por Valdo J.
CRÓNICA MENOR DE UNA VOLUNTAD INTACTA
El martes debía estar en La Uruca para grabar un podcast. No como productor ni como técnico. Esta vez me tocaba a mí, frente a la cámara. No me sentía del todo cómodo con eso, ya había dado mi palabra. No podía faltar.
La bici estaba herida desde hacía días. La llanta trasera seguía perdiendo presión, aunque el neumático era nuevo y no mostraba señales de pinchazo. Sospechaba de los aros de aluminio. Nunca les he dado mantenimiento. Las cintas, las válvulas, todo eso necesitaba revisión. Pero el tiempo —como siempre— apretaba.
En un viaje reciente a Tarbaca, pinché. Caminé desde la iglesia de San Francisco hasta mi casa en La Granja, cargando la bicicleta al hombro. Serían unos tres kilómetros. Nada del otro mundo si uno va solo, pero cargando una bicicleta de montaña cambia el cuento. Esa fue la primera señal de que algo andaba mal.
El día del podcast, por la tarde, decidí arreglar la rueda. Me costó encontrar el punto exacto de la ponchadura. Cuando por fin lo detecté, noté que tenía parches… pero ningún pegamento disponible. Solo una botellita de Super Bonder medio seca, otro “superpegamento” que resultó un fiasco, y uno para PVC que olía igual al de los parches de bici. Aposté por ese. Por si acaso, corté un pedazo de un neumático viejo, lo usé como refuerzo y lo amarré con tiras del mismo caucho. Una especie de vendaje de guerra. Improvisado, pero efectivo.
A las cinco en punto, empezó a llover. Fuerte. Dudé.
Pensé en el accidente reciente, en inventarme algo para no ir. ¿Y si decía que la bici no respondió? ¿Que había pinchado de nuevo? Pero no. Ya había dado mi palabra.
Eché en una bolsa plástica un paño para secarme, una camiseta seca y una camisa negra de manga larga. Todo iba listo. Cargué luces, verifiqué el arreglo y salí.
A los pocos metros ya estaba empapado.
Ahora las matemáticas: Caminé un kilómetro exacto, bajo la lluvia, cargando la bicicleta, hasta la estación de servicio donde inflé la llanta. Funcionó tal como lo había imaginado.
Desde allí, me faltaban 8.9 kilómetros más, entre avenidas congestionadas, semáforos largos y el aguacero que no aflojaba.
En total, casi 10 kilómetros de trayecto bajo una lluvia incesante, esquivando el tráfico y el desánimo.
La lluvia no dio tregua. Los carros pasaban a mi lado como si yo no existiera, a pesar de la potente luz delantera y la trasera que llevaba. La hora pico en San José es brutal. La ciudad es un río desbordado de autos apurados y gente sin paciencia. Y yo, entre todo eso, sintiéndome cada vez más pequeño.