por Gilberth Soto
1932, Relato viejo de una noche que Alajuela aprendió a recordar : FOFORITO Y NORMAN
Vení, sentate aquí mi querido nieto Acomódate junto a tu abuelo, que tanto te quiere. Así está bien. Esto que te voy a contar no lo aprendí en la escuela ni lo leí en ningún libro. Esto me lo contó mi abuelo, y a él se lo contó otro viejo, y así fue pasando, de boca en boca, como pasan las cosas que no quieren morir. Fue en el año mil novecientos treinta y dos. Año duro. Año de bolsillos vacíos y de silencios largos. Alajuela no era grande, pero sí era brava. Y la vida no venía envuelta en cuidado. Las noches caían despacio, con olor a polvo, a café viejo, a sudor de trabajo. Las calles eran de piedra y cada paso sonaba como un aviso.
El Teatro Victoria, era en ese tiempo un orgullo sencillo: luces modestas, paredes gastadas, pero suficiente para que la gente se sintiera importante por un rato. Y como siempre pasa, donde hay gente que va a divertirse, hay otros que van a trabajar. A la entrada del teatro, sin molestar ni hacer bulla, se ponían dos chiquillos. Foforito y Norman. No eran hermanos de esos que se pasan peleando. Eran hermanos de los otros, de los que se entienden con miradas. El mayor, Foforito, tenía trece años, pero los llevaba como si fueran más. Ya sabía quedarse callado cuando hacía falta y hablar con firmeza cuando no quedaba de otra. Era flaco, fibroso, con las manos siempre listas. No porque fuera violento, sino porque la vida lo había entrenado sin pedirle permiso. Norman tenía diez. Todavía tenía la voz fina; todavía creía que, explicando bien las cosas, la gente entendía. Tenía una ternura que en esos tiempos era casi un riesgo.
Cargaban una canastita de madera. Hecha con materiales viejos, desaliñada, pero firme. Dentro iban los pasteles que la mamá hacía desde antes de amanecer. Pasteles humildes, sí, pero hechos con cuidado, con la paciencia de quien sabe que alimentar es un acto serio.
—Pastelitos… —decía Norman, bajito—. Pastelitos recién hechos…
Y cuando la calle no respondía, Foforito levantaba apenas la voz:
—¡Pasteles! ¡Pasteles caseros!
La gente pasaba. Algunos compraban. Otros seguían de largo. Así era. Nadie se quejaba. Hasta que llegó el matón. No preguntés por el nombre, porque nadie lo recuerda. Y eso dice mucho. Era grande, de cuerpo ancho. Caminaba torcido por el licor. Olía a guaro y a sudor viejo. Se movía con esa falsa seguridad que tienen quienes creen que nadie se les va a enfrentar. Se plantó frente a los muchachos como si fueran parte del suelo.
—¿Y ustedes qué venden aquí? —dijo, sin saludo.
Norman dio un pasito adelante.
—Pasteles, señor. Los hace mi mamá.
El hombre levantó el trapo de la canasta sin pedir permiso. Miró. Sonrió torcido.
—Ajá…
Agarró uno. Luego otro. Los sostuvo un momento, como quien pesa algo en la mano.
—¿Cuánto valen? —preguntó después.
—Diez céntimos cada uno —respondió Foforito, con calma.
El hombre se rió.
—¿Diez? —dijo—. ¡Qué caros!
Y se los comió. Los dos. Despacio. Masticando exageradamente, dejando que las migas cayeran. Luego se limpió la boca con la manga.
—Están secos —dijo—. Mal hechos.
Norman negó con la cabeza, nervioso.
—No, señor… mi mamá los hace muy bien… siempre le quedan ricos…
El hombre lo miró como se mira algo pequeño.
—¿Y vos qué sabés? —le dijo—. Tenés cara de llorón.
Norman se puso rojo. Tragó saliva.
—No soy llorón…
—Sí lo sos —insistió el hombre—. De esos que lloran por cualquier cosa. Parecés una mujercita.
Foforito dio un paso al frente.
—No le hable así a mi hermano—dijo.
El hombre se inclinó hacia él.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó—. ¿Te vas a poner de gallito?
Norman, con la voz temblándole, dijo:
—Por favor, señor…
El hombre sonrió. Y entonces empujó a Norman. No fue fuerte. Pero fue suficiente. Norman tropezó. La canasta se inclinó. Un pastel estuvo a punto de caer.
—¡Norman! —gritó Foforito.
El hombre se rió.
—Uy, casi se les cae el negocito.
