El viernes 13 de diciembre fue el principio del fin para Carlitos. Lo que debía ser su gran resurrección como periodista, con audiencias globales y medios internacionales pendientes, terminó en un fiasco tan monumental que lo convirtió en objeto de burla mundial. Los memes no tardaron en inundar las redes sociales, y su imagen se propagaba con el punchline en decenas de idiomas: “No seas como Carlitos”.
La caída fue rápida y dolorosa. Carlitos, una vez considerado uno de los periodistas más prometedores de Hispanoamérica, no valía ahora una peceta. Consumido por la vergüenza y la depresión, se repetía a si mismo una y otra vez el viejo dicho alemán: “cuando las cosas están mal, se pueden poner mucho peor”. Había caído tan bajo que apenas sobrevivía con su pensión en una pequeña casa a los pies de un volcán muerto, en medio del frío montañoso. Sus únicos compañeros: el viento, las vacas y un gato descarado que siempre se comía la mitad de su atún. La pluma brillante de Carlitos estaba apagada.
Diógenes, el hombre que lo había hundido con su poema de la sopa de mondongo, continuaba su vida como si nada hubiera ocurrido. Después de declamar aquellos versos y recibir el abucheo de la multitud, había visto cómo Carlitos, enloquecido, lo perseguía por todo el escenario, intentando enlazarlo con el cable del micrófono, mientras el público rugía, como si de una corrida de toros se tratase. Los encargados del teatro sacaron a Carlitos en ambulancia, con la presión baja y temblando de furia.
Esa misma noche, cuando todo el mundo había abandonado el teatro, unas quince personas se quedaron cerca del escenario, curiosas,
observando a Diógenes. Uno de ellos, con una mezcla de timidez y fascinación, le preguntó:
—¿Tiene más poemas para leer?
Diógenes, sorprendido y con una sonrisa traviesa, accedió. Se sentó en el borde del escenario y comenzó a declamar sus más finos versos sobre el chayote, continuó con “Pianguas vivas”, hizo una disertación titulada “El capitán Garrapata”, y cerró con un poema sobre la prostitución de los aguacates. No hubo aplausos, ni risas, solo el eco de sus palabras resonando en el teatro vacío, mientras los gaffers recogían los cables y apagaban las luces. Finalmente, alguien del grupo preguntó lo que todos estaban pensando:
—¿Y de verdad tiene contacto con los marcianos?
Diógenes recogió su cuaderno, metiéndolo en su bolso desgastado, y refunfuñó:
—Para qué quieren hablar de eso, si no pueden ni manejar estos textos. No creo que puedan manejar otras verdades.
Salió del teatro, pero no sin antes ser detenido por Graciela, una documentalista de unos treinta años. Ojos verdes, cabello corto, cargando un bulto naranja. Se presentó con una sonrisa, le entregó su tarjeta y le explicó que le encantaría conocer más sobre su historia. Diógenes la miró con detenimiento, sacó un papel arrugado de su bolso y anotó sus datos. “Estamos conectados”, le dijo, con esa sonrisa enigmática, y se perdió en dirección este sobre la avenida del Libertador Juan Manuel Mora Porras.