CRÓNICA PROSPECTIVA DESDE UN PUNTO DE INFLEXIÓN
Equinoccio de marzo del año dos mil treinta y tres (un septenio después del punto de inflexión). i
Tras estos siete años en que he caminado conscientemente hacia el crecimiento de mi ser, en
compañía de mi amada familia, mis ancestros y los grandes amigos que he cultivado; ahora que
he desarrollado las herramientas para sostener esta vivencia diaria, con entendimiento de mis
impulsos y conocimiento de su origen; desde este lugar en que he pasado la página de quien creí
ser (obedeciendo los falsos nombres de los patrones aprendidos) para dar paso a una versión más
humana de mí mismo; en este presente de asombro y milagro, revivo como si fuera hoy, el regalo
maravilloso de entendimiento y sentir que descubrí el día en que mi existencia alcanzó aquel punto
de inflexión.
La primera luz
Ese amanecer del equinoccio de marzo del dos mil veintiséis me levanté confiado y seguro; pues
me había preparado lo suficiente, con la guía de mis amigos Ale y Eve; para entregar mi intención
con valentía y compromiso en la ceremonia de los Niños Santos. Este ritual terapéutico, que honra
tradiciones ancestrales, sostenido en el aprendizaje y la absorción de la memoria guardada por
milenios en el tejido de los hongos sagrados, sería sin duda una fuente de herramientas y una
experiencia de claridad para redescubrir mi luz interior, tener una lectura más profunda del universo,
ordenar la energía compartida, desatar los hilos de los linajes y cultivar el asombro.
Una vez cumplidas las acciones que equilibran y protegen el entorno energético; llevadas a cabo
con respeto y devoción hacia la presencia de los pueblos que han sostenido su práctica, para bien
de la humanidad; entramos en contacto con la experiencia que los Niños Santos tenían guardada
para mostrarnos ese día.
Ingresar en ese estado no ordinario de conciencia implica llevar a la percepción consciente toda la
información de los intercambios que nuestro inconsciente absorbe y ha absorbido, de la realidad,
los cuales son infinitos y están muy por encima de los recursos racionales que hemos aprendido
en nuestro proceso mental de construcción del Yo. Esto es altamente abrumador y la primera
acción de nuestra psique frente a ello es la resistencia.
Pero resistirse es como atravesar una lluvia de meteoritos, es necesario dejar a un lado la razón,
los parámetros que sostienen nuestra realidad paradigmática resultan insuficientes para decodificar
el espectro de emociones, sensaciones, ideas, símbolos, arquetipos y entidades que penetran
nuestra mente. Es por esto que mis queridos amigos, facilitadores del proceso, intervienen
amablemente para recordarnos la imprescindible necesidad de soltar amarras, dejarnos llevar y
fluir con confianza.
La forma de la verdad
Inicialmente se percibe un cambio en la frecuencia y composición de los colores, un aumento en
la intensidad de los sonidos y un incremento en el tacto. Todo sucede integralmente dentro y fuera
de nosotros (pues también sentimos cómo aumenta el latido de nuestro corazón, la respiración se
agita, el equilibrio se pierde y el movimiento se dificulta).
A medida que se intensifica esta condición de la percepción, se maximiza la profundidad de la
perspectiva, como si los objetos comenzaran a alejarse y adentrarse dentro de sus propios planos
geométricos dimensionales. Adicionalmente, las trayectorias vectoriales se curvan y retuercen,
dando la impresión de movimiento ondulatorio de los objetos y la formas.
Esta disrupción es apenas el punto de apoyo del salto hacia un estado superior de conciencia.
Unos instantes después, cada componente del entorno espacio temporal se des-construye en
fractales que se repiten cíclicamente hacia el infinito.
