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DIEZ AÑOS DETRAS DE UNA BARRA

DIEZ AÑOS DETRAS DE UNA BARRA
Cine

DIEZ AÑOS DETRAS DE UNA BARRA

Cortometraje Terminal Bar (2002) de Stefan Nadelman, ganador de Sundance. Las fotografías de Sheldon Nadelman y las historias que nadie registró.

Radio Pachuko · 8 Junio 2026 · 8 min lectura

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Diez años detrás de una barra — narrado por el autor
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Llovía. Eso es lo primero que recuerdo: noche de invierno costarricense, recién instalado el cable en mi casa, y yo zapeando por Cinemax con esa mezcla de ocio y curiosidad que solo produce la lluvia. Había una sección de cine independiente —de las que ya quedan pocas, dedicadas a mostrar lo que valía la pena aunque nadie lo pidiera— y de repente aparecieron en pantalla una serie de imágenes en blanco y negro: rostros, cuerpos desgastados, miradas que cargaban décadas enteras. Un avance sobre Terminal Bar, y antes de saber nada sobre el documental, ya me había atrapado.

Lo que vi en esa animación —construida en After Effects, un programa que para el 2003 era todavía una herramienta primitiva comparada con lo que es hoy— me hizo calcular de inmediato las horas de trabajo que representaba. No era solo el resultado; era la evidencia de una obsesión. Alguien había dedicado mucho tiempo a animar fotografías fijas, a devolverles un pulso, una respiración. Y detrás de esa obsesión había otra: la del hombre que tomó las fotos.

Sheldon Nadelman llegó a manejar el Terminal Bar casi por accidente: era el bar de su suegro, Murray Goldman, ubicado en la 8va Avenida con la calle 41 en Manhattan —a metros de la Port Authority Bus Terminal, en lo que era uno de los barrios más conflictivos y horribles de Nueva York. El exterior gris, el pavimento oliendo a orines, el aire adentro cargado de humo y todo rancio; nada en ese lugar invitaba a quedarse más de lo necesario. Sheldon se quedó diez años.

En esos diez años, entre tragos y conversaciones, Nadelman fue fotografiando a sus clientes: chulos, putas, drag queens, cocineros de restaurantes de toda la ciudad, ex boxeadores, alcohólicos crónicos, hombres que nadie más en Nueva York se habría detenido a mirar. Lo hizo con una cámara, sin laboratorio propio, sin galería esperando sus resultados, sin nadie diciéndole que lo que hacía tenía valor. “Después de diez años tenía un par de miles de retratos. Así de sencillo. Estaba en una misión —no me pregunten por qué”, diría años después. Ese “no me pregunten por qué” es probablemente la definición más honesta del impulso creativo que he escuchado en años.

Cliente del Terminal Bar 1977, fotografía de Sheldon Nadelman
Cliente 1977. Foto: Sheldon Nadelman

El Terminal Bar cerró en 1982. El aumento de renta —125.000 dólares al año— hizo que Murray Goldman, el suegro, decidiera no renovar. Sheldon abrió su propio bar en Nueva Jersey, que también cerró; luego trabajó dos décadas en un laboratorio fotográfico. Sus negativos quedaron guardados: miles de caras, miles de historias, en silencio. El espacio donde estuvo el bar hoy lo ocupa la sede del New York Times.

Vale la pena detenerse un momento en el lugar antes de hablar del documental. El Terminal Bar no era un bar cualquiera: Martin Scorsese lo eligió como locación para Taxi Driver en 1976, y nueve años después volvió a rendirle homenaje con una referencia en After Hours —en esa segunda ocasión, el Emerald Pub en SoHo hizo las veces del bar, que para entonces ya había cerrado. Que un cineasta de la talla de Scorsese lo retratara dos veces dice algo sobre el peso que ese rincón sucio de la 8va Avenida tenía en el imaginario de cierta gente enn Nueva York; la misma que Sheldon Nadelman fotografió en silencio durante una década, sin saber que su archivo terminaría siendo, a su manera, un documento igual de valioso. Stefan Nadelman, hijo de Sheldon, digitalizó esos negativos y con ellos construyó el cortometraje Terminal Bar: no un simple montaje de fotos sobre música, sino una pieza que encontró la forma de animar imágenes fijas para que contaran una historia coral de un grupo de personas, de los que nadie habria querido escuchar nada si no fuera por Terminal Bar. Combinó animación, acción en vivo y las fotografías originales en 22 minutos que ganaron el Jury Prize en el Sundance Film Festival de 2003, entre otros galardones.

