Segundo acto: La Ley de elasticidad de Hooke.
La infancia me abandonó e, inexorablemente, tuve que recibir a la adolescencia. Subrayando, una vez más, que la exactitud no es dimensión esencial del relato, es muy probable que me encontrase cursando el noveno año de colegio (lo cual, a todas luces, es una frase inconsistente: no arrastraba a mis espaldas ocho años previos de instrucción colegial), cuando la gaveta de las cuestiones irresolubles dejó filtrar un halo de luz y, con un soplido de sapiencia, desempolvara el misterio del elástico metálico (cuyo destino material último desconozco por completo).
Digresión antojadiza. Robert Hooke, apodado el «Leonardo de Inglaterra», adquirió renombre y riqueza en buena parte gracias a su prominente polimatía. Prolífico como pocos hombres en la historia, su curiosidad e ímpetu intelectual lo colocaron, de manera póstuma, en lo más alto de la evolución del conocimiento científico. Vilipendiado por sus contemporáneos (sus disputas con Isaac Newton están bien documentadas), llegó a desarrollar un cierto grado de paranoia, lo que lo llevó a crear un intrincado lenguaje críptico para proteger sus creaciones y hallazgos en los muchos campos en los que intervino.
Su ímpetu atravesó temas tan diversos como la biología, la agrimensura, la física planetaria, la arquitectura, la microscopía y la náutica. Un rasgo singular es que, desde joven, fue un ferviente y absorto observador tanto del entorno inmediato y palpable como de aquel «oculto a plena luz» (de ahí su interés por la microscopía). Paralelamente, su medio predilecto de documentación era el dibujo a mano. Entre sus muchos aportes se encuentra el postulado de la relación directamente proporcional entre la extensión que experimenta un cuerpo elástico y la fuerza requerida para lograr dicha extensión.
Para proteger su tesis, Hooke la cifró en un anagrama: Ut tensio sic vis («como la extensión, así la fuerza»), axioma que fácilmente puede trasladarse a otros campos de significación. Eventualmente, el anagrama derivó en una ecuación que armonizaba «fuerza» (F) con «elongación» (𝛿) por medio de una «constante elástica» (k): F = –k𝛿.
De vuelta al salón de clases, en aquella sección de noveno año a la que pertenecía por riguroso orden alfabético, la «vacuidad mental» recibía contenido y contorno. Bien pudo haber sido temprano por la mañana cuando «El Físico» —como se conocía al espécimen de la fauna pedagógica que nos impartía lecciones— abordó el legado del señor Hooke.
Ya fuera por azar o por un fenómeno aún inexplicable, apenas había sonado el timbre que cortaba en bloques de cuarenta y cinco minutos las sesiones, cuando una mezcla casi insoportable de nostalgia y satisfacción se apoderó de mí. Desde lo más recóndito de mi infancia se proyectaba hacia mi presente la mano responsable de develar uno de mis misterios infantiles: la ecuación, fruto de las cavilaciones de Hooke, explicaba por qué mi «slinky» se negaba, una y otra vez, a subir las escaleras: no había fuerza actuando sobre el cuerpo elástico que lograra la elongación requerida para desandar el camino.
Con la pérdida de inocencia que el conocimiento científico indeleblemente inflige, esta micro-epifanía, como tantas otras, hizo mutis y dejó paso a nuevos personajes en la tarima de mis intereses y curiosidades. Hasta que, de la forma más antojadiza —por inesperada—, la severidad de Hooke fue eclipsada por un tenue contacto con las fibras que tensan mi pasado infantil y la apertura hacia un mundo desconocido.