Es importante entender que la naturaleza de los objetos que componen el continuo
cuadridimensional de nuestro universo se articula a partir de una geometría fractal, en donde el
todo se conforma de la repetición de cada parte, que posee a su vez la misma forma e información
del todo, siendo además, cada parte, un todo en sí, conformada también por una sumatoria de
partes iguales. Y así expandiéndose infinitamente hacia el vacío y hacia adentro de sí misma
(pensemos en las hojas de los helechos, repetidas en sus ramas, en sus cepas, en el bosque, la
Tierra, los sistemas solares, las galaxias, los cuásares, también las células del mismo helecho, sus
moléculas, sus cadenas nucleicas, sus átomos, sus electrones, sus quantums…).
A través del aprendizaje racional nos hemos acostumbrado a entender los sistemas de referencia
de los sucesos espacio-temporales dentro de una geometría euclidiana (líneas, puntos, triángulos,
cuadrados, círculos), pero esto es una ilusión de nuestra mente que distorsiona el universo para
hacerlo contenible en nuestro raciocinio.
Albert Einstein proponía que la construcción mental del universo se basaba en la aceptación de
axiomas, que son leyes trasmitidas por el conocimiento racional humano, para explicar los
fenómenos físicos, cuando en realidad la distribución del universo es relativa a la ubicación de los
sucesos y de su energía. Por ejemplo: la gravitación curva el espacio-tiempo, acercándonos o
alejándonos de los objetos que en nuestra percepción entendemos como próximos o distantes,
pero esto en realidad no depende de la longitud del espacio, sino del campo gravitatorio.
El acercamiento a la información al alcance de nuestro inconsciente, que nos ofrece la expansión
de nuestra consciencia con la ayuda de la psilocibina, permite apreciar la geometría fractal de todo
nuestro entorno. Justo ahí resulta imposible no cerrar los ojos y emprender un viaje hacia adentro
de nuestro propio universo, contenido en nuestra mente.
Comenzamos a recorrer un abismo impresionantemente profundo de formas fractales de múltiples
colores, que se expanden y multiplican en millones de nuevos fractales cada vez más hacia
adentro, interminablemente. La sensación de vacío es superior a flotar en el espacio, mirando las
galaxias lejanas, siendo del tamaño de un átomo y de ahí, yendo aún más adentro.
Las formas fractales dejan ver cómo la dimensionalidad de la materia (energía) enmarca un vacío
(que es el espacio en sí), constituyéndose dicha forma en una especie de vórtice vibratorio en
movimiento semi-espiral, que cambia de color según la intensidad de la energía (o al menos así se
interpreta por el córtex). Al acercarse a este límite espacial se encuentra que en realidad está
conformado por miles, millones de nuevos vórtices (como células de un tejido energético). Entonces
nos adentramos en uno de ellos y descubrimos otra vez la fractalización, hacia el infinito.
El tiempo se vuelve también relativo, se pierde la noción cronológica. El recorrido se acelera por
ratos y luego se detiene hasta el punto de lo estático, donde se flota en un limbo ingrávido e
inmaterial. Al volver del proceso se tiene la sensación de haber durado días, o años, en este estado
de profundidad.
Los Niños Santos son amorosos y compasivos, por eso estos procesos se dan en ciclos de
desconstrucción y reconstrucción de la realidad. Luego del pico máximo volvemos a las cuatro
dimensiones de nuestro universo conocido, de formas geométricas racionales (aunque siempre
intervenidas por el enlace con la percepción inconsciente) y nos damos un respiro antes de
emprender una nueva travesía.
Este momento es oportuno para conectar con nuestra intención, pues todo este descubrimiento no
tendría sentido si no es desde una función terapéutica. La memoria guardada en la psilocibina solo
nos muestra el propósito mismo de la vida: recordar, entender, fluir con la energía, para coexistir
plenamente.
Mis sabios amigos, que han estado ahí todo el tiempo, se acercan para guiarnos en la búsqueda
que nos propusimos hacer previamente y que ellos conocen bien, pues la compartimos y afinamos
en el trabajo previo a la ceremonia.
La materialización de los “arquetipos”
El estado no ordinario de consciencia, que nos enlaza directamente con nuestra percepción
inconsciente, como ya hemos apuntado, permite que podamos materializar energías que siempre
están a nuestro alrededor, pero solo son capturadas por este inconsciente. La concretización de
estas energías (que podrían ser supra-dimensionales o ir más allá de la física, y ser al mismo tiempo
un reflejo o exteriorización de nuestro universo interior) se da en forma de lo que Carl Jung llamó
“Arquetipos” y que son la materialización consciente de algo inconsciente: “manifestaciones psíquicas que reflejan la naturaleza del alma” (Jung C.). Puntualmente, aparecen y vienen a nosotros entidades que podríamos o no reconocer, según nuestra propia experiencia de vida.
En mi caso, una vez entrado profundamente en estos ciclos de interiorización, abría los ojos por
ratos y observaba a mi alrededor seres bajitos, con anatomía humana, pero rasgos animales,
algunos llenos de luz, otros oscuros, con garras y dientes filosos. Por un rato estos seres estuvieron
acercándose para tomarme, algunos de forma violenta y aterradora, otros de manera suave y
cariñosa. Yo libraba entonces una lucha para alejar a los seres que me infligían demasiado terror,
reflexionaba incluso que muchos no tenían relación conmigo, sino con algún otro compañero
participante. En todo caso estaba seguro de que venían a realizarme una especie de procedimiento
y que era inevitable.
Nuevamente la importancia del ritual se hacía palpable cuando acudían en auxilio nuestros guías,
sahumando y rezando tabaco para equilibrar la energía de nuestro inconsciente colectivo. Tomé
una maraca que Ale me pasó y comencé a sonarla cerca de mi corazón mientras repetía una frase
que aprendí: “suelto, libero, confío, agradezco, bendigo, fluyo”. El concentrarme en la vibración me
permitió encontrar serenidad y dispersar las entidades de mi mente.
Los sentidos de los participantes se conectan y se crean vínculos psíquicos interesantes. En
algunos casos resultan útiles para nuestro propio proceso, en otros es necesario declarar que esto
no es mío, para evitar canalizar aspectos externos a nuestra realidad personal.
Abuelo transmutador
Eve me preguntó si quería acercarme al fuego, que es otro elemento ritual y energético fundamental
en la ceremonia. Recordé que había traído un poco de tabaco para ofrendarlo, así que me levanté
con su ayuda (definitivamente no hubiera podido caminar solo). Cuando estuve de pie sentía mi
cuerpo muy alto y el suelo demasiado lejos. El camino hacia el jardín donde estaba el fuego fue
toda una vivencia, llena de emoción y asombro.
Finalmente me encontré junto al fuego, recordé mi intención y arrojé el tabaco a las brasas. –El
abuelo fuego es un transmutador de emociones, hable con él- me decía Aya, el Hombre del Fuego
de la ceremonia.
Estuve mucho tiempo junto al fuego y viví ahí la etapa más intensa y maravillosa de mi travesía.
Me senté sobre una cama de millones de fractales ondulantes de césped, que me acogían con
suavidad. Levanté mi mirada hacia el cielo, que era un abismo infinito de planos que se
desdoblaban y se deslizaban entre sí, tamizado de nubes de una complejidad volumétrica
impresionante, emulando formas arquitectónicas como arcos, columnas, bóvedas y cúpulas,
fugadas hacia arriba, siempre en constante movimiento. Observé directamente al sol, que era un
destello cálido brillante en forma alargada y puntiaguda, como el ojo de una serpiente o la vulva de
una mujer (esta geometría se conoce como “mandorla”, se encuentra en representaciones
religiosas y es el arquetipo que encierra lo divino). De su centro se vertían rayos sólidos de luz que
llegaban hasta mí. Entendí que su luz era energía pura proveniente del origen del universo, que
emanaba de mi interior al mismo tiempo que era reflejada por mi mente en el cielo. Me sentí
habitado y sobrecogido por esa luz que a su vez era mi propio ser, que me daba la vida, igual que
a todos los seres a mi alrededor.
