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LA GARITA 71, una carta desde Londres

LA GARITA 71, una carta desde Londres
Literatura

LA GARITA 71, una carta desde Londres

Cuando murió su madre María Elena, ella no la lloró de inmediato. El llanto llegó varios días después, cuando la casa comenzó a quedarse en silencio.

Radio Pachuko · 6 septiembre 2026 · 21 min lectura

por Gilbert Soto

Cuando la Luna esté en la Séptima Casa
Y Júpiter se alinee con Marte
Entonces la paz guiará a los planetas
Y el amor dirigirá las estrellas
Este es el amanecer de la Era de Acuario

Estracto de “Aquarius” by the 5th Dimension.

Cuando murió su madre, María Elena, ella no la lloró de inmediato. El llanto llegó varios días después, cuando la casa comenzó a quedarse en silencio. Durante cuarenta años había escuchado respirar aquella casa: el golpe de la puerta de la cocina a las seis de la mañana, la radio encendida y su madre preparando el café, el sonido de los platos, la televisión en las noches, el teléfono, las visitas. Las conversaciones se repetían porque, en las familias, las historias terminan repitiéndose en cada generación. Ahora no había nada; solo silencio.

Su madre había muerto, llevándose consigo una parte de un mundo que ya casi no existía: una Costa Rica de calles pequeñas, edificios que ya eran un recuerdo, cafés donde los hombres discutían política, muchachos que se enamoraban sin teléfonos celulares y una Avenida Central por donde parecía pasar el país entero.

La hija comenzó entonces a ordenar sus pertenencias. No porque quisiera hacerlo, sino porque alguien tenía que hacerlo. Había vestidos que todavía conservaban su olor; una caja con fotografías, recibos antiguos, una medalla, un rosario, cartas de familiares, recortes de periódico. Y, al fondo de un armario, dentro de una caja de zapatos, apareció un diario viejo y un sobre amarillento.

La hija lo tomó entre los dedos. Había una fecha —Londres, 1973— y un nombre: José Ignacio Montealegre. Se sentó en el suelo. No sabía quién era… y aun así, algo en aquel sobre le producía una inquietud que no lograba explicarse. Quizás fue la manera en que su madre lo había guardado durante más de cincuenta años: no entre los documentos importantes, no junto a sus papeles, tampoco en una gaveta, sino escondido, como se esconde lo que se guarda con un aprecio especial.

Abrió el sobre. Dentro había una carta y una foto. Luego abrió el diario y empezó a leer.

I

Antes de ser madre, María Elena había sido una muchacha de dieciséis años. Eso era algo que su hija jamás había imaginado: para ella, su madre siempre había existido como madre. Costaba pensar que alguna vez hubiera corrido por las calles, que hubiera besado a un chico sentados en un parque, que hubiera sentido miedo, deseo, rabia, libertad. Y mucho menos que hubiera sido una de aquellas jóvenes a las que, en esos años, los adultos miraban con desconfianza. Las llamaban hippies… y a ellas eso les encantaba, porque en aquel entonces ser hippie significaba, sobre todo, no aceptar que la vida viniera ya escrita.

María Elena pertenecía a una pequeña tribu que se reunía en la Avenida Central de San José, sobre el muro del Banco Central, frente al McDonald’s. Allí estaban los de pelo largo, las faldas de colores, las guitarras, los cigarrillos, los discos, las conversaciones sobre Vietnam, el amor y la música. Todos fumaban marihuana; algunos experimentaban con LSD; los hongos circulaban de mano en mano como una especie de sacramento clandestino. No eran delincuentes —al menos no en su propia imaginación—, sino adolescentes que descubrían la existencia de un mundo distinto del que sus padres habían construido para ellos. Tenían hambre de música, de viajes, de sexo, de poesía, de libertad: sobre todo, hambre de futuro.

Escuchaban a los Beatles, a los Rolling Stones, a Bob Dylan, a Janis Joplin, a Jimi Hendrix, a The Doors y a muchísimos más. La música les llegaba desde muy lejos… y, aun así, hablaba de lo que ocurría dentro de ellos.

II

José Ignacio la vio por primera vez una tarde de diciembre. Venía caminando por la Avenida Central con el uniforme del colegio La Salle. Tenía dieciséis años y ya cargaba sobre los hombros una vida que otros habían elegido por él: era hijo de familia conocida, de esas familias cuyo apellido aparece en los periódicos y cuyos miembros se encuentran en las juntas directivas, en los bancos, en los bufetes y en las mesas principales del Club Unión. En su casa había libros de Derecho, retratos de antepasados, cristalería fina, conversaciones sobre política… y un futuro trazado de antemano.

