Por Bernabé Berrocal
Diego Maradona medía metro sesenta y cinco. Peter Shilton, arquero inglés, un metro con ochenta y tres centímetros. El partido en que ambos se enfrentaron, en el Mundial de México 86, había adquirido tintes políticos, por ser el primero que disputaban Argentina e Inglaterra luego de la guerra por Las Malvinas.
Al minuto 51, el diez argentino intenta frente al área una pared con Jorge Valdano, este no puede controlar ante la marca del defensa Steve Hodge, quien golpea el balón haciendo que se eleve en dirección al área chica, en cuyas alturas su majestad era Shilton. Ya se sabe que al balón le llaman “la caprichosa”, pues nunca hay certeza de lo que va a hacer, pero el Pelusa, caprichoso por igual y, como entre locos se entienden, desenfunda la mano zurda para robar la gloria al puño de Shilton, que mira aquel balón hechizado ingresar a su portería, el marco sur del Estadio Azteca.
Siendo aquel gol el hecho inaugural de una pasión nacida hace cuarenta años, como debió de suceder con muchos a los que la mano de Dios tocó con ese gesto sutil (pienso en “La creación de Adán”, el fresco de Miguel Ángel), me volví futbolero durante ese juego.
Maradona reconocería que había anotado “un poco con la cabeza y otro poco con la mano de Dios”. Minutos después de esa anotación, el balón le pidió a Diego, en el lenguaje secreto de los locos y caprichosos, que lo condujera por el Azteca como en los picaditos de la humilde Villa Fiorito de su infancia, esta vez para que lo viera el mundo entero, y fue así como, ahora a ras de césped, Shilton cayó de nuevo víctima del sortilegio, uno donde la pelota repelía el tacto de los ingleses, de sus botines y de sus manos, y esta pareció por sí misma tomar impulso al sentir el puntillazo del zapato de Maradona, insuflada de vida y ansias por detonar la celebración del más hermoso gol de todos los tiempos.
Dice Eduardo Galeano, en “Fútbol a sol y sombra” (1995): “El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue”.
Tras ese primer embelesamiento, yo jugaba con mis amigos asumiendo que la rebeldía era inherente al fútbol. Celebrábamos la osadía de la gambeta, el goce de correr un riesgo culminado con una genialidad al último minuto. La cancha era un llamado a la desobediencia, y el peor castigo infligido por nuestros padres era la prohibición de salir a jugar. No pasaba por nuestra cabeza el que el fútbol propiciara la violencia o que unos pocos se llenaran los bolsillos, la FIFA o la élite de amigos de Havelange o Blatter.
Nos interesaban otras historias, por ejemplo la de aquel nativo de Pau Grande, bautizado con mote de ave torpe, Garrincha, quien siendo un niño como nosotros sufrió poliomelitis y un médico dictaminó que sus piernas torcidas jamás correrían tras el balón, pero por llevar la contraria se convirtió en ídolo de Botafogo, doble campeón del mundo y para muchos el mejor regateador de la historia; o la del mítico Johan Cruyff, quien se privara de asistir a la máxima fiesta futbolística de Argentina 78, en protesta por la sangrienta dictadura de Jorge Videla.
Y cuando alguien nos habló de “El doctor” Sócrates (bautizado así por su padre, quien días antes del nacimiento leía “La República” de Platón), algunos niños no solo se esmeraban en emular la elegancia de su juego, sino que ataban cintas alrededor de su cabeza, a modo de vincha como las que solía lucir el futbolista, a menudo con consignas políticas. Se cuenta que durante el golpe militar en Brasil, de 1964, Sócrates observó como su padre quemaba los libros de la biblioteca familiar, por temor a ser detenido; el hecho lo marcó profundamente y de ahí su militancia en favor de la democracia, palabra que lucía en la camisa de su amado Corinthians.
En una entrevista de 1983, dijo: “Quiero morir un domingo y con Corinthians campeón”. Falleció la mañana del 4 de diciembre de 2011, por problemas hepáticos, y sí, fue domingo y esa misma tarde Corinthians obtuvo su quinto título del Brasileirão.
El año pasado, durante una encuesta telefónica, se me preguntó por las dos palabras que vinieran primero a mi mente al escuchar la palabra “fútbol”. Respondí: diversión y salud. Al escribir estas líneas y rememorando a Maradona, Garrincha, Sócrates y al autor de “Fútbol a sol y sombra” y “Las venas abiertas de América Latina”, pienso que podría haber cambiado mi elección y decir: rebeldía y magia.
Cualquiera de estas opciones evidencia un gusto por el fútbol que viene impoluto de la niñez. Puedo entender a quien no gusta del fútbol a mi manera, que es, lo reconozco, un tanto inocente, por no decir ilusa. Sostengo, sin embargo, que no debería ser el juego per se, objeto de repulsión, sino el negocio, pues hay que saber distinguir una cosa de la otra, como lo hace ver Galeano en cita al inicio de este texto. ¿No sería, lo contrario, como dar la razón a quienes cuestionan la soberanía de un pueblo, en vista de las matráfulas de quienes pervirtieron el sistema democrático, o a quienes despotrican contra la educación igualitaria, porque su valor es insostenible, según la lógica del mercado?
Cuarenta años tengo de ver fútbol y nunca vi a la FIFA, que se constituye bajo esta lógica, caer más bajo. Me refiero al premio que su servil presidente, Infantino, otorgó al nefasto Donald Trump durante el sorteo del mundial Norteamérica 2026. Un galardón supuestamente por la paz y en nombre del fútbol, para un fascista genocida.
Me quedo, pues, con el fútbol como aprendí a sentirlo. Me quedo con la diversión de los juegos de barrio y con la idea de que el deporte le hace bien al cuerpo, y también con la magia y la rebeldía. Se los dice un apasionado futbolero que, como muchos, no siente el mínimo deseo de seguir este año el circo putrefacto organizado por la FIFA, una organización que no tiene nada que ver con la pasión y valores deportivos más elementales. En lo que a mí respecta, el fútbol ha muerto.