“No veré el Mundial de Qatar. Ha muerto gente construyendo los estadios. No es un país de fútbol“
(Eric Cantona)
por Fabián González Alvarado
Corro por la alameda gritando gol, mis amigos también se lanzan afuera desde sus hogares, brincamos sobre los poyos del parque que llena de verde el corazón de la manzana, alrededor del cual circundan las casas de mi vecindario lleno de fútbol.
En el recuento de las tantas desgracias, la humanidad no podrá evadir, tarde o temprano, que en el año 2022 los partidos del mundial de fútbol se jugaron en un bodrio de urbanidad sin alma ni herencia, sin pasado ni tradición. En los pabellones enchapados de mármoles y granitos, los hombres de negocios aseguraron sus apuestas con sus plumas de oro, sobre ébanos que una vez fueron bosques. La torre de Babel en el centro de la Babilonia posmoderna, construida por esclavos de las miserables tierras vecinas (tan cercanas como ajenas), absorbió en su obscena materialidad de recursos agotados por la insaciable ansiedad humana, un ruido de lenguajes inconexos, porque ninguno alcanzó comunicar, como la pasión del fútbol, el amor de la conciencia.
El mundial de fútbol se jugó en una ciudad que no debería existir, en una afrenta que nuestra tierra no debiera conocer, en un tumor de la metástasis humana sobre el planeta.
En los gigantescos estadios climatizados; de última tecnología, donde dieron su vida miles de esclavos, azotados por el clima; los amos del mundo saciaron su sed desde los palcos, con agua de manantiales lejanos. Afuera de estos coliseos cibernéticos, no pasó lo mismo que en el Maracaná o en el Azteca. No hubo niños hambrientos y sucios que sufren, pero son felices, cuando la calle se vuelve una cancha y una bolsa de basura compactada emula tiernamente un balón. Afuera de sus estadios no crujieron los techos oxidados que guardaban una multitud de corazones, que palpitaron su pasión por el fútbol.
No existieron colonias obreras en cuyas calles jugaban los chiquillos que luego compondrían canciones de amor y revolución. No viven nativos que recuerdan en el fútbol a sus grandes ancestros, con su juego de pelota. No hay favelas, precarios o villas miseria, donde las madres con sus bebés en brazos saltan de emoción y las abuelas orgullosas corean los nombres de sus nietos, que juegan descalzos en el barreal. Nadie ahí alzó en hombros a su compañerito de escuela mientras gritaba: – ¡Dale Diego! ¡Vamos Lio! ¡Duro Shirley! ¡Gracias Joel! Difícilmente hubo quien se sacara del pecho el corazón y lo despejara al aire como un saque de puerta, perdiendo la voz para gritar: – ¡Este pedazo de mi vida es tuyo, querido Pastor Fernández!
En el mundial mayor masculino de Catar 2022, nadie llegó a practicar fútbol como lo jugaban los carajillos malcriados del Primer Parque de Villa Hermosa, donde crecimos correteando detrás de la pelota, subiendo a los techos, para recogerla y pegándole parches para remendarla.
La cocina llena de gente por la mañana, mi madre ayudaba a mi abuela a preparar algo con papas. Ese lunes 11 de junio de 1990 nadie fue a la escuela ni al trabajo, las familias se reunieron en sus hogares, junto a sus radios y televisores, para apreciar la señal satelital, por la cual no era necesario pagar una cuota extra mensual. Casi se veía el rojo de las camisetas en el televisor a blanco y negro de diez pulgadas frente al que, mi abuelo, mis tíos y yo mirábamos atentos los rostros asustados de nuestros representantes en el mundial de Italia: un grupo inexperto, pero tenaz, de turistas que no podían evitar dejarse aplastar por los treinta y dos mil aficionados que esperaban su derrota.
Darle la vuelta a la manzana en bicicleta (para liberar la tensión) o caminar hacia la pulpería, se sentía como si todo el barrio fuera una gran familia (como cuando el eclipse total de sol o el cometa Halley). Dentro de las casas, con sus puertas abiertas y sus antejardines sin rejas, se podían ver los ojos brillantes de las familias reunidas, reflejando la luz del televisor que proyectaba el primer partido de nuestra selección nacional en un mundial de fútbol.
Las maravillas de la arquitectura de Catar se construyeron con la fuerza de más de dos millones de migrantes que fueron arrancados de sus barrios a causa de la miseria y vendidos como mercancía a las empresas. Los vecinos de esta fatídica sede mundialista pasaron a ser convertidos en esclavos, azotados, explotados, violados y asesinados por los privilegiados Jeques. La pena de muerte es la opción de quien pretende expresar su opinión, hacer uso de su libertad o exigir el cumplimiento de sus derechos en esta nación feudal.