José Ignacio estudiaría en la Universidad de Costa Rica; sería abogado; se casaría con una novia adecuada y tendría hijos; continuaría la tradición familiar, porque era un buen hijo: educado, inteligente, obediente.

Hasta que conoció a María Elena.

Ella estaba sentada en el muro con la gente de siempre. Tenía el cabello suelto, una blusa psicodélica y una falda de mezclilla que parecía haber vivido otras vidas; entre los dedos, un cigarrillo. José Ignacio la miró. Ella lo miró. No pasó nada. Algo, sin embargo, ya había comenzado…

III

Se encontraron otra vez una semana después. Y luego otra. Después comenzaron a buscarse: primero fueron conversaciones, después caminatas, luego cafés y, al final, aquellas largas tardes en las que uno se da cuenta de que puede hablar con alguien durante horas sin cansarse.

María Elena fue quien le enseñó a fumar marihuana. Estaban en su cuarto, solos, felices. José Ignacio tosió la primera vez. Ella se rió.

—No sabés fumar.

—Nunca he fumado.

—Eso ya lo sé.

—¿Y vos?

—Yo sí sé.

—¿Cuánto?

María Elena se encogió de hombros.

—Lo suficiente.

Él volvió a intentarlo. Ella lo observó un momento y después le dijo:

—No tenés que aprender a fumar.

—¿Entonces?

—Tenés que aprender a escuchar.

Y le puso un disco. La música comenzó, y José Ignacio descubrió un territorio que no figuraba en los libros de su casa: el rock; una guitarra capaz de decir lo que ningún discurso podría; y a María Elena, que detrás de aquella apariencia rebelde, era una niña profundamente sensible. Y se enamoró. Mejor dicho… se enamoraron. A esa edad uno no sabe que está viviendo algo que va a recordar toda la vida: lo vive, y basta.

IV

Los meses siguientes fueron una especie de juventud comprimida: el amor creció al mismo tiempo que ellos. Ya no eran los dos adolescentes que se habían conocido frente al Banco Central; habían aprendido a reconocerse en medio de la multitud, a esperarse, a caminar juntos sin necesidad de hablar, a compartir una canción como quien comparte un secreto. José Ignacio podía escuchar a los Beatles y pensar en María Elena; a ella le ocurría algo parecido: miraba aquella camisa blanca de La Salle y se olvidaba por completo del apellido que la acompañaba.

A veces él llegaba con dinero; ella casi nunca tenía. A veces él llevaba discos; ella llevaba historias. Él le hablaba de Londres, de la universidad, de la escuela de Derecho; ella, de música, de libertad, de la gente del muro, de un mundo que todavía no existía y que ambos estaban convencidos de que algún día existiría.

Se fueron enamorando sin darse cuenta, y quizás por eso fue un amor tan profundo: no comenzó con una promesa, comenzó con una canción. Y entonces llegó 1971.

V

La Garita 71 no fue para ellos un simple concierto: fue una fuga, la manera de escaparse —aunque fuera por unos días— de la Costa Rica que conocían. Habían oído hablar del festival y la noticia corría por la Avenida Central como corre el fuego cuando encuentra hojas secas. Iban a tocar grupos de los que se hablaba con reverencia: Apple Band, Blood Intersection y otros nombres de aquella naciente escena rockera costarricense.

Para ellos, aquello era casi imposible de explicar. En Costa Rica no existía nada parecido a los grandes festivales que llegaban en las revistas extranjeras y en las películas; no había una industria musical que protegiera a los jóvenes; no había teléfonos para avisar dónde andaba cada quien, ni redes sociales. Si querías encontrar a tus amigos, tenías que ir adonde sabías que iban a estar. Y ellos sabían que todos estarían en La Garita.

José Ignacio llegó con una mochila pequeña. María Elena llevaba un bolso de tela.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿Y qué traés?

Ella sonrió.

—Lo necesario.

Él miró dentro del bolso: una muda de ropa, un suéter, cigarrillos y algunas cosas por las que prefirió no preguntar.

—¿Y comida?

—Algo conseguiremos.

