Carlitos estaba pasando por su peor momento. En su tiempo, había sido uno de los grandes nombres del periodismo costarricense. Su pluma había desenterrado verdades incómodas, y su presencia en televisión había marcado una era de excelencia periodística. Sin embargo, los años no pasaban en vano, y, a sus sesenta y tantos, casi setenta, la industria le dio la espalda. Los medios que antes lo elogiaban ahora preferían programas de entretenimiento vacío, y sus colegas, que tantas veces se beneficiaron de su mentoría, miraban hacia otro lado. Las épocas doradas, cuando su pluma era considerada un estándar de calidad periodística, se habían desvanecido bajo el peso de una nueva era: la moda payaso, como él la bautizó.
El golpe más duro vino del Colegio de Periodistas. Carlitos, en busca de apoyo, acudió a la institución que debía velar por los suyos. Pero lo único que consiguió fue una modesta pensión, apenas suficiente para cubrir lo esencial. Cada fin de mes, contaba monedas para llegar a su próximo cheque, recordando los días en que su rostro y su nombre eran sinónimos de prestigio. Su currículum, lleno de méritos nacionales e internacionales, no pesaba nada frente al circo mediático reinante.
Con frecuencia caminaba por la ciudad, observando los anuncios de los mismos medios que alguna vez lo acogieron. Se preguntaba cómo, habiendo dado tanto, ahora no tenía lugar en ninguno de ellos. Esa mezcla de frustración y tristeza lo acompañaba mientras buscaba sentido en una industria que parecía haberlo olvidado.
El contenido, la investigación rigurosa, las entrevistas que desnudaban verdades ocultas, ahora importaban “cinco toneladas de pepinos”. Reinaban el espectáculo barato, el olimpo del sensacionalismo y la mediocridad maquillada de audacia.
Una tarde, tras otro rechazo más —esta vez de TeleLibre Canal 33, que prefería “retos de baile con gente haciendo el ridículo frente a la cámara” antes que su periodismo de primera—, Carlitos decidió tomar una pausa. Caminando por la universidad, su refugio temporal, un lugar donde el eco de los pasos le ayudaba a ordenar sus pensamientos, llegó hasta la cancha de Derecho. Allí, mientras tomaba agua de un tubo en lo alto de las gradas que daban a los vestidores, sintió que el mundo volvía a tener sentido. Desde aquel punto, con vista al campo de fútbol, parecía que la vida cobraba otra perspectiva, aunque solo fuera por unos minutos.
Fue entonces cuando apareció Diógenes.
Un tipo peculiar, parecía sacado de una historieta o de una película de terror serie B. Llevaba un bolso viejo y maltratado, y en su rostro una sonrisa tan grande como absurda.
—Disculpe, ¿usted es Carlitos, el periodista?