por Valdo J.
EL HOMBRE QUE CAGÓ EN SU BARRIO DESDE UN PALO DE MANGO.
Nunca me cayeron bien. Nunca me hicieron gracia. Eran los únicos que no me ignoraban.
Los otros niños del barrio —los que parecían salidos de alguna foto familiar de almanaque— no me hablaban. Me miraban de lejos como si mi sola existencia los ensuciara. No sé si era por mi ropa, mi forma de hablar, o simplemente por existir. Yo pasaba frente a ellos y era como si el aire se partiera en dos. Ellos no me veían. No me escuchaban. Yo no existía.
En cambio, los otros, los bravos, los matones, los hijos de puta que tenían tres o cuatro años más, esos sí me notaban. Me tomaban en cuenta para burlarse, para empujarme, para reírse de cómo corría o de cómo hablaba. Me tomaban en cuenta para hacerme parte de sus juegos, siempre que aceptara ser el saco de boxeo, el conejillo de indias, el idiota útil.
Y ahí estaba yo. Siempre volviendo. Siempre buscándolos. Porque algo es algo. Porque entre la burla y la invisibilidad, uno termina eligiendo la burla. Porque en una casa donde el amor se parece al desprecio, el maltrato de los otros se vuelve… familiar. Casi cálido.
Había normalizado lo que no tenía nada de normal. Y así como me pasaba los días intentando ganarme un poco de atención en mi propio hogar, también lo intentaba con estos idiotas. Ni en un lado ni en el otro funcionaba.
De los que estaban ahí ese día, recuerdo apenas sus rostros. A uno lo llamaban Davisito. Aquel animalito, en las gradas del barrio donde nos reuníamos, contaba orgulloso su hazaña: el día que decidió embarrarse el pene con mantequilla para que el perro se lo chupara. Nadie lo desmentía, nadie se escandalizaba. Se reían. Era parte del folklore del vecindario.
Otro se llamaba Esteban. O creo que se llamaba así. Un fantasma. No sé si está vivo, muerto, preso o si será indigente. Me da igual. Luego estaba el moreno, Nelson me parece era su nombre, un demonio, tres años mayor, jugaba siempre con los más pequeños solo para tener a quién patear, a quién ofender a quien gorrearse. De los demás, ni nombres tengo. Ni me interesa tenerlos.
Pero estaban ahí, todos. El día del palo de mango, ahi estaban.
¿Por qué lo hice? Buena pregunta. Lo hice porque, a esa edad, uno no sabe pedir amor. Solo sabe buscar atención. Y yo quería que me vieran. Que dejaran de burlarse. Que, aunque fuera por un instante, sintieran respeto. Pensaba, en mi inocencia, que si hacía algo que ni ellos se atrevían a hacer, me ganaría un lugar, su respeto, su admiración. ¡Que se yo! O tal vez, por una vez, me seguirían.
Y allá fui. Me subí al palo de mango. Nadie me lo pidió. Nadie me retó. Nadie se burló en voz alta. Fue mi decisión. Mi acto de fe.
Mientras subía, ellos me miraban en silencio. Nerviosos. Expectantes. Se acomodaron al pie del árbol como si fueran espectadores en primera fila. Yo desde arriba los veía pequeños, confundidos. Y entonces, me bajé el pantalón.
Mientras pujaba, el silencio era absoluto. Apenas un par de risas contenidas, nerviosas, un comentario ahogado. Pero no se fueron. Nadie se fue. Se quedaron hasta el final, observando con morbo, con asco, con hipnosis, cómo se ensanchaban aquellas nalgas de niño para dar paso a una montaña de mierda que caía, lenta, inevitable, sobre la tierra.
Fue grotesco. Fue absurdo. Fue estúpido, pero que se puede esperar de un niño en semejante ambiente. Fue un suplicio. Exposición. Entrega. Una forma de decir: MÍRENME, aunque sea así.
No tenía el lenguaje para explicarlo ni entenderlo siendo un niño, pero lo sabía en el cuerpo: que me expusieran era mejor que que me ignoraran. Que el asco que les causara, al menos, me hiciera existir. Era una forma torpe, desesperada, rota, pero mía, de buscar un lugar en el mundo. No es que quisiera humillarme. Es que no conocía otra forma. Lo aprendí en casa. Lo perfeccioné en la calle.
Un chiquillo no tiene mayor información. Solo sabía que, desde el palo de mango, por fin, todos me estaban mirando.
No sé qué sintieron. No sé si me respetaron por un segundo o si después se rieron hasta quedarse sin aire. Lo que sí sé es que ahí estaban todos. Y que ese recuerdo, en silencio, se guardó en alguna gaveta sucia de sus cabezas. Hasta que mi tío decidió desempolvarlo. Una y otra y otra vez.
Mi tío. El que en cada reunión familiar, sin importar si habian pasado cinco, diez o cuarenta años, vuelve a contar la historia del niño que se cagó desde un palo de mango. Ese tío que no quiere que nadie brille, que nadie sobresalga. Porque él está convencido de que nació para eso. Y que su familia entera debe comer mierda con él.
Hoy lo hablo en terapia. Cuarenta años después. El psicólogo me escucha en silencio, sin interrumpirme. Cuando termino, me pregunta:
—Y si hubiera habido redes sociales en aquel entonces, ¿cree que alguien habría grabado?
Sonrío. Por primera vez en la sesión.
—No solo me habrían grabado —le digo—. Me habrían hecho viral. (esto lo leo yo)
Los dos nos reímos. De verdad. Largos segundos. Nos reímos sin culpa, como si hubiéramos esperado toda la vida para hacerlo. Después nos quedamos en silencio, mirando la ventana. Imaginando lo mismo: al niño cagando desde lo alto, convertido en trending topic global. Noticia internacional. El Niño del Mango.
No los cuatro miserables que lo vieron desde abajo.
Porque si eso hubiera pasado hoy, la vergüenza habría sido de ellos. ¿Qué hacen cuatro mocosos mirando cómo caga un niño desde un palo de mango? Yo era un chiquillo. Ellos ya no tenían excusa.