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ANDOLFO SANTA TECLA

“ANDOLFO SANTATECLA, EL CARDENAL MATEMÁTICO”

En 1983, Centroamérica era un mosaico de trincheras que ardía en conflictos, explosiones y gritos sofocados. Entre barracas y conspiraciones, un nombre era mascullado con reverencia y miedo: Andolfo SantaTecla, matemático brillante y carismático originario de un pequeño pueblo cuyo nombre era tan olvidable como los discursos del régimen. Andolfo no solo había resuelto las ecuaciones que daban forma a su vida, sino también los problemas de los pequeños comerciantes y campesinos, enseñándoles matemáticas básicas para subsistir en tiempos tan convulsos. Esto lo convirtió en un héroe para los desfavorecidos y en un blanco para el régimen militar.

Las autoridades lo acusaban de algo más que de comunista: estaban convencidos que, detrás de sus clases de aritmética, Andolfo estaba formando células insurgentes que amenazaban la estabilidad de la nación. Por eso, un día, la noticia llegó como un mazazo: los escuadrones de la muerte habían puesto precio a su cabeza. Y no por comunista —eso era un cliché en esos días—, sino por ser matemático. Su capacidad de cálculo, decían, era un arma peligrosa en manos equivocadas.

Gracias a los comerciantes y campesinos que lo consideraban un salvador, Andolfo logró escapar disfrazado de cardenal. Con una maleta destartalada repleta de libros. Andolfo SantaTecla se aseguró de dedicar especial cuidado al empaquetado del más preciado de todos: el Álgebra de Baldor. Lo envolvió con telas gruesas, casi como si protegiera un tesoro invaluable, y lo colocó con precisión junto a una calculadora científica Hewlett-Packard HP-35 y sus escasos ahorros. Con todo listo, abordó un avión con destino a Costa Rica, el país prometido donde las balas no hablaban más alto que las ideas.

El vuelo que lo llevó a San José sería recordado como uno de los episodios más caóticos y surrealistas de su vida. La coincidencia lo puso junto a una delegación de la Iglesia Católica costarricense que regresaba de un congreso internacional. No eran cardenales cualquiera: entre las sotanas y los rosarios se ocultaban figuras tan estrambóticas como Andolfo mismo, incluidas tres mujeres que llevaban años infiltradas en la curia y que ahora, entre el licor barato y los cánticos gregorianos que se transformaron en cumbia, terminaron despojándose de sus vestiduras religiosas.

El avión sobre su paso por Nicaragua, fue golpeado por turbulencias que sacudían a todos y todo, convirtiendo el vuelo en una coctelera celestial, trocando aquel escenario poco a poco en un bacanal que involucró a casi que la tripulación completa: las “cardenales” bailaban descalzas, el piloto dejó los controles para unirse al jolgorio por unos instantes, y Andolfo, en algún momento, terminó con la cabeza reposando sobre los pechos descubiertos de una de ellas, con los ojos cerrados y bien abrazado como si fuera la culminación de una fórmula divina, bailando super pegado al ritmo de San Miguel de Ismael Rivera.

Fue entonces, entre un violento sacudón, que un relámpago fulgurante iluminó el cielo, y un estallido de dolor en su abdomen provocado por los chicharrones, la sopita e rabo, las sodas con atún y un ceviche muy sospechoso de piangüas, que Andolfo tuvo su visión. Las raíces cúbicas, equivalencias, cuantificadores existenciales, delimitadores de conjuntos y demás símbolos matemáticos se meneaban en su mente y ante sus ojos como espectros incandescentes, y en el centro del torbellino apareció una solución tan límpida y precisa que le robó el aliento. No en forma de números diáfanos y elegantes, sino como una tromba de ecuaciones danzantes en el aire. LA HIPÓTESIS DE RIEMANN, ese enigma matemático que había leído de pasada en sus días de estudiante, ahora le parecía evidente.

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