I. La misa negra original… moderna
Para entender el circo del momento conviene recordar que la famosa “misa negra”, tal como la imagina las masas, es un invento del siglo XX. No tiene mil años, ni raíces ocultistas en la Edad Media, ni rituales transmitidos de generación en generación. Fue una creación moderna, performática, usada para subvertir símbolos religiosos, un teatro deliberado para incomodar al poder clerical. Era más sátira que fe, más provocación que dogma, más performance que homilia ancestral. Algo que en la Asamblea Legislativa se ejecuta con un cinismo casi litúrgico: un ritual al revés en el que los diputados no rinden culto al pueblo —ese dios decorativo que invocan solo en campañas— sino a los verdaderos benefactores que los instalaron en el bunker; una ceremonia solemne en apariencia, pero diseñada para travestir intereses privados de “voluntad republicana”, mientras convierten la Constitución en atrezo barato y desprecian, con una superioridad de casta, a una ciudadanía que nunca tuvo el privilegio real de escogerlos.
Porque lo verdaderamente obsceno no es imaginar una misa negra transmitida por radio o televisión, sino reconocer que la política costarricense —en alianza tácita con empresarios de viejo linaje y con un clero siempre dispuesto a bendecir al poder— ha practicado durante décadas un ritual mucho más sórdido: decisiones tomadas en cuartos cerrados, favores disfrazados de Democracia, silencios comprados y un desprecio constante hacia el mismo pueblo que dicen representar. En tiempos recientes, ni siquiera hacen el intento de ocultarlo; han llegado al punto de ejercer ese servicio religioso oscuro a plena luz del día, como si el país entero debiera aceptar, con devoción obligatoria, el derecho diabólico que ellos se adjudican para saquear lo que no les pertenece. El paralelismo es inevitable: Costa Rica está haciendo lo mismo, pero al revés.
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En el siglo XX, la misa negra fue un invento moderno que se hacía pasar por algo ancestral.
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Hoy, en Costa Rica, ciertos grupos hacen lo contrario: presentan algo reciente, mediocre y coyuntural como si fuera una tradición antigua, sagrada e intocable.
Es exactamente el “mismo truco”, pero invertido: Antes: inventaban antigüedad para dar autoridad. Ahora: inventan antigüedad para proteger privilegios. Es el mismo mecanismo psicológico, pero con sentido inverso.
Los grupos que hoy se rasgan las vestiduras apelan a una tradición milenaria que nunca existió. Hablan de un ecosistema mediático “atávico”, cuando lo que hubo siempre fue una estructura de concesiones entregadas discrecionalmente, regidas por una ley de 1954 que nació antes de que la banda FM siquiera existiera. La “antigüedad” que defienden no es cultura: es un congelador jurídico diseñado para que unos pocos administren lo que pertenece a todos.
Así como la misa negra no era más que una representación simbólica, la defensa histérica de la radiodifusión tradicional también lo es. No lloran por la cultura, la información, la comunicación; lloran por la pérdida de una estructura que les servía.