Sobre la mesa, las frutas del bowl empezaban a pasarse. Mosquillas finas, casi invisibles, revoloteaban sobre las manzanas y los mangos ya insinuaban una costra oscura. Martica, la mujer que limpiaba, detuvo sus labores de limpieza en la casa y preguntó con cautela:
—Doña Maya, ¿le puedo regalar las frutas a los muchachos del jardín? Ya casi es hora de almuerzo… para el postre, digo.
Maya levantó la vista. Los ojos, siempre serenos, se abrieron más de la cuenta. Movió el dedo índice de su mano izquierda, lento, oscilante, como el péndulo del gran reloj de madera que saludaba al entrar a la casa.
—No, Martica divina —dijo sin titubear—. Esas frutas no son para comer, son adorno. Mejor tiralas a la basura y ponés otras fresquitas.
El teléfono sonó.
—Martica, traéme el celular, por favor.
Era la directora del programa de extensión cultural de la universidad. Confirmaba la apertura de una biblioteca en el salón de emergencias del Calderón Guardia gracias al trabajo de la fundacion a cargo de la señora Korolenko: pacientes en coma, familiares ausentes, libros nuevos que nadie leería. Recordándole, además, que al día siguiente, a las cuatro de la tarde, debía asistir al auditorio de Derecho de la Universidad de Costa Rica, como presidenta del Comité de Emergencia de Montes de Oca.
Maya escuchando atentamente, buscó una carpeta de tapas duras llena de recortes, hojas en blanco y algunos borradores de ensayos, cuentos, que había escrito durante sus talleres literarios de los martes por la tarde. A la señora Korolenko le gustaba pensar que, en otra vida, habría sido escritora. En esta, tenía demasiadas reuniones. Anotó el evento con letra menuda, asintiendo con la cabeza.
—Excelente, ahí estaré —dijo, y colgó.
El noticiero seguía insistiendo en la lluvia. Maya destapó el perfume, apuntó el espersorio al aire y presionó. La luz del mediodía que aun permitia el aguacero colarse por las ventanas, reveló miles de partículas suspendidas, un cardumen de perfume flotando en el océano quieto del comedor. Korolenko caminó hacia él con el cuello erguido y los ojos cerrados, atravesando la nube aromática. El efluvio se le pegó a la piel, a las mejillas, al pecho, a la cadera, a los pies.
—Definitivamente —dijo al respirar hondo—, el clima está cambiando.