por Valdo J.
Genaro dejó la cafetera italiana sobre el disco de la cocina, a fuego muy lento. El olor del café empezaba a colarse en la casa. Afuera, una atípica lluvia de diciembre golpeaba los techos de zinc. Eran casi las seis de la tarde, una semana antes de Navidad, a una semana de los 80 años de Genaro. En el desayunador, cinco nietos de entre seis y ocho años esperaban con ansias una historia nueva, una que su abuelo nunca había contado. En el exterior de la casa, la tormenta oscurecía más rápido de lo normal.
Genaro carraspeó y miró hacia el patio, donde los adultos conversaban distraídos, aunque lo bastante cerca para escuchar.
—¿Les he hablado alguna vez de la casa cúrcuma?
Los niños negaron con la cabeza.
—Pues entonces pongan atención. La casa de la que les voy hablar, está cerca de aquí, en la calle sin salida, la de los árboles de corteza amarilla. Allí vivía una familia de 6: un hombre mayor, casi de mi edad, una señora enfermiza… un muchacho extraño, dos perros y un joven gato.
Los nietos se acomodaron. El aguacero marcaba el ritmo.
—La casa tenía un horno que nunca se usaba para pan, porque siempre estaba lleno de sartenes. Treinta, tal vez más. La señora cocinaba los domingos como si el lunes fuera a estallar la guerra y hubiera que sobrevivir dos semanas a punta de sobras. Nadie le pedía nada, nadie aprobaba ese menú perpetuo. Ella lo repetía. Enferma un mes, medio muerta el siguiente, recuperada siempre a tiempo para seguir. Partera de sartenes, esclava de sus propias dolencias, incapaz de morir del todo porque tenía que seguir cocinando, sufriendo.
Los nietos abrieron los ojos, intrigados. El menor no aguantó y soltó:
—¿Y por qué tantos sartenes, bo?
Los otros lo callaron a manotazos:
—¡Poné atención! ¡Dejá que el tata cuente!
Genaro sonrió.
—El muchacho de la casa lo veía distinto. Decía que los sartenes se multiplicaban como cucarachas. Y un lunes decidió empezar la fumigación. El primero en desaparecer fue el más pequeño y raspado, el que ya no tenía teflón y en el que un huevo nunca podía freírse parejo: la clara quemada a un lado, la yema rota en el centro. Lo puso en una bolsa negra en la acera, justo antes de que pasara el camión de la basura. Nadie dijo nada. Eso lo animó.
—¿Y siguió sacando más? —preguntó una de las nietas.
—Cada lunes, un sartén menos. Primero de uno en uno, luego de dos en dos, hasta atreverse con tres. El horno lo agradecía: cada espacio liberado era un respiro, un hueco de aire fresco que parecía abrirse dentro de la casa. El problema era que los sartenes nunca se rendían. Como si hubiera reservas escondidas, siempre aparecían nuevos. La señora debía tener un arsenal oculto. Incluso soñó con conseguir otra cocina, convencida de que ocho sartenes hirviendo al mismo tiempo le traerían una epifanía divina.
Genaro hizo una pausa. El aguacero apretaba.
—Yo conocí a ese muchacho. Caminé con él, largas caminatas, hasta donde el cuerpo aguantaba. Solo lo acompañé tres veces; nunca más en mi vida caminé tanto. Su odio por las cucarachas no se comparaba con el que tenia por los sartenes. Cada cucaracha que aplastaba en el camino la llamaba “otro sartén”. Esa manera de nombrar me dejó un nudo en las entrañas. No era perverso… era distinto, raro. Una molestia que no supe explicar en aquel momento.
Los nietos tragaron saliva.
—El gato fue el primero en rebelarse. Creció encerrado en el cuarto de la señora, entre trastos viejos, hedores y orines. Sus maullidos, más que maullidos: parecían oraciones desesperadas, súplicas a algo o alguien que lo dejara salir. Un lunes, el muchacho sacaba una bolsa llena de sartenes y lo vio sobre el portón. El animal lo miró fijo, bajó con calma, se restregó contra sus piernas y recibió una caricia. Hubo una última mirada entre ellos, como de despedida. Luego salió corriendo. Ni el gato ni los sartenes de esa bolsa volvieron jamás.