José Ignacio se rio. Por primera vez en su vida estaba haciendo algo que en su casa habrían considerado una locura… y le gustaba.

El lugar parecía crecer a medida que llegaba la gente. Venían en carros viejos, en buses, en motocicletas; algunos desde San José, otros desde Alajuela. Pelo largo, flores en el cabello, guitarras colgadas del hombro, pantalones desteñidos, camisas de colores, botas gastadas. Los había que parecían salidos de una fotografía de Woodstock y los había que habían llegado con la ropa puesta, sin más. Eso era lo hermoso: nadie parecía estar disfrazándose. Eran jóvenes intentando averiguar quiénes eran.

Y la música comenzó. Los amplificadores lanzaron los primeros acordes sobre el campo, y algo cambió. María Elena tomó la mano de José Ignacio.

—¿Te gusta?

Él la miró.

—Me encanta.

No hablaba de la música; ella lo entendió y lo buscó con los ojos.

Cuando tocó Apple Band, María Elena parecía otra persona: saltaba, cantaba, aplaudía, se acercaba a José Ignacio y le gritaba al oído porque el sonido era demasiado fuerte. Él se reía. Nunca la había visto tan libre.

Después llegó Blood Intersection. El sonido era áspero, eléctrico, joven. Aquellos músicos estaban haciendo algo que parecía imposible: construir su propio lugar dentro de una cultura que todavía veía el rock como una extravagancia extranjera. José Ignacio los observaba, después miraba a María Elena y pensaba que quizás aquel era el sitio donde debía estar. No en los salones elegantes donde su padre esperaba verlo. No todavía; no esa noche. Aquella noche quería ser un adolescente enamorado de una chica linda. Nada más.

La noche llegó despacio: primero desaparecieron los colores; después los rostros se volvieron siluetas. Las luces del escenario parecían más brillantes y las bandas seguían tocando. Algunos bailaban, otros se habían sentado en el suelo. Parejas abrazadas, gente fumando, conversaciones en pequeños círculos, guitarras que aparecían de repente entre canción y canción, risas, besos, historias. Y sobre todos ellos, el cielo: profundo, inmenso, limpio, con las estrellas más cerca que nunca.

María Elena y José Ignacio se alejaron un poco de la multitud y se acostaron sobre la hierba. No necesitaban hablar. La música llegaba desde lejos, amortiguada por la distancia. Ella apoyó la cabeza en su pecho; él miraba hacia arriba.

—¿Sabés qué pienso?

—¿Qué?

—Que allá arriba no saben quién soy.

María Elena levantó la cabeza.

—¿Cómo que no?

—No conocen mi apellido.

Ella sonrió.

—Ni les importa.

—Exactamente.

María Elena volvió a recostarse y él pasó un brazo alrededor de su cuerpo. Permanecieron así mucho rato, escuchando aquel rumor lejano, sintiendo el aire de la noche, compartiendo un cigarrillo; de vez en cuando ella alzaba la vista para mirarlo, y él le acariciaba el pelo. No había futuro, ni padres, ni dinero, ni diferencias de clase; no existían la universidad, ni Londres, ni el Derecho, ni el matrimonio, ni los hijos. Solo estaban ellos, la noche, la música y las estrellas.

Más tarde regresaron junto a los demás. Alguien había encendido una fogata pequeña; uno tocaba la guitarra, una chica cantaba, otro sacó una armónica, y una botella empezó a dar vueltas. Se sentaron con ellos sin conocer sus nombres, y eso no importaba: en aquellos días bastaba con compartir una canción para convertirse en amigos.

Uno del grupo les preguntó de dónde venían.

—San José.

—¿Los dos?

María Elena miró a José Ignacio.

—Los dos.

El otro sonrió.

—Entonces son pareja.

José Ignacio tomó la mano de María Elena.

—Sí.

No hubo preguntas ni juicios. Qué hacía su padre, dónde estudiaba, cuánto dinero tenía: nada de eso le interesó a nadie. Por primera vez José Ignacio comprendió la diferencia entre pertenecer a una familia y pertenecer a un lugar. Aquella noche pertenecía allí.

Durmieron poco. Al amanecer, el cielo tomó esa tonalidad gris azulada que solo aparece en ese momento mágico del día. María Elena estaba acostada junto a él, con el pelo desordenado y la cabeza apoyada sobre su brazo. José Ignacio la miró y pensó que nunca había visto nada tan hermoso. Ella abrió los ojos.

