Por mucho tiempo nos pintaron a los grandes autores perfectos, impolutos, sin negros ni grises. Este podcast los devuelve a la tierra: gente con deudas, con enfermedades, con tragedias encima, que aun así logró crear las obras que creó. No es que me consuelen sus desgracias; me llama la atención lo humanos que eran. Ahí está Horacio Quiroga, de quien recomiendo el cuento “A la deriva”: al escuchar su vida uno entiende por qué escribía lo que escribía, además de descubrir que era tremendo desgraciado (eso es otra historia). Se necesita ser bastante raro para querer inventar historias: levantar cuentos, novelas, versos donde antes no había nada. Yo soy raro, siempre lo he sido, soy consciente de ello. ¿Y cómo no, si vivo en un mundo todavía más raro que yo? En semejante universo, mi actitud es la normal.
Hasta que llegué al episodio catorce: Roberto Bolaño. Con él me pasó algo distinto. Me identifico con la forma en que la vida y sus alrededores le aplicaron restricciones — a mí también me las aplicaron: el barrio, la escuela, el colegio —, y lejos estoy de haberme convertido en todas las estupideces que pronosticaban los viejos putos del vecindario y las hijueputas madres de casi todos los compañeros con los que fui a la escuela y al colegio. Y luego, el personaje: un hombre que le huía al doctor tanto como le huyo yo, que se encerró a escribir y dejó catorce mil páginas, que publicó más obra muerto que vivo. Libros de seiscientas páginas, de mil, de capítulos que son ladrillos enteros. Terminé el episodio y caí en el agujero: entrevistas suyas en YouTube, en Spotify, una tras otra. Y que quede claro: lejos estoy de ser como Bolaño — jamás, por favor —. Eso sí: ¿a quién no le hubiera gustado ser la mitad del escritor que fue Roberto Bolaño?
Hoy encontré “Los detectives salvajes” en audiolibro. Lo descargué, me preparé para una caminata: teléfono al bolsito, reloj listo — botón superior izquierdo, cronómetro, mismo botón, iniciar —, correas para los perros y play al relato. A las ocho de la mañana empezamos el patrullaje. Terminé a la una de la tarde: cinco horas de una sentada, y eso que es apenas el principio. El poeta García Madero, Ulises Lima, Piel Divina, el tocadiscos del papá de las poetas… Lo volvería a escuchar mañana mismo.
Por eso les recomiendo Grandes Infelices. Yo me considero uno de ellos, un gran infeliz — no por buen escritor: más tirando a gran hijueputa —. Lo van a disfrutar. Y de paso les dejo los dos caminos del agujero: el episodio dedicado a Bolaño lineas arriba, recomendadísimo y el audiolibro oficial de “Los detectives salvajes”, publicado por la propia editorial y disponible gratis en Spotify. Correas, cronómetro, play. Nos vemos del otro lado.