La operación de Stefan es fascinante desde el punto de vista narrativo: tomó un archivo que su propio autor consideraba íntimo y sin destino claro, y lo convirtió en una pieza que habla de Nueva York, de la marginalidad, de la dignidad de los invisibles y del tiempo que pasa sobre los cuerpos sin que nadie lo registre. La voz de Sheldon narrando sus propias fotos —reconociendo a Leon, el maestro de escuela de Brooklyn que se deterioró; a Van, el cocinero que bebía coñac; a Jimmy Jones, que tenía su propio vaso reservado detrás del mostrador— le da al documental una textura que ningún narrador externo hubiera podido fabricar.

La fotografía me llamó la atención desde que era un carajillo. Tengo un tío fotógrafo —el primero de Aserrí— y recuerdo tardes enteras, en bus o en bicicleta hasta su casa, observando miles de fotografías y negativos: bautizos, graduaciones, aventuras en la montaña, borracheras familiares, primeras comuniones. Esa costumbre de mirar archivos ajenos, de encontrar valor en lo que personas comunes y corrientes guardan, sin saber exactamente por qué lo guardan, es parte de lo que me hizo reaccionar con tanta fuerza ante Terminal Bar. Aquí había un expediente que para su propio autor parecía irrelevante —o al menos sin destino oficial— y que se convirtió en una pieza audiovisual de primer nivel.

Duchess 1973, Terminal Bar Nueva York, fotografía de Sheldon Nadelman
Duchess, 1973. Bebía Ron y consumía cocaína. Foto: Sheldon Nadelman

¡Y eso me explotó la cabeza! Porque cuando uno habla de hacer una película, un documental, un libro o simplemente escribir una entrada para un blog, siempre hay alguien —nunca faltan— dispuesto a matar ese impulso en su cuna, a minimizar el sueño antes de que eche a andar. Algunas personas se quedan la vida esperando que los ilumine la musa mayor: la historia perfecta, la digna de contar. La mayoría simplemente no hacen nada. Y la historia puede estar —suena a cliché, lo sé, y aun así es verdad— en nuestras propias narices. En el bar de la esquina. En los negativos que guarda su papa, su tío, tu agüelo en una caja vieja en algun closet olvidado.

Cuando tenía Terminal Bar como obra de consulta para mi tesis de producción audiovisual, mis compañeros no lo conocían. No lo digo para quedar bien: lo digo porque parte de la pasión real por el cine es escarbar, buscar, encontrar cosas nuevas aunque lleven quince años existiendo. Y también porque esa ausencia me confirmó algo que ya sospechaba: el acceso a la obra valiosa de personas realmente valiosas sigue dependiendo, con demasiada frecuencia, de quienes han decidido —por las razones que sea— convertirse en los curadores de lo que la gente puede o debe ver. (a esta gente hay que evitarla)

Interior del Terminal Bar, 8va Avenida Manhattan, fotografía de Sheldon Nadelman
Dentro del Terminal Bar. Foto: Sheldon Nadelman

Terminal Bar me gusta porque reúne varias de las cosas que más disfruto: visitar cantinas, tomar fotografías, pensar en ideas para documentales, escuchar a la gente que nadie escucha. Demuestra —sin ponerse a demostrarlo, que es la única forma honesta de demostrar algo— que entre un grupo pequeño de personas, con un registro que nadie consideraba artistico, ni mucho menos valioso y una visión clara de qué hacer con él, se puede montar algo trascendente y que veinte y tantos años después siga siendo una referencia.

Cliente del Terminal Bar 1980, fotografía de Sheldon Nadelman
Cliente, 1980. Foto: Sheldon Nadelman

Hoy es un día lluvioso de junio. Me acordé de Terminal Bar —como me acuerdo siempre de él en días así— y pensé que era hora de escribir esto que tenía pendiente. Las mejores visitas que he hecho a cantinas han sido durante días de lluvia. Y aquel tráiler que cambió algo en mi manera de entender el documental… lo vi cuando llovía también.

Sheldon Nadelman fotografió a dos mil personas en diez años. No porque alguien se lo pidiera. No porque supiera adónde iban a parar esas fotos. Solo porque estaba ahí, tenía una cámara, y los rostros valían tenían su confianzaz. Terminal Bar no demuestra que existan historias extraordinarias: demuestra que existen personas capaces de mirar donde los demás no miran.

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