Al cerrar los ojos, la luz dentro de mí siguió brillando y con mi propia voz comenzó a contarme la
historia de la creación de la existencia, en un estallido de energía que se expande. También me
mostró la aparición de la vida en la Tierra y su continuo desarrollo a través de geometrías fractales
de energía como semillas que germinan y hacen germinar otras semillas, de forma tal que todos
los seres constituyen una sola unidad y todo está conectado entre sí.
Todo aquello que me contaba mi voz interior, que era a su vez la voz del sol y de todo lo que me
rodeaba, me hacía llorar de emoción. Era una historia bella, llena de amor.
Entonces vinieron mis abuelitos maternos, se sentaron a mi lado y me abrazaron. Mi amada Tita
se sentó a mi derecha y mi amado Tito se sentó a mi izquierda. Eran jóvenes, quizá con unos años
más de los que yo tenía entonces. Me hablaron con imágenes de mi infancia, vi de nuevo la casa
en la que crecí, el parque y el barrio. Me vi a mí mismo siendo un niño pequeño y sentí el amor
inmenso que tuvieron conmigo, cómo me protegieron y dieron su mayor esfuerzo, con generoso
cariño, para que yo fuera completamente feliz. Me sentí tan amado y tan feliz que solo podía llorar
profundamente para dejar salir mi sentimiento.
Avancé más hacia adentro y me encontré a mí mismo dentro del útero de mi madre. Podía sentir
y comprender lo que ella misma sentía, pues en ese momento yo fui parte de su ser. Era muy
joven, a su lado permanecían mis dos abuelos, igualmente amándola. Yo flotaba en su vientre y al
mismo tiempo era ella, pues me creaba con su energía. Supe que estaba asustada y ansiosa. Yo
le trasmitía mi amor y ella me entregaba el suyo. Era el mismo amor y era la energía del universo.
Me di cuenta de cuán infinitamente amado fui y soy, por mi madre, mi familia, mi esposa, mis hijos
y sobre todo por mí mismo.
Lloraba desconsoladamente y mis lágrimas eran un alivio del peso de mis angustias, de mis culpas
y temores. Les pedí perdón a todos, a mi madre, a mi abuela, a mi esposa, a mis hijos. Lo hice
por mí, ellos no lo necesitaban, su amor es incondicional, como el mío. Lo hice para deshacerme
de esa culpa ingrata que nunca tuvo sentido.
Entendí a mi madre sin juzgarla, acepté que todo lo que ha hecho ha sido lo mejor que pudo y
comprendí que sus errores no fueron suyos, sino consecuencias del destino que al fin y al cabo nos
tenía ahí de nuevo unidos. Solté todos los rencores y llené mi corazón de puro amor.
Pensé entonces en mi amada Hellen, en cómo el universo nos había enlazado. Recordé cuán
sabia es y el poder de su intuición. Me dolieron las heridas que pude causarle y le pedí perdón
mientras lloraba aún más intensamente. Me di cuenta que, cuando creía no comprender sus
emociones, en realidad estaba observando las mías reflejadas y que mi ego no me había permitido
muchas veces entender la verdad de sus palabras amorosas y la fortuna de su compañía en el
viaje de mi vida.
También descubrí que mis equivocaciones, al igual que con mi madre, no eran mías sino
causalidades que no definen mi Ser y que puedo dejar ir. Entonces me perdoné a mí mismo y llené
mi corazón con más amor.
Siendo un bebé dentro de mi madre entendí lo que significa ser una semilla que trae consigo la
energía del universo desde su origen, para prolongarla y expandirla hacia el infinito, más allá de la
vida.
Mezclé mi llanto con risa que me contagiaba alguna compañera de ceremonia (no recuerdo cuál),
miré un rato más el cielo reventado de fractales y me puse de pie (ya con menos dificultad).
