de todo aquel formato hollywoodense… maneja incluso matices de imperfección hechos a propósito… y eso permite que uno se identifique más ”

Esa decisión formal no es un adorno. Es el corazón de la película. Porque Un poeta no busca elevar a su protagonista, lo expone. Y en ese gesto aparece Óscar Restrepo.

Óscar es un poeta en sus cincuenta, completamente fuera de lugar. No encaja en el mundo, tampoco hace el intento. No escribe para ser visto, ni para ser celebrado, ni para sostener una carrera. Escribe porque no tiene otra cosa que hacer con lo que lleva adentro. Y eso lo convierte en algo incómodo: un tipo que no juega el juego.

Desde otro ángulo, la crítica de Luis Martínez lo describe con precisión brutal:

“Pocas cintas ha dado el cine reciente tan apabullantemente absurdas y tan plenas de sentido; tan tristes en su naturaleza más profunda y tan divertidas sin coartadas.”

Ahí está el núcleo del personaje. Óscar no es un romántico ni un mártir. Es un tipo atravesado por sus propios demonios, incapaz de sostener nada: ni su trabajo, ni su vocación, ni su relación con su hija, lo que no lo deitne para insistir, una y otra vez.

Por eso funciona la idea —y la sostengo— de que podría ser una especie de santo torcido, un referente incómodo para cualquiera que haya estado cerca del arte. No por lo que logra, sino por lo que no logra sostener.

Gustavo Gonzalez lo dice desde otro lugar, más directo:

es una persona muy imperfecta… no encaja… y eso me gusta mucho

Y ahí es donde la película empieza a incomodar de verdad. Porque no se queda en el personaje. Se mete en el entorno. El mundo que rodea a Óscar —talleres, festivales, espacios culturales— aparece como un terreno saturado de discurso. Todo tiene que ser explicado, elevado, cargado de sentido. Nada puede ser simple. Y cuando algo lo es, se le pone encima una capa de lenguaje que lo vuelve irreconocible.

La película apunta directo a eso. Y acierta.

Hay una escena —la de la embajada, la del circuito cultural— donde todo parece funcionar bajo una lógica perfectamente armada: cada quien ocupa un rol, cada discurso está listo, cada intervención tiene una forma correcta. Hasta que el alcohol entra en juego y todo se desarma. Lo que queda no es profundidad, es fragilidad.

Ese gesto conecta con algo que el otro artículo de la gaceta detecta muy bien, incluso desde la crítica:

“la burla al festival de poesía financiado por europeos ingenuos… y la representación sardónica del arte identitario actual”

La diferencia es que la película no se queda en la burla. Muestra el vacío sin necesidad de subrayarlo.

Y ahí es donde nuestra lectura del mundo entra. Lo que sí está en la película —y vale rescatar— es otra cosa: la desconexión entre lo que se produce culturalmente y la vida real. Un circuito que premia formas, discursos y posturas, incluso cuando están completamente desconectadas de cualquier experiencia concreta, real.

Óscar no cabe ahí. Y Yurlady (la joven promesa de la poesía) tampoco, aunque por razones distintas.

En medio de todo ese ruido aparece Yurlady. Y ahí la película cambia de eje sin avisar. Yurlady no pertenece a ese circuito. No responde a sus códigos, no necesita explicarse, no está interesada en encajar. Escribe, dibuja, observa. No hay pose. Y eso la vuelve peligrosa dentro de ese universo.

Óscar la reconoce de inmediato. No porque sea un gran maestro, ni porque tenga claridad sobre su propio oficio, sino porque identifica algo que él ya perdió o nunca pudo sostener. Y ahí se instala una relación incómoda, frágil, llena de errores. No hay redención clara, no hay aprendizaje limpio. Hay intentos torpes.

Desde la crítica, incluso quienes cuestionan la película reconocen ese punto:

“la joven poeta… tiene talento… y abre un camino luminoso donde Óscar se deja ver más allá del licor”

Ese “camino luminoso” nunca se convierte en salvación. Y eso es lo que la película entiende mejor que muchos relatos sobre artistas: el talento de otro no arregla tu vida. A lo mucho, te enfrenta con lo que sos.

Algo parecido pasa con la relación de Óscar con su hija. No hay grandes escenas de reconciliación, ni discursos, ni momentos diseñados para emocionar. Hay distancia. Frialdad. Una incomodidad que no necesita explicación porque ya está ganada por todo lo que vimos antes.

Gustavo lo describe desde un lugar muy directo:

“la relación de Óscar con la hija… hasta me dolía”

Y ese dolor no viene de una tragedia explícita, viene del desgaste. De lo que no se dijo, de lo que no se sostuvo, de todo lo que se rompió antes de que la película empezara. Un poeta no intenta reparar nada de eso. No hay redención garantizada. Hay momentos, pequeños desplazamientos, gestos mínimos. Y con eso le alcanza.

Por eso el cierre funciona.

Porque llega después de ver a Óscar equivocarse una y otra vez, hundirse, intentar salir, volver a caer. La película no nos prepara para un final “bonito”, ni contemplativo, ni elevado. De hecho, rompe con esa expectativa que su propio título podría sugerir.

No es una película sobre la poesía entendida como algo etéreo, sublime. Es una película sobre un tipo que no logra sostener su vida, y aun así sigue. Y cuando llega el final, lo que aparece no es una epifanía limpia. Es otra cosa. Un cierre que sorprende porque no responde a la lógica de redención que uno podría esperar. Se siente ganado, no construido para complacer.

La música entra aqui con una precisión quirúrgica. No como acompañamiento, sino como golpe final. Termina de acomodar lo que veníamos viendo sin necesidad de explicarlo. Ese es, sin duda, uno de los puntos más altos de la película en mi opinión.

Si uno junta todo —Óscar, Yurlady, la hija, el circuito cultural— lo que queda no es una tesis sobre la poesía. Es algo más incómod, una pregunta: ¿Qué significa realmente crear en un mundo que premia la visibilidad por encima de la experiencia? ¿Dónde queda alguien que no sabe jugar ese juego? ¿Y qué pasa cuando ese alguien tampoco logra sostenerse a sí mismo?

La película no responde nada de eso, apenas lo deja expuesto, quizá por eso funciona. Porque en lugar de explicar, incomoda. Y en ese gesto, en estos tiempos donde todo viene empaquetado, explicado y listo para ser consumido, ya es bastante.

5 1 vote
Calificación Artículo
Subscribirse
Notify of
0 Comentarios
Oldest
Newest Most Voted
Inline Feedbacks
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaria leer su opinión, porfavor comente.x