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La luna llena del cazador

por Bernardo Soto

Esa noche de luna llena me hizo cambiar la idea de todo lo invisible. Al carajo el método científico, que se queda miope ante semejante evento. Del susto casi se me sale el corazón por el esternón.

Primero que todo: verla hablar y revelarme el motivo por el cual el viento es más denso esa noche que en cualquier otro momento de su ciclo. Cuando recuperé el aliento, me explicó que la luz del sol le daba buen calor, pero que algunos espíritus residuales son inmunes a la claridad y a la verdad eterna del sol. Esos pocos son los más perversos y tienden a permanecer, aún después de la creciente.

Uno se entera por la sutileza, por la cobarde y discreta fuga, por su forma de pegar contra el vidrio. ¡Es que no son vientos normales! Ni son tormentas estridentes. En realidad, son entidades espirituales que comprenden más tardíamente la verdad y que, por eso, huyen avergonzadas al verse en su miserable negación.

Kombi estacionada frente a un edificio antiguo de San José durante la noche.
San José, 2016. Foto: Valeria Fiorinni

Esas ánimas en pena son las que van colapsando contra lo sólido y corpóreo. La tierra es testigo, pero no cómplice, de cómo los cuerpos de los durmientes son tomados por sorpresa en la luna llena del cazador.

Somos pocos los que ahora nos negamos a ser un avatar cósmico de un ente ajeno, y son muchos los desprevenidos que pernoctan entre lo oscuro de la noche sin comprender por qué nos mantenemos en vigilia.

Soy lobo, y el cazador no pudo verme.
Cuando se fue, me dio por aullar.

Vía del tren iluminada por la luna bajo un cielo estrellado.
La luna llena del cazador
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