Por Bernabé Berrocal
Obtuve Ícaro de Rebeca Libertad en una feria de editoriales independientes del Museo de Arte Contemporáneo, en 2024. Fui al puesto de Ingrávida para saber en qué aventura literaria estaría trabajando su editora Marcela Salazar, y cuando digo aventura no lo hago de forma retórica, pues el arte que se conduce hacia formas inusuales nunca conlleva la certeza de llegar a puerto, y el acto creativo suele volverse un lance incierto donde prima la sensación ―reconfortante, sí― de regresar al momento inaugural en que por vez primera tomamos la guitarra, la cámara o pusimos una idea por escrito.
La primera página de Ícaro contiene un código QR que nos dirige a las canciones del disco homónimo, en YouTube. Así llegué a la música de Rebeca Libertad, cantautora costarricense que explora y fusiona los géneros bolero, bossa nova y jazz, cuyas letras entrañan las emociones del ser cautivo en estructuras (económicas y sociopolíticas) que desmeritan el reconocimiento del dolor, la compasión y todo sentimiento que ralentice el avance pragmático, radicalizado y normalizado, sustentado en el optimismo ciego (una ceguera como la describió Saramago), cuyo primer signo de barbarie es el veto a la declaración de nuestra vulnerabilidad. Si como decía Carlos Fuentes: “no existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres”, tal expresión de discordancia en la música de esta cantautora, cuyos versos persiguen la reivindicación espiritual (que ella llama sanación), se circunscribe a la sempiterna penuria existencial de la que nos hablaba Kafka, en sus personajes sometidos a un poder que los deshumaniza; o Alejandra Pizarnik, aferrada a la poesía como último bastión de un mundo desgarrado por la tragedia, o el grunge norteamericano de los noventas o la Nueva Canción latinoamericana del siglo pasado, y la propia mitología, en este caso a través del personaje Ícaro.
Resumamos: Ícaro fue hijo de Dédalo, célebre arquitecto artífice del laberinto donde por orden del rey Minos fue encerrado el Minotauro. El rey manda encarcelar a Ícaro y a su padre, pues solo ellos conocían la salida del laberinto. Para escapar de su prisión, Ícaro y el padre construyen dos pares de alas con plumas, unidas con cera e hilo, hilo como el que, del color de la valeriana, simbólicamente fue usado para coser las hojas del libro de Rebeca Libertad: alas de Ícaro vertidas como metáfora en nuestras manos.
Ícaro, al verse libre y pese a las advertencias de su padre, vuela temerariamente cerca del sol, provocando el derretimiento de la cera que mantiene acopladas las plumas de sus alas. La interpretación histórica del mito suele subrayar, a modo de moraleja, la imprudencia de Ícaro, pero no la arbitrariedad del poder que lo hizo cautivo. Por qué no asumir que Ícaro desoyó la advertencia premeditadamente, y que habiendo escuchado, como reza el mito, que el rey mantenía potestad absoluta sobre la tierra y los mares, quiso convertir su ascenso en símbolo y, pletórico de libertad, se condujo hacia donde no alcanzaba el imperio de Minos. Consumando su tragedia, Ícaro se precipita en el mar, según el mito en un lugar del Egeo, conocido hoy como Mar Icario.
Así, el libro de Rebeca Libertad nace enraizado a una tragedia. ¿Buscaba la luz, Ícaro? La consideración de esta paradoja resulta atinente para este libro, pues en él, luz y oscuridad son motivos para representar el ascenso y descenso del alma, el ir y venir por las vicisitudes de la vida hasta poder aceptar, con naturalidad, al igual que lo hacemos con el día y la noche, nuestros propios miedos y tragedias como parte de un proceso de aprendizaje: “Nuestra sombra nos impulsa a buscar la luz… nuestra sombra es la que nos salva”, leemos en Ícaro.
