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CONTRATO DE DOMINGO (EN DESARROLLO)

El hombre no era un cura cualquiera. Había nacido fuera de San José, en una casa sencilla donde la palabra valía más que los papeles. Estudió filosofía y teología en el extranjero, regresó con un verbo afilado que pronto lo hizo destacar entre curas más grises y ceremoniosos. Ordenado hacía 20 años, se ganó el respeto por homilías que no repetían fórmulas, sino que hablaban de frente, con humor y con una lógica que atraía tanto a campesinos como a abogados. La gente lo quería, y en la curia ya lo miraban con ojos de ascenso. Lo habían nombrado Monseñor, y su nombre sonaba cada vez con más fuerza para ocupar un cargo de obispo auxiliar.

Era un hombre elegante, varonil, lo que contrastaba bastante con los tipos que en el pasado habían ocupado su posición, dueño de una calma que imponía respeto sin necesidad de levantar la voz.

Ese domingo, como tantos otros, el templo estaba lleno. Afuera, la mañana se desplegaba limpia, con el sol filtrándose por las persianas y un aire fresco que hacía pensar más en celebración que en penitencia. El padre Pepe como era conocido abrió la puerta del confesionario, sin mirar el reloj, esperó que la primera voz se inclinara hacia él. 

El vestido negro, de tela ligera, apenas ceñido al cuerpo, parecía jugar con el viento y con cada movimiento, sus caderas dibujaban sin esfuerzo una silueta que atrapaba miradas sin distinción de género. Su figura y exquisito baile al caminar arrastraba los ojos y deseos de cualquiera.

Las pisadas de sus tacones comenzaron como un tamborileo sutil en las gradas de la iglesia, un compás que se amplificaba con cada paso hacia el interior. El eco de aquel ritmo se extendió como una letanía profana, música hecha de cuero y madera que se imponía al murmullo de rezos dispersos.

El Monseñor, encerrado en el antiguo confesionario de caoba —imponente, pesado, aislado de todo lo demás— intentaba seguir la lectura de la Biblia. Pero las notas rítmicas de aquellos tacones lo desarmaban. Levantó la vista hacia el cielo oscuro del cubículo, buscando en los arabescos de la madera algún indicio, como si el mismo roble tallado le pudiera revelar quién era capaz de caminar con tanta musicalidad.

Entonces la vio, apenas en un destello entre penumbra y luz: la línea oscura que recorría sus medias negras, una línea precisa que ascendía desde el filo del tacón hasta perderse en la curva perfecta del muslo. Era un trazo simple, pero dibujado con la insolencia de lo inevitable, un trazo que el padre pepe habia ya delineado mentalmente.

Entonces, un perfume exquisito llenó el espacio del confesionario. No era invasivo, sino denso y envolvente, tanto que parecía potenciar el olor mismo de la vieja caoba, como si la madera hubiera recobrado vida en presencia de aquella mujer. El aroma, mezclado con la tibieza natural de su piel, hizo que el Monseñor levantara instintivamente la nariz, buscando de dónde podía provenir semejante delicia.

Y fue tras la rejilla cuando la vio. Aquel mujerón traía consigo el perfume, pero también una presencia que no necesitaba presentación.

El Monseñor contuvo el aire. El murmullo habitual de los penitentes solía empezar con la misma fórmula temblorosa, pero esta vez la voz lo sorprendió:
—Buenos días, padre.

No era un susurro culposo. Era una voz firme, aterciopelada, con la cadencia de quien no tiene prisa.

—El Señor la escucha —respondió él, con la calma que siempre imponía respeto, aunque sintió que la frase le sabía distinta en la boca.

Un silencio breve, como si ella degustara el espacio entre palabra y palabra. Después añadió:
—He venido… a confesarme.

La última palabra cayó despacio, casi como una provocación.

El Monseñor apoyó los dedos sobre el misal abierto y, por primera vez en mucho tiempo, olvidó la línea que iba a recitar después.

El silencio se estiró un poco más, hasta que ella volvió a hablar:
—No estoy segura de qué debería decirle primero, padre. Si mis pecados… o mis tentaciones.

Contrato de Domingo
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