por Valdo J.
Llegué al taller literario sin muchas ganas, lo confieso. No porque dudara de mi trabajo, sino porque esas dinámicas de “compartir” nunca me han convencido. Yo no necesito que nadie me corrija; mi escritura ya se sostiene sola, con el peso de los meses invertidos en el único aspecto que de verdad me importa: la construcción de personajes sólidos.
Sin embargo, acepté venir. No por humildad —ese lujo nunca me lo he permitido— sino porque todo escritor que se respete debe exponerse, en algún momento, a la mirada de sencillos aspirantes, simples lectores. Además, ¿cómo iban a saber ellos que existe otra forma de escribir si yo no me dignaba a mostrárselas?
El aula era sencilla: pupitres gastados, tubos fluorescentes que zumbaban como zancudos eléctricos, y al fondo, detrás del escritorio desde el cual daría yo cátedra, un pizarrón verde de madera con marcas de tiza antigua, testigo de batallas escolares olvidadas. Lo noté de inmediato: pronto mi obra ocuparía ese espacio.
Apenas me senté, tosí. Una tos seca, breve, me alarmó más de lo que admití en voz alta, luego de pedir disculpas. Pensé en la posibilidad de estarme desgastando demasiado. No sería raro: seis meses enteros dedicado a las biografías de mis protagonistas: Chus y el Capitán Planeta, bien podrían haber cobrado factura en mi cuerpo. ¿Y si estaba perdiendo la voz? ¿Y si me desplomaba en medio del taller? No meditaba en ello por la vergüenza de caer en público —eso me tiene sin cuidado— sino porque me dolería no poder interactuar con los talleristas. No sería justo para ellos, privados de escucharme explicar lo que significa de verdad trabajar un relato.
El zumbido de los fluorescentes y mis pensamientos llenaba el aula como una música de fondo. El silencio estaba cargado de expectativa. Yo lo saboreaba.
Con gesto ceremonioso abrí la carpeta que traia. Miré a los aspirantes a escritores con escarnio. Sabía que algunos esperaban escuchar un borrador del cuento. Pobres ilusos. Darles a estos talleristas, el deleite de escuchar un relato de mi propia boca tiene un valor incalculable, uno que obviamente no han pagado: estoy aquí de gratis, haciéndoles un favor. Decidí entonces regalarles algo superior, algo que los iluminaría mucho más que la simple lectura: descubrir el proceso creativo de mi obra. Lo dije en voz baja, con tono melodramático, como si compartiera un secreto que hasta entonces había estado reservado a los grandes salones de la literatura.
Expliqué que lo que tenía era lo esencial, lo que sostiene cualquier narración digna: las biografías de sus personajes. Les conté, sin temblar, que de Chus llevaba treinta y cinco páginas. Del Capitán Planeta, veintisiete.
Cuando terminé, nadie habló. Nadie se atrevió a toser.
Entonces, al fin, un joven aplaudió. Dos palmadas solitarias, torpes, casi vergonzantes. Yo quedé asombrado, no por el aplauso, sino por lo moroso. ¡Había pasado demasiado tiempo sin que nadie reconociera lo evidente! Era inconcebible que la ovación no hubiera estallado desde el primer minuto. Pensé, quizá las quince páginas que eliminé de Chus eran indispensables. Tal vez las veintisiete de Capitán Planeta se quedaban cortas, de ahi la dilación de la primera ovasión. El aplauso había llegado, sí, sin embargo tardío, muy tarde.
El director del taller, con voz grave, rompió la quietud:
—Interesante, muy interesante tu forma de abordar la construcción de un relato. Decime… ¿y de qué tratará al final el cuento?
Sonreí. Esa era la pregunta que cualquiera esperaría, y precisamente por eso la esquivé.
—Permítanme aclarar un punto que quizá no han notado todavía —dije, como si revelara un secreto mayor—. No he hablado de los tres personajes secundarios. Apenas cruzarán la página, sí. Esa breve aparición no los exime de ser la espina dorsal del relato. El dueño de una soda bautizada EL REFUGIO: Don Martín. Una mujer que se asoma solo para preguntar la hora. Y un niño de dos años que sostiene una mirada intensa con Don Martín. Es todo lo que hacen. Eso, y nada más.
Como si fuera un gigante hablandole a enanos, con las palmas de mis manos sobre el escritorio y de pie me acerque al grupo, lo que me permitía la distancia entre aquel viejo escritorio y los demás.
—Como dice el refrán, el diablo está en los detalles. Ellos son los cimientos invisibles. El lector quizá ni lo note, si los descuido, la obra se derrumba, de lo que estoy completamente seguro. Me tomará tiempo, lo sé: nueve meses, quizá un año entero, para dejar esas biografías impolutas.
El director del taller literario asintió con juicio. No entendía nada. Tomó aire, acomodó la libreta frente a sí y respondió con un tono amable, definitivo, de esos que clausuran una conversación sin necesidad de continuarla:
—Supongo que serán más de cien páginas. En cuanto las tengas listas, traélas. Lo publicaremos en la revista del taller. El cuento… no hace falta.
Lo dijo como quien cumple un protocolo, sin esperar confirmación ni objeción alguna, y pasó la página, dando por cerrado el asunto. Hubo un cuchicheo reverente, como en misa cuando se escucha el Amén.
Yo apenas alcancé a agradecer cuando una joven levantó la mano. La observé de pies a cabeza. Tenía más aire de poeta que de cuentista o novelista, y en cualquiera de los tres escenarios, no de muchos quilates.
—Disculpe —preguntó—, ¿cuál será la extensión final del relato?
Me reí. Jamás por burla, sino por satisfacción. Era la pregunta que esperaba. La que todo lector atento y razonable, después de escucharme, debía formular.
Chasqueé los dedos en dirección al director del taller, sin mirarlo. Él, sin dudar, me alcanzó un trozo de tiza dorada. Me levanté despacio, caminé hasta el pizarrón verde y escribí el título de mi relato con letras firmes, ocupando todo el ancho disponible.
Luego me volví hacia la clase. Apoyé la tiza sobre la primera palabra y, al tiempo que la subrayaba, la leí en voz alta. Hice lo mismo con la siguiente, y con la siguiente, marcando cada término con un trazo decidido, como si cada línea sellara su importancia frente a los talleristas, que seguían el recorrido de la tiza sin atreverse a interrumpir.
—La condición humana en tiempos de relojes digitales.
El aula entera quedó en silencio. No de incredulidad: un silencio reverente, como si hubieran presenciado una manifestación. El director cerró su libreta. Los demás lo imitaron. Nadie dijo nada.
—Muy buena su pregunta, señorita —añadí—. Este será un relato corto. No más de cuatro o cinco páginas.
Recogiendo mis papeles con calma, pensé entonces: bueno, sin duda que hoy he dejado claro que siempre se puede aprender algo nuevo. No todos los días se tiene acceso al título y a la medida exacta de una obra.