El campo de batalla era ahora la academia, la educación asegurada para toda la población se convirtió en el vehículo de la ideología, implantando el modelo teórico social de la “democracia” criolla, descodificada de dos maneras: una fórmula insostenible pero atractiva a las esperanzas de las masas, y una eficaz pirámide de control para las élites.
Una sola sociedad burguesa con dos banderas, se ocupó de gobernar por décadas bajo una misma ambición, consentida por una mayoría cada cuatro años.
Cuando la decadencia de la clase política destapó su inmundicia bajo las narices de hasta el más incauto, el mismo sistema democrático posibilitaría el éxito de la gran estafa. Las luchas internas de los trepadores se disfrazaron de ideologías para enardecer las pasiones. Todos fuimos entonces a participar del supuesto cambio que traería finalmente la prosperidad y, al ser testigos de tal debacle, caímos en el peor de los abismos: volvimos a apostar a la receta ofrecida desde arriba, a los salvadores, a los caudillos.
Peor aún, nos dejamos enajenar por la ficción que nos pintan los aspirantes a los escaños, agrupados en partidos que se enfrentan como mafias. Todo atiende a la reacción sin pensamiento. El combustible para la aceleración del capital político es la respuesta biológica que más fácilmente se logra obtener de un ser oprimido y recluido en el desconocimiento: el miedo, la ira y el odio.
Al fin y al cabo, las ideologías han terminado siendo algo más que un argumento visceral que se vende a quien haga “click” con su perfil y según sus aspiraciones. Ahora son ellas, además, un señuelo bastante eficaz para atrapar la voluntad de las masas y llevarlas a un laberinto de odios y discusiones sin sentido, separando el pensamiento crítico de los temas que realmente deberían importar, como la economía, entendiéndose ésta como la valorización de las acciones humanas para el intercambio, que se cuantifica, se reparte y se acumula (indefectiblemente) en manos de particulares o colectivos.