EL EMPERADOR TERTULIANO y la legión de los super limpios
Grabando un podcast con Bernabé Berrocal, escritor alajuelense, veterinario y por ahora radicado en San José, tuve la oportunidad de conocer a una leyenda del under literario costarricense —si se le puede llamar así—: Sebastián Potenzoni.
A Sebastián ya lo había visto muchos años atrás en nuestra ciudad común, Desamparados. Luego volví a toparlo en Area City, donde cruzamos apenas unas palabras, casi siempre en la entrada, sin saber que estaba frente a un tipo que conocía la calle capitalina con una precisión que no se aprende en libros.
Con Bernabé y Sebastián descubrí a Rodolfo Arias y su primera novela, El Emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios. Me llamó la atención escuchar esa novela en boca de ellos, porque no hablaban de una obra sostenida sobre estructuras innecesarias ni sobre datos puestos para extraviar al lector o marcar distancia. Hablaban de personajes reconocibles, gente con la que uno se cruza todos los días en cualquier ciudad costarricense. Una Costa Rica poco elegante para retratarla en libros, películas o poemas, y quizá por eso mismo mucho más urgente.
Desde que terminó ese podcast, la idea de conseguir ese libro no se me ha ido. Y sin embargo, confieso mi pecado: estar escribiendo esto sin haberlo leído todavía.
Desde ahí empecé a buscar qué se había escrito sobre la novela. No para reemplazar la lectura, sino para entender por qué tanta gente que respeto hablaba de ese libro con esa mezcla rara de risa y golpe en el estómago.
Me encontré con el trabajo de Valeria S. Zavaleta, que propone leer El Emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios desde una tensión constante dentro del lenguaje: lo que se acepta como correcto y lo que queda por fuera de ese marco. Según esta lectura, la novela de Rodolfo Arias no intenta acomodarse dentro de una norma, sino que se instala deliberadamente en lo marginal, en lo que Bajtín denomina fuerzas centrífugas: aquellas formas del habla que rompen con lo oficial y exponen otras realidades sociales.
Lo interesante es que esa decisión no es estética en un sentido superficial. Tiene consecuencias. El lenguaje de esta novela se construye desde la calle, desde la oficina pública, desde la conversación cotidiana de una clase media-baja que rara vez protagoniza la literatura. No hay corrección, no hay traducción, no hay distancia. Hay registro.
Ahí es donde empieza a tener sentido lo que me dijeron Bernabé y Sebastián.
Porque no se trata solo de personajes reconocibles. Se trata de cómo hablan, cómo se nombran, cómo se presentan ante los demás. En la novela, los nombres no funcionan como identificación neutra, sino como descripción directa: “Típico Calvo”, “Asceta Minofén”, “Capitán Austerín”. Cada uno ya viene cargado de contexto. Cada uno parece haber salido de una conversación real.
El material del Club de Lectura Costa Rica refuerza esa idea al señalar que la novela está atravesada por múltiples voces: discursos publicitarios, fragmentos radiales, lenguaje burocrático, jergas urbanas, expresiones religiosas y políticas. No hay un solo idioma dominando el texto, sino una superposición constante que termina pareciéndose más al ruido organizado de la vida diaria que a una narración tradicional.
En medio de ese cruce de voces, lo que empieza a aparecer es un retrato poco cómodo: personajes atrapados en la rutina, con aspiraciones que se diluyen, con salidas que muchas veces pasan por caminos cuestionables o simplemente por la resignación. No hay una estructura clásica de superación. Hay desgaste. Hay frustración. Y hay un humor que no suaviza nada, sino que expone todavía más esa condición.
También hay una ruptura formal evidente. La ausencia de puntuación y la fragmentación narrativa no funcionan como truco, sino como extensión de ese mismo mundo. La forma responde al fondo. El desorden no es un error: es coherente con lo que se está contando.
Hasta aquí, todo esto lo escribo sin haber leído la novela.
Y eso me lleva a una pregunta que no tiene nada que ver con técnica literaria y todo que ver con el país.
Fragmento de El Emperador Tertuliano.
Hace un rato se cumplieron siete años exactos de la tarde de miércoles aquella en que el Típico Calvo con Bigote que aún tenía bastante pelo miró hasta el fondo de unos ojos aterrorizados y de unos labios temblorosos que hablaron por fin desde un rincón del consultorio siento mucho decirle que su niña tiene leucemia.
Suave angustia silenciosa del deseo de un ya.
Acodado en cubierta asomado al borde los labios perpetuo fluir sin chistar del deseo de un ya.
Un ya no sé de qué pero un ya.
Un ya cualquiera como el que sería posible si encontrara en mi camino un tronco caído o una silla de esas que traquean o un lujoso sillón mullido donde cayera sentado y pudiera murmurar para mí mismo que ya.
En 1991 yo estaba en secundaria. Pasé por aulas llenas de profesores que se asumían como profundamente conectados con la cultura costarricense, con la literatura, con lo “importante”. Leí textos obligatorios como Los de abajo, El Moto. No tengo nada en contra de esos textos, lo cierto es que muy poco de lo que me pusieron a leer logró conectar con el momento en el que yo estaba viviendo. Muy poco me habló de algo cercano, lo que leía en el colegio me sonaba demasiado alejado de mi cotidianeidad.
Hoy me doy cuenta de que, en ese mismo momento, ya existía una novela como El Emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios. No solo existía: retrataba un universo en el que probablemente mi yo de 1991 habría encajado sin mucho esfuerzo. Es difícil no preguntarse por qué ese libro nunca apareció en ese recorrido. Por qué nunca fue recomendado por alguno de mis ilustres maestros. Por qué nunca fue parte de la conversación.
Después de grabar el podcast con Potenzoni, le hice esa misma pregunta a Bernabé. Me contó una anécdota que no he logrado sacarme de la cabeza: en los años en que la novela era reciente, Rodolfo Arias le mostró su manuscrito a un escritor ya consagrado. La respuesta fue despectiva. No vio valor en lo que tenía enfrente. Dijo, casi al pasar, que tal vez a gente excéntrica le interesaría algo así.
Y siguió su camino.
Hay algo en esa escena que explica más de lo que parece. No es solo una opinión individual. Es una forma de filtrar qué entra y qué no entra en el canon, qué se valida y qué se descarta, qué se enseña y qué se deja fuera. Es también una forma de entender por qué tantos lectores pasan años sin encontrarse con textos que, en otro momento de sus vidas, habrían sido fundamentales.
Quizá por eso hoy, sin haber leído todavía la novela, ya siento que llegué tarde.
Y aun así, llegué.