EL MICROONDAS
Aterricé en Guadalajara por asuntos de negocios —detalles irrelevantes hoy, porque vine a hablarles de comida—, pero lo que sí vale contar es la manera tan absurda en que me recibieron los federales.
Aterricé en Guadalajara por asuntos de negocios —detalles irrelevantes hoy, porque vine a hablarles de comida—, pero lo que sí vale contar es la manera tan absurda en que me recibieron los federales.
La lluvia golpea con furia el techo, pero la señora Korolenko huele a calma: rocía perfume al aire y se deja envolver por su propia ilusión.
Un miércoles que creía martes se convirtió en una lección inesperada: en el Bar Buenos Aires, un fauno de setenta años nos recordó que la memoria no se archiva, se vive. Entre vino, anécdotas de hippies y frases bíblicas, Juan el Bautista se quedó en guardia, como centinela de un tiempo que ya no existe.
por Bernardo Soto. Transcurrían los años 80 y a diario olvidaba el consejo de mi madre: la vida semi-rural era un peligro. A las 5 de la tarde gritaba: Bernardooooo, pero ya no estaba por… El peligro de la candidez (y otros aprendizajes ochenteros)
De pronto, una voz lejana pronunció mi nombre mientras mi cuerpo y alma se transmutaban en resorte metálico, descendiendo sin freno los escalones de concreto. No me convertí en el objeto, sino en el movimiento: en ese fluir constante de energía que estira y encoge, entre la memoria y la percepción, entre lo vivido y lo recordado.