Ya que ningún artista escapa a la evocación de la propia angustia, toda vez que el contenido emocional de personajes y versos se sustenta en la experiencia humana, obtenida, claro está, de primera mano, en la vivencia personal, el libro Ícaro se compone también de reflexiones sobre su propio proceso creativo, y de las tragedias que le preceden. A través de esta causalidad, el arraigo con la vida real, los poemas y demás piezas escritas se nos brindan con un halo de nostalgia, vívidos, para concretar el objetivo de la autora: transmitir las emociones acontecidas durante la gestación de su obra.
¿Y por qué nos podrían interesar a los lectores y lectoras las vivencias y consideraciones espirituales y filosóficas de la artista? Por la misma razón que rescatamos diarios o los poemas de Jim Morrison o los fragmentos perdidos de Bolaño o de Sebald (de este último compilados en un libro llamado Camposanto, título maravilloso que nos recuerda el eterno reposo en que relegamos el pensamiento detrás de la formalidad de la obra, concentrado el artista en concebirla bajo formas preestablecidas).
“Ícaro no es solamente un libro o un disco musical, es un registro de la metamorfosis de un alma en búsqueda de la lucidez emocional y espiritual”, leemos en las primeras páginas. La convergencia de distintas formas en el libro: poema, reflexión filosófica, música, aforismo y las ilustraciones a cargo de Marcela Salazar, refuerza el concepto de metamorfosis y establece relaciones simbólicas entre sus diferentes elementos; a su vez, hacen de Ícaro un ejemplo de lo que suele llamarse “libro-objeto”, cuyas particularidades de elaboración se articulan con el contenido. En Ícaro la poesía muta en canción y viceversa, para poder apreciar distintas manifestaciones del verso y hacer confluir los sabores del mango y la sandía con un corazón que bombea pájaros y un ser que renace sobre una flor de loto. Es muchas cosas, Ícaro, buraco o caverna por la que asoman otros posibles significados que por enajenación, o por aquella ceguera, ignoramos, abstraídos no en el objeto, sino en su sombra.
La recomendación expresa de escuchar el disco, simultáneamente a la lectura, forma parte de la experiencia lúdica y multisensorial de Ícaro, la música constituye un hilo de Ariadna ―ese cuyo rastro permitiría a Teseo hallar la salida del laberinto― que nos vincula emocionalmente con los textos. Porque Ícaro, también, es cancionero. No olvidemos aquello de que: “Sin música, la vida sería un error”. La frase, acuñada por Nietzsche en “El nacimiento de la tragedia”, articula la música con el origen de lo trágico y lo dionisiaco (de lo pasional y la exacerbación de los sentidos), al considerarla como lenguaje originario, capaz de expresar la dimensión más íntima de la vida (su dolor y tragedia), que el concepto (entiéndase palabra escrita: frase, verso, oración) no puede captar sin empobrecerla con sus rígidos esquemas. Ese lenguaje del pentagrama, la música, suscita en nosotros emociones escurridizas a la palabra, como nos dice una de las canciones de Rebeca Libertad: “El fuego de tus ojos de miel, que aunque en palabras no sale de mí…”.
¿No es otra expresión de Ícaro aquel otro ser desplomado, también desde el cielo y por desobediencia a su padre, Lucifer, en latín portador de luz y encargado de dirigir a los músicos celestiales?
La ternura como rebelión del espíritu es proclama del libro Ícaro. Y debemos volver a hablar de ello, del espíritu y de la ternura, y no solo hablarlo, también escribirlo, cantarlo, dibujarlo. Y filosofarlo. Para Platón, el espíritu es lo que se opone a la materia, nuestra parte inmortal. Para Descartes, la sustancia que duda, quiere y siente. Para Hegel, no es algo individual sino una autoconciencia colectiva, donde cada espíritu se reconoce a sí mismo y la Historia es el espíritu doblegándose, volviéndose libre. Para Nietzsche es la actitud de quien se libera del rebaño y crea sus propios valores. Kant: puedes estudiar el cuerpo como objeto, pero el espíritu se capta desde dentro, como sujeto. ¿Qué tienen en común estas definiciones? Ya sea conciencia, cultura compartida o impulso vital, el espíritu es lo que da sentido, