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Casa antigua de piedra con jardin frontal y ventanales amplios, asociada a un recuerdo de infancia y a una tarde que marco un quiebre emocional

La tarde en que la alegría se volvió miedo (1966)

El niño venía caminando con el corazón encendido. Tenía cinco años, una edad en la que la vida cabe completa en una tarde de juegos. Avanzaba feliz, radiante, casi brincando. En la cabeza traía mil cosas para contar: la casota enorme, los ventanales brillando como espejos al sol, los cuadros del abuelito español —médico y farmacéutico, también pintor—, la merienda, las risas y, sobre todo, el descubrimiento más grande de todos: un amigo.