Y ahí… Ahí fue cuando el mundo se achicó. Porque Foforito no vio al hombre. Vio el empujón. Vio a su hermano tambalearse. Vio la humillación. Y algo se le soltó por dentro. No pensó en el tamaño. No pensó en el castigo. No pensó en nada. Se lanzó. No con puños. No con piedras. Se lanzó con el cuerpo entero. Se aferró al pecho del hombre, lo abrazó con una fuerza desesperada, como quien se agarra a un tronco en medio del río, y clavó los dientes. La piel cedió. La sangre brotó caliente. Foforito sintió el sabor metálico llenarle la boca. Sintió la carne tensarse. Sintió cómo el cuerpo grande se estremecía bajo él. El hombre gritó. No gritó como gritan los hombres cuando se enojan. Gritó como gritan cuando tienen miedo.
—¡Aaaah! ¡Hijo de puta! ¡Soltáme!
Pero Foforito no soltó. Apretó más duro. No solo mordía: abrazaba. Con los brazos. Con las piernas. Con todo. Su cara quedó pegada al pecho del hombre. La sangre le corría por la boca, por el mentón, por las mejillas. Tibia. Espesa. Real.
Norman gritaba:
—¡Foforito! ¡Foforito, soltalo!
Pero Foforito no escuchaba palabras. Escuchaba otra cosa. Escuchaba todas las veces que los miraban por encima del hombro. Escuchaba el cansancio de la casa. Escuchaba el silencio obligado. El hombre trató de arrancarlo, manoteando.
—¡Quitáte! —rugía—. ¡Me estás matando!
El dolor lo dobló. Cada movimiento hacía que los dientes se hundieran más.
—¡Auxilio! —Suplicó entonces, desesperado—. ¡AUXILIO! ¡QUITENME A ESTE HIJUEPUTA QUE ME ESTÁ MATANDO!
La frase rebotó en la calle. La noche se quedó escuchando. La gente se detuvo. Algunos se acercaron. Otros miraron desde lejos.
—¡Es un chiquillo! —dijo alguien. —Algo habrá hecho ese matón —murmuró otro.
Foforito apretaba con toda su fuerza. Los brazos le temblaban, pero no se aflojaban. Era como si soltar significara que el mundo volviera a ser injusto. El hombre le jaló el pelo.
—¡Soltá, animal!
El cuero cabelludo le ardió, pero Foforito no soltó. Pensó, con la boca llena de sangre:
—No… lo… toqués a mi hermanito. Dos hombres corrieron desde la acera. Uno lo agarró por los hombros. Otro trató de separar los brazos.
—¡Muchacho, calmáte!
Costó. Costó más de lo que nadie esperaba. Cuando por fin lo separaron, Foforito cayó hacia atrás, de espaldas, respirando como quien sale del agua profunda. La boca roja. Los ojos abiertos. El hombre retrocedió, pálido, sujetándose el pecho.
—¡Maldito! —escupió—. ¡Maldito guila!
Pero ya no tenía risa. Ni fuerza. Ni autoridad. Norman corrió y abrazó a su hermano.
—¿Estás bien? —lloró.
Foforito asintió. Se limpió la cara con la manga, dejando una mancha oscura.
—Vámonos —dijo.
Y se fueron. Caminaron rápido. Luego corrieron. La noche los tragó. No hubo aplausos. No hubo castigo inmediato. No hubo discursos. Pero algo quedó. Porque desde esa noche, en Alajuela, empezó a contarse una historia. Primero bajito. Luego con más detalles. Luego con orgullo.
—¿Se acuerda del chiquillo que mordió al matón? —Sí… el mayor. El que defendió al hermanillo.
—Valiente fue ese.
Y así, en cantinas, barberías, corredores y cocinas, la historia fue creciendo. No exagerada, no inventada. Simplemente contada. No como violencia. Sino como límite. Porque en una ciudad acostumbrada a aguantar, un niño enseñó que aguantar no siempre es callar. Que hay momentos en que el cuerpo dice lo que la boca no puede. Y el matón… El matón se perdió en el tiempo. Pero Foforito no. Su nombre quedó como quedan las cosas verdaderas: sin monumento, sin papel, pero firme.
Y los viejos decían a los jóvenes:
—No fue por rabia.
—Fue por dignidad.
—Fue por amor de hermano.
Y los jóvenes se lo contaban a los niños. Y los niños crecían sabiendo que una noche de 1932, frente al Teatro Victoria, un chiquillo flaco, sin poder, sin armas, le plantó cara a la injusticia. Y eso, querido nieto… Eso no se olvida. Porque hay historias que hacen pueblo. Y hay mordidas que hacen memoria. Y esta… Esta sigue caminando por Alajuela.