—¿Qué mirás?

—A vos.

—¿Y?

—Y nada.

—Entonces dejá de mirarme.

Él sonrió.

—No puedo.

Ella cerró los ojos otra vez y se acercó más a él.

Durante aquellos dos días vivieron como si el mundo pudiera ser distinto: comieron con desconocidos, compartieron cigarrillos, escucharon música, bailaron, hablaron de viajes, de amor, de política, de canciones y de un futuro que nadie sabía cómo construir. Había una sensación extraña en el ambiente, como si todos hubieran llegado hasta allí en busca de lo mismo… sin saber exactamente qué. Libertad, quizás. Una nueva manera de vivir. O la posibilidad de estar juntos sin que nadie les dijera que estaban equivocados.

María Elena lo resumió esa mañana. Estaban sentados de nuevo sobre la hierba.

—Aquí nadie nos pregunta quiénes somos.

José Ignacio la miró.

—A mí me gustaría que la vida fuera siempre así.

Ella sonrió.

—Entonces no volvamos.

Él la miró unos segundos.

—No volvamos.

Ambos sabían que era imposible; durante unos segundos, aun así, decidieron creerlo.

Y entonces sonaron las sirenas. Al principio nadie entendió. Alguien gritó que venía la policía y la música empezó a detenerse; los grupos se desintegraron, unos corrieron, otros se quedaron inmóviles. El amanecer de la libertad empezaba a romperse. José Ignacio buscó la mano de María Elena y la encontró.

—No te soltés.

—No.

Los uniformes aparecieron entre la gente: gritos, confusión, órdenes, miedo. La pequeña república de música y amor se desmoronó en cuestión de minutos. Ellos se abrazaron sin saber qué iba a pasar, y permanecieron juntos hasta el final. Cuando se los llevaron, José Ignacio comprendió algo que jamás olvidaría: aquellos dos días habían sido demasiado hermosos para durar. Quizás por eso quedaron en su mente y en su corazón para siempre, porque hay momentos que solo existen para convertirse después en un recuerdo hermoso. Y aquella noche, bajo las estrellas de La Garita, sin saberlo, ellos vivieron el recuerdo que los acompañaría el resto de su vida.

VI

Los padres de José Ignacio se enteraron del escándalo y de la redada en que terminó La Garita 71; jamás habrían imaginado que su hijo estuviera entre los detenidos, y menos por el solo hecho de haber asistido a un concierto. El apellido pesaba. El escarnio resultaba insoportable: su hijo, detenido; drogas; una muchacha hippie; un concierto de rock —la música de los mariguanos—; una redada policial. La familia no podía permitir aquello, y fue por él.

También consiguieron liberar a María Elena. Su padre, un obrero municipal, llegó a recogerla apenado por lo sucedido y agradecido por la ayuda que le habían dado a su hija. La libertad, eso sí, tuvo un precio. A José Ignacio le prohibieron verla, le quitaron las salidas, le revisaron las amistades y le recordaron quién era y, más aún, quién debía ser: con quién podía juntarse y con quién no.

El padre fue directo.

—Esa muchacha no pertenece a nuestra clase social.

—Yo la quiero.

—Tenés dieciséis años.

¿y qué? ella también.

—Precisamente.

La frase quedó suspendida, porque ambos entendieron que el problema no era la edad: era la clase, era el apellido, era el mundo. María Elena era hija de obreros, hippie, amante del rock; había fumado marihuana, había probado LSD, había estado en La Garita 71. Para aquella familia, ella representaba lo contrario exacto de todo lo que tenían planeado para su hijo. Y decidieron separarlos.

VII

El viaje a Inglaterra se organizó a toda prisa. José Ignacio continuaría sus estudios allá y aquello era, en el papel, una gran oportunidad: un futuro brillante, una educación internacional, un camino hacia la universidad. La verdad tenía otro nombre. Era un exilio elegante.

La noche anterior a su partida logró ver a María Elena. Se encontraron en un parque y no sabían qué decirse; habían hablado tantas veces de tantas cosas que ahora las palabras parecían inútiles.

—¿Vas a volver?

—Sí.

—¿Cuándo?

—No sé.

—Entonces no me prometás nada.

José Ignacio la abrazó. Ella lloró; él también. Ya estaban aprendiendo que algunas despedidas empiezan mucho antes de que alguien se vaya.