El monumental y convincente proyecto urbanístico del mundial de Catar, diseñado por el primogénito del nazi Albert Speer, arquitecto de Hitler condenado en Núremberg, ha costado la vida y el dolor de las familias más pobres del planeta. Los lujos y excesos de los escasos trescientos mil cataríes han cobrado la muerte de más de seis mil quinientos esclavos, la mayoría desplomados luego de más de dieciséis horas de trabajo a más de cuarenta grados de temperatura.
Los dueños del planeta, que habitan los palacios de Catar, juegan con ejércitos, armas, guerras, religiones, terroristas, patriotas, disidentes, refugiados, bancos y recursos planetarios, como si fueran peones de ajedrez. El hambre y la sed no les roban el sueño, de eso no conocen, como no conocen la pasión del fútbol.
Afuera de los cristales climatizados de los rascacielos y a un lado de las autopistas, las calles áridas e hirvientes de Catar muestran el silencio y la desolación de una ciudad habitada por fantasmas, cuyo vaho irrespirable les robó la voz, como la ley les robó el derecho, como el sistema de trabajo les robó la vida, como el capital les robó la alegría y ahora también el fútbol.
Que tales evidencias recuerden horrores como el mundial del 78, en una Argentina masacrada por Videla, o la oportuna propaganda del mundial del 34, en la Italia Fascista de Mussolini, no podría ser sinónimo de complacencia o legitimación. Más aun, sirve para calcular la decadencia humana que ha sumido a las masas a merced de los tiranos (ahora a través de las redes y siempre mediante el uso de la propaganda), no menor que nuestra propia indiferencia y apatía.
Jara repunta el costado izquierdo de la grama del atestado Luigi Ferraris, allá en Génova, bajo un sol vespertino, entre verano y primavera. Mientras tanto mi abuela salpica el último cuarto del guisado y mi madre profundiza algo de picar hacia el área chica de la sala, donde la línea de tres (Mi tío, mi abuelo y yo) sostiene la energía del contragolpe costarricense, que desorienta la media escocesa. Se apoya en Chavarría, que triangula con Marchena, que detiene el balón unos instantes como quien afina la punta del lápiz que escribirá la historia. La mecedora entonces se reclina hacia adelante y mi abuelo prepara ambas chancletas sobre el terreno de juego. Marchena, que atraviesa en diagonal a la defensa escocesa, entrega el esférico en los pies de Jara. Mi abuela vigila con su oído los procesos de cocción, unos pasos al frente de la diminuta pantalla, haciendo un gesto con el cual su nariz levanta los lentes y permite que los bifocales ajusten el objetivo. Antes de pensarlo, Jara había acariciado dos veces el balón con el zapato derecho: la primera para apaciguar su velocidad y la segunda para desviar la trayectoria por detrás de su cuerpo, enclavado en el centro del área escocesa. Así la bola podría, de una manera tan eficaz como elegante, ir a dar al lugar en donde había sentido el palpitar de su compañero Cayasso.
Me asusta un poco el grito de mi madre, que le comunica al vecindario la efectividad de la señal satelital con una intensidad aun mayor que mi abuelo cantando el himno nacional. La izquierda de Cayasso ya había disparado la pelota contra la red del arco escocés.
Corro por la alameda gritando gol, mis amigos también se lanzan afuera desde sus hogares, brincamos sobre los poyos del parque que llena de verde el corazón de la manzana, alrededor del cual circundan las casas de mi vecindario lleno de fútbol. ¡Viva Cayasso! ¡Viva Jara! ¡Viva la selección tica! Aún no ha terminado el partido allá en Italia y ya nosotros estamos mejengueando, porque el fútbol se celebra jugando en la calle.
Para los dueños de esa ciudad instantánea y ficticia, el comercio, la publicidad y las redes son tan sustanciales como los misiles y el petróleo. Es por eso (y por nada más) que el mundial de fútbol del 2022 se llegó a jugar allá en Catar, paraíso de la opulencia, templo a la codicia, ejemplo de desprecio de los hombres que se reparten el planeta, por el resto de la humanidad.
Asegurará el Emir su hegemonía en el control de la especie humana y se gastará en una vida los recursos de una civilización completa, pero la pasión del fútbol; como el aire, las estrellas y las nubes, como el abrazo de los chamacos sobre los poyos del Primer Parque de Villa Hermosa, o cualquier otro barrio; eso no lo alcanzará.
Ojalá la pasión que nos hace llorar frente a nuestros ídolos, sea la mano que ayude a levantar a los oprimidos, hacia un fin del mundo con tanto Amor, como fútbol.