Antes de levantarme, vi de reojo una nueva entidad que solamente pasó fugaz y desapareció. Era
un perro negro y pequeño. No lo vi venir, sino más bien alejarse, como si hubiera estado a mi lado
desde hace un rato, sin que yo me diera cuenta, y ahora se iba. Al verlo recordé a mi perrito Pinto,
que se fue cuando yo era niño y que tuve que llorar a escondidas de mis tíos, pues para ellos no
era correcto que yo mostrara mi dolor por la pérdida de un animal. Pensé en la dificultad que tengo
hoy en día para dejar fluir emociones como el miedo, el dolor o la tristeza y que la única emoción
que me es aceptada como hombre, en muchos contextos, es la ira. Me sentí muy aliviado de
haber llorado tanto ese día, de felicidad, de nostalgia, de dolor, de amor. También recordé por
unos instantes a cada uno de mis perritos que se han ido, cuánto amor me dieron y las grandes
lecciones que aprendí de ellos, de su Ser inconsciente y a la vez tan presente.
El antropocentrismo con que la humanidad ha conceptualizado racionalmente el mundo, producto
de su orgullo, nos ha encerrado en esferas artificiales llenas de entropía acumulada, de procesos
lineales masificados y sintéticos. No somos los más importantes, ni estaremos mucho tiempo en
esta misma condición. Pero nuestra energía es la misma de la creación, para volver a ella es
necesario aprender a ser humanos.
Obsidiana
Al alejarme del fuego sentí frio, fui a buscar la bufanda de mi abuela, que traía en el bolso. Cuando
lo abrí, miré hacia el fondo y había un profundo abismo oscuro que no parecía tener fin. Esto me
hizo pensar en mi progenitor y en mis ancestros de ese lado, de los que prácticamente no conozco
nada. Tuve la idea de mirar en el espejo de obsidiana, más tarde.
Regresé a mi lugar y permanecí acostado un rato, acariciando la bufanda de mi abuelita, palpando
su suavidad y recordando su presencia junto al fuego, conmovido por el amor que estaba sintiendo.
Escribí algunas cosas en mi bitácora, las cuales anoto a continuación:
“Los impulsos son señales de la energía que está en mí y en el universo, compartida en una
coexistencia complementaria”.
“Los impulsos son duales”
“Los impulsos son diferentes de las máscaras (nombres) que le pone el Ego”.
“Lo más hermoso de hoy fue poder estar de nuevo dentro de mi madre y descubrir ese gran amor
que tubo para mí, es el amor del universo”.
Le pregunté a Aya, Hombre del Fuego, por el espejo de obsidiana. Me lo entregó y miré a través
de él. Vi el rostro de mi progenitor, igual al mío, pero con más arrugas y marcas en su rostro. No
vi nada de él que me perteneciera.
Círculo de palabra
Al atardecer, disfruté ver cómo los compañeros y compañeras interactuaban, trayendo imágenes
de su experiencia todavía viva a un espacio de conciencia algo más estable. Ahora había más
risas que llantos. El cielo del ocaso seguía desfragmentándose como un caleidoscopio en
movimiento. Era maravilloso.
Por la noche compartimos en el círculo de palabra. Yo me di el espacio para escuchar más y callar,
mientras sentía aun en mi corazón ese amor tan bello que disfruté ese día.
Hoy, siete años después de aquella experiencia coyuntural para mi Ser, continúo aprendiendo a
aceptar y manejar mis impulsos y emociones desde un espacio dentro de mí lleno de amor, donde
habita un niño que es muy querido por el universo, y sobre todo por mí. Comprendo que mi aporte
a un mundo más justo empieza por cultivar mi jardín interior, para proyectar mi luz hacia mis
semejantes con humildad, honestidad, valentía y generosidad. Reflexiono en la inmaterialidad de
las formas, en la unidad de la creación a través de la energía y en la inutilidad de los paradigmas.
Apunto mis acciones y tareas personales para coadyuvar con un ambiente social con menos
hambre y frío.
Después del punto de inflexión, bailo con equilibrio y confianza sobre el hilo que me conduce,
atravesando el espacio-tiempo infinito.
i. Escrito en forma prospectiva en marzo del 2026 por Fabián Antonio González Alvarado.