VIII

La carta fue escrita desde Londres. No fue la primera ni sería la última; fue la que sobrevivió. Quizás porque María Elena la guardó, quizás porque necesitaba conservar una prueba de que aquello había ocurrido.

La hija empezó a leer.

«María Elena:

Aquí hace frío, es de noche y estoy solo en mi cuarto. Pero no es el frío lo que me hace sentirte tan lejos: es que camino por estas calles y veo a miles de personas, y ninguna sos vos.

He escuchado música que nunca habíamos imaginado, he visto lugares que parecían imposibles cuando estábamos sentados en aquel muro frente al Banco Central. Pero cambiaría todo esto por una tarde contigo.

Extraño tu risa, extraño tu manera de hablar, extraño cómo me enseñaste a escuchar la música. Extraño hasta cuando tosía con el humo y vos te burlabas de mí. Extraño La Garita. Extraño aquellos dos días en que nadie sabía quién era mi padre ni cuánto dinero tenía mi familia. Entonces fui solamente yo, José Ignacio. Y vos me quisiste por eso. Quizás eso es lo que más extraño: que nunca me quisiste por mi apellido; me quisiste a mí.

No sé qué va a suceder. Mi padre dice que todo esto se me va a pasar; mi madre dice que vos sos solamente una etapa. Yo quisiera creerles, pero no puedo, porque cuando cierro los ojos sigo viéndote acostada junto a mí bajo el cielo. Y tengo miedo de que un día deje de recordarte. No quiero.

Quiero que sepas que, aunque me lleven lejos, aunque estudie, aunque me convierta en abogado, aunque algún día tenga hijos, una casa y una vida completamente distinta, habrá una parte de mí que se quedó con vos en San José. Allá en aquel concierto en La Garita. En aquella música. En aquellos dos días que van a marcarme la vida.

Te amaré por siempre.

Con amor y nostalgia,

José Ignacio.»

La hija dejó de leer y se llevó la carta al pecho. Y entonces lloró: por su madre, y también por aquella chica que acababa de descubrir.

IX

Y la vida continuó, como continúa siempre. José Ignacio regresó muchos años después: había hecho carrera en Inglaterra y era ya un abogado prominente, casado y con hijos. María Elena también se casó y tuvo una hija; construyó una familia, trabajó, envejeció. La vida hizo con ellos lo que suele hacer con todo el mundo: llenó de obligaciones los espacios que deja el amor. Aquel vínculo, sin embargo, no se borró.

No volvieron a ser novios, no volvieron a vivir juntos, no desafiaron al mundo. Quizás porque el mundo ya les había ganado. Se escribieron, eso sí. A veces. Muy pocas veces. Cartas, tarjetas, alguna llamada, un saludo en Navidad, una pregunta por los hijos, un «¿cómo estás?». Y detrás de cada palabra había otra conversación: la que nunca terminaron.

Nunca dejaron de quererse. No de la manera sencilla en que se quiere a alguien con quien se comparte una casa; era otra cosa, más antigua, más callada. Un amor que no necesitaba posesión. Un amor que había quedado detenido en una edad.

X

La hija terminó de leer cuando ya había oscurecido. Encendió la lámpara del cuarto y miró alrededor: por primera vez comprendió que todos aquellos objetos pertenecían a una mujer que ella nunca había conocido del todo. Su madre había sido muchas mujeres —la hija, la esposa, la madre, la trabajadora, la abuela— y también aquella chica de dieciséis años sentada en un muro de la Avenida Central, fumando, escuchando rock, esperando que el mundo cambiara.

Entonces tomó la fotografía: dos jóvenes, una calle, una época, una juventud. Detrás, escrita a lápiz, una frase: «Nuestros años felices». Y comprendió que no había encontrado una carta. Había encontrado una vida que su madre nunca le contó, una vida enterrada durante más de medio siglo, una vida que tenía nombre: José Ignacio.

Esa noche buscó el teléfono. No sabía si daría con aquel hombre; no sabía siquiera si estaría vivo. Después de algunos intentos consiguió un número. Marcó. Respondió un hombre mayor.

—¿Aló?

A la hija se le quebró la voz.

—¿José Ignacio?

Hubo un silencio.

—Sí.

—Soy la hija de María Elena.

Al otro lado no se escuchó nada. Después, muy despacio:

—¿María Elena?

—Sí. Murió hace unos días.

El silencio se hizo más hondo.

—Lo siento mucho.

La hija miró la carta.

—Encontré algo guardado entre sus pertenencias. Más bien escondido en sus pertenencias.

—¿Qué encontraste?

—Una carta que usted le escribió desde Londres. Está fechada en 1973.

José Ignacio respiró, y en esa respiración parecía que acababan de quitarle cincuenta años de encima.

—Entonces la conservó

No era una pregunta: era una certeza.

—Toda su vida.

El hombre lloró. Y la hija comprendió que algunas lágrimas no pertenecen al presente: pertenecen a todo lo que no pudo suceder.

XI

Se encontraron unos días después. José Ignacio llegó caminando despacio: era ya un hombre viejo, María Elena también habría sido una mujer mayor. Cuando la hija lo vio, comprendió algo con claridad. Había una parte de aquel hombre que no había envejecido, y la reconoció en sus ojos: la misma mirada de la fotografía, la misma tristeza, la misma juventud escondida.

José Ignacio tomó la carta entre sus manos y la acarició.

—Pensé que la había perdido.

—Mi madre la guardó.

Él sonrió.

—Ella siempre fue mejor que yo guardando recuerdos.

La hija lo miró.

—¿La amó toda la vida?

José Ignacio tardó en responder. Afuera empezaba a llover.

—Sí.

No hubo dramatismo. No hizo falta.

—¿Y por qué nunca estuvieron juntos?

Él miró hacia la ventana.

—Porque éramos muy jóvenes y nuestros padres tenían miedo.

—¿Miedo a qué?

Sonrió con tristeza.

—De que fuéramos libres.

La hija guardó silencio. José Ignacio dobló la carta con cuidado.

—Tu madre fue el amor de mi vida.

Ella sintió un nudo en la garganta.

—¿Y ella lo supo?

El hombre la miró.

—Creo que sí. —Y después añadió—: Aunque nunca se lo dije lo suficiente.

La hija bajó los ojos y pensó que quizás esa era la verdadera tragedia de los amores imposibles: no que terminaran, sino que uno envejeciera sin saber cuánto habría cambiado la vida de haber tenido el valor de defenderlos.

XII

Años después, la hija volvió a sentarse frente al Banco Central. El muro seguía allí. La ciudad había cambiado: los edificios habían crecido, los automóviles eran otros, las tiendas ya no eran las mismas, la gente caminaba más rápido. Nadie parecía tener tiempo para sentarse a esperar nada.

Ella se sentó. Sacó del bolso la vieja fotografía y la miró, y por un instante pudo imaginar a su madre: dieciséis años, el pelo largo, la vincha hippie, los collares de cuentas de colores, la brisa de diciembre, la risa, el cigarrillo, la música. Y a su lado, aquel chico con uniforme de La Salle que todavía no sabía que un día sería abogado, esposo, padre, abuelo y hombre viejo. Un chico que había creído que podía obedecer a su familia y olvidar al mismo tiempo. Hay amores que no obedecen, que no desaparecen ni envejecen: solo cambian de habitación dentro de nosotros.

La hija guardó de nuevo la fotografía y, antes de levantarse, pensó en su madre. No en la madre que había conocido, sino en María Elena: la muchacha, la rebelde, la enamorada. La que había fumado marihuana en una ciudad que todavía no sabía qué hacer con sus jóvenes, la que había escuchado rock soñando con un mundo sin fronteras, la que había amado a un chico de una familia para la cual nunca sería lo bastante buena, la que había vivido dos días de libertad en La Garita 71, la que había perdido el amor de su vida… y la que, aun así, conservó durante más de medio siglo una carta llegada desde Londres.

Quizás porque sabía algo que su hija apenas acababa de comprender: que la vida no siempre nos permite quedarnos con quien amamos, y que eso no vuelve inútil al amor. A veces el amor nos recuerda quiénes fuimos antes de que el mundo nos dijera quiénes debíamos ser.

Y quizás por eso, aquella noche de 1973, desde una ciudad lejana y fría, José Ignacio escribió una carta. No para recuperar a María Elena, sino para decirle que, aunque la vida los hubiera separado, él nunca dejó de volver a aquel concierto de La Garita 71. Y que allí, entre la música, la marihuana, los sueños y aquella juventud que ya no existía, seguirían teniendo dieciséis años. Para siempre.

Afiche Festival La Garita, 1971
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