El Terminal Bar cerró en 1982. El aumento de renta —125.000 dólares al año— hizo que Murray Goldman, el suegro, decidiera no renovar. Sheldon abrió su propio bar en Nueva Jersey, que también cerró; luego trabajó dos décadas en un laboratorio fotográfico. Sus negativos quedaron guardados: miles de caras, miles de historias, en silencio. El espacio donde estuvo el bar hoy lo ocupa la sede del New York Times.
Vale la pena detenerse un momento en el lugar antes de hablar del documental. El Terminal Bar no era un bar cualquiera: Martin Scorsese lo eligió como locación para Taxi Driver en 1976, y nueve años después volvió a rendirle homenaje con una referencia en After Hours —en esa segunda ocasión, el Emerald Pub en SoHo hizo las veces del bar, que para entonces ya había cerrado. Que un cineasta de la talla de Scorsese lo retratara dos veces dice algo sobre el peso que ese rincón sucio de la 8va Avenida tenía en el imaginario de cierta gente enn Nueva York; la misma que Sheldon Nadelman fotografió en silencio durante una década, sin saber que su archivo terminaría siendo, a su manera, un documento igual de valioso. Stefan Nadelman, hijo de Sheldon, digitalizó esos negativos y con ellos construyó el cortometraje Terminal Bar: no un simple montaje de fotos sobre música, sino una pieza que encontró la forma de animar imágenes fijas para que contaran una historia coral de un grupo de personas, de los que nadie habria querido escuchar nada si no fuera por Terminal Bar. Combinó animación, acción en vivo y las fotografías originales en 22 minutos que ganaron el Jury Prize en el Sundance Film Festival de 2003, entre otros galardones.
La operación de Stefan es fascinante desde el punto de vista narrativo: tomó un archivo que su propio autor consideraba íntimo y sin destino claro, y lo convirtió en una pieza que habla de Nueva York, de la marginalidad, de la dignidad de los invisibles y del tiempo que pasa sobre los cuerpos sin que nadie lo registre. La voz de Sheldon narrando sus propias fotos —reconociendo a Leon, el maestro de escuela de Brooklyn que se deterioró; a Van, el cocinero que bebía coñac; a Jimmy Jones, que tenía su propio vaso reservado detrás del mostrador— le da al documental una textura que ningún narrador externo hubiera podido fabricar.
La fotografía me llamó la atención desde que era un carajillo. Tengo un tío fotógrafo —el primero de Aserrí— y recuerdo tardes enteras, en bus o en bicicleta hasta su casa, observando miles de fotografías y negativos: bautizos, graduaciones, aventuras en la montaña, borracheras familiares, primeras comuniones. Esa costumbre de mirar archivos ajenos, de encontrar valor en lo que personas comunes y corrientes guardan, sin saber exactamente por qué lo guardan, es parte de lo que me hizo reaccionar con tanta fuerza ante Terminal Bar. Aquí había un expediente que para su propio autor parecía irrelevante —o al menos sin destino oficial— y que se convirtió en una pieza audiovisual de primer nivel.