El desierto empezaba a enfriarse, el calor seguía pegado al suelo como una costra. La tarde estaba torcida hacia la noche, con un sol bajo que todavía pesaba sobre la arena y se reflejaba en pequeños cristales de polvo en suspensión. El viento no soplaba fuerte, no paraba nunca; era mas una respiración áspera que una ráfaga.
En medio de esa nada habían puesto una mesa rectangular de madera, vieja, con las patas enterradas unos centímetros en la tierra reseca para que no se la llevara el aire. No había sombra cercana, ni casas, ni postes, ni huellas de camino reconocible. Solo la mesa, cuatro sillas desparejadas y el horizonte en todas las direcciones.
Él estaba sentado en uno de los extremos, de espaldas al sol. La camisa clara tenía marcas de sudor en la espalda y en el pecho, y el polvo se le había pegado a la barba de varios días. Tenía las manos sobre las rodillas, quietas, como si estuviera esperando a que alguien diera una señal que nunca terminaba de llegar. una hoja de periódico viejísimo hacía de individual , sobre este un bolso viejo color naranja.
Frente a él, en la silla opuesta, estaba la mujer. El cabello oscuro le caía sobre los hombros, en mechones algo enredados por el viento. Tenía la piel marcada por pequeñas líneas de cansancio más que de edad, y una mirada concentrada que no se perdía en ningún lado: lo miraba a él, nada más. Su belleza no detendría a un pueblo, había algo en la forma en que fruncía levemente el ceño, cómo apretaba la boca cuando escuchaba, que hacía imposible ignorarla.
A un costado, estaban los otros. No habían dicho sus nombres y nadie los había pedido. Uno apoyaba los codos en la mesa y entrelazaba las manos, atento; el otro se hacía un poco hacia atrás, con la silla inclinada, sus ojos apuntaban siempre hacia el mismo lugar: el hombre y la mujer frente a frente. No parecían curiosos ni incómodos. Tenían el porte de quienes saben que han llegado a presenciar algo que no les pertenece, más aun merece ser visto.
El viento seguía pasando entre los cuatro, levantando pequeñas nubes de polvo que a veces se quedaban flotando sobre la mesa como un velo delgado. Más allá, todo era plano y amarillento. El desierto no ofrecía una sola distracción.
Él abrió el bolso sin apuro y sacó primero un trapo doblado. Lo dejó a un lado y metió de nuevo la mano hasta encontrar el primer revólver. El metal oscuro mostraba marcas profundas, zonas mate que habían perdido toda intención de brillar. Lo colocó sobre la mesa y extrajo el segundo, algo más largo, con un tambor que no encajaba en ningún sitio conocido. Los dos espectadores inclinaron ligeramente la cabeza, atentos al movimiento de sus manos.
Él tomó el primer revólver, giró el tambor con ambas manos como quien intenta despertar una máquina dormida y acercó la pieza al oído de la mujer. No dijeron nada. Escucharon ese giro sin munición, ese giro seco que no anunciaba peligro ni salvación. Luego alineó el cañón con el rostro de ella, apuntando directo al ojo, y acercó su propio rostro al extremo opuesto, como si buscara verla a través de un túnel gastado por el tiempo. Ninguno se movió. Ninguno rompió la mirada. Él bajó el arma y la sostuvo firme, sin teatralidad, con algo cercano a una familiaridad largamente practicada. Tomó el segundo revólver, lo alzó a la altura del hombro de la mujer, apretó el gatillo y el único sonido que salió fue el de una pieza antigua liberando aire, más cercano al suspiro de una bisagra que al disparo de un arma. Los cuatro escucharon ese chasquido sin emitir juicio.
Él dejó las dos armas sobre la mesa, alineadas, y acomodó el trapo cerca del borde. Después apoyó una mano sobre el mango del revólver más pesado y dijo:
—Estas piezas me acompañan en el camino. No tengo nada más para defenderme.