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PALO MIAO – SERENATAS

PALO MIAO – SERENATAS
Taller Literario

PALO MIAO – SERENATAS

La soda El Refugio seguía igual: el televisor colgado en una esquina sin que nadie le prestara atención, el mostrador de madera oscurecido por décadas de cerveza derramada y manos grasientas, las servilletas atrapadas debajo del salero para que el viento no se las llevara cuando abrían la puerta principal.

Radio Pachuko · 31 Mayo 2026 · 4 min lectura

La soda El Refugio seguía igual: el televisor colgado en una esquina sin que nadie le prestara atención, el mostrador de madera oscurecido por décadas  de cerveza derramada y manos grasientas, las servilletas atrapadas debajo
del salero para que el viento no se las llevara cuando abrían la puerta principal. Detrás del humo de la cocina, Don Martín gritó una orden sin mirar a quién:

—¡Sale una Patrulla!

Desde unos parlantes amarillentos, colgados de las columnas como santos cansados, empezó a sonar El Diablo y Yo. La voz de Bienvenido Granda, caliente, empujando el bolero por encima del ruido de platos y conversaciones.

En la mesa del fondo, un hombre con gorra de una empresa de fertilizantes acompañaba la canción completamente fuera de tono, arrastrando las palabras con una seguridad ofensiva.

—♫ El diablo y yooooo… ♪. Cantaba como si estuviera haciendo un favor al restaurante entero.

Nadie le dijo nada. En la soda se aprende rápido que hay borrachos a los que es mejor dejarlos terminar la canción. La muchacha que atendía dejó sobre la mesa el plato humeante: papas fritas, carne en salsa, arroz blanco, huevo frito y frijoles. El olor a cebolla, culantro y aceite caliente subió de golpe. El hombre de la gorra siguió despedazando el bolero con entusiasmo suicida. Entonces soltó una nota tan desgraciada, tan ajena a la melodía original, que no pude evitar levantar la vista del café. Y fue ahí, viendo el humo subir detrás del plato y a ese animal cantando con absoluta confianza, que me acordé de Zopi.

En aquellos años, nosotros ensayábamos en la casa de Gonzalo, allá arriba, en las faldas del volcán Poás. La propiedad quedaba metida entre cafetales y árboles altísimos que en la noche parecían tragarse la neblina. Cuando el viento soplaba duro, las ramas golpeaban el techo de zinc con un sonido seco, como dedos impacientes.

Gonzalo vivía ahí con los tatas. El papá se levantaba antes de las cinco para revisar unas matas y la mamá tenía la costumbre de dejarnos pan casero envuelto en limpiones sobre la mesa del corredor, como si ya hubiera aceptado que aquellos ensayos llegaron para quedarse. A veces llegábamos después de las siete de la noche y ya estaba el café chorreado esperando junto a un tarro de azúcar medio endurecida. Gonzalo era siempre el primero en afinar. Se sentaba recto, guitarra sobre la pierna, concentrado como si estuviera preparándose para un examen de Derecho en vez de cantar boleros bajo ventanas ajenas. Tenía oído natural el desgraciado. Había gente que nacía con voz; Gonzalo nació también con el tono correcto. Uno lo escuchaba cantar dos frases y entendía por qué las muchachas terminaban llorando aunque la serenata fuera para otra persona.

Yo hacía segundas voces cuando podía y aprendía mirando. A esas edades uno todavía cree que la vida puede cambiar por una tontera: un negocio, una canción, un golpe de suerte, cualquier cosa. Y la verdad es que nosotros empezábamos a sonar bastante bien. Bueno… casi todos.

Zopi llegaba tarde a los ensayos. Aparecía caminando por el trillo de la entrada con un par de cervezas en una mano y algún artefacto en la otra: unas maracas, un cencerro, una armónica más para el basurero que para una canción, cualquier aparato que juraba iba a revolucionar el sonido de la Patrulla. Nunca aprendía una sola letra completa y tampoco parecía importarle. Si una canción iba en tono triste, él entraba como si estuviera cantando himnos de estadio. Siempre convencido.

—Lo que pasa con ustedes es que todavía piensan demasiado pequeño —dijo una noche, dejando un bongó sobre la mesa del corredor como si acabara de descubrir la electricidad—. El serenatero moderno debe romper estructuras.

Genaro ni levantó la vista del café.

—Zopi, la última vez que trajiste ese bongó le cagaste un bolero a Gonzalo.

—Porque ustedes no entienden el concepto rítmico que estoy manejando.

—Mae, era “Nuestro Juramento” —dije yo—. Parecía que estaban persiguiendo a alguien en una película de vaqueros.

Zopi soltó una carcajada larguísima, y se sirvió guaro en una taza de café. Después se encendió un puro tan grande que parecía un churro mal enrollado. Fumaba como si la marihuana fuera parte obligatoria del uniforme artístico.

—Los Beatles fumaban —dijo señalándonos con el vaso—. Los Rolling Stones fuman. Miguel Ríos fuma. Ustedes ocupan visión internacional, esta es la actitud del rock star, muchachos!

—Nosotros cantamos serenatas en Alajuela, animal —respondió Gonzalo sin dejar de afinar.

—Por ahora —corrigió Zopi levantando un dedo—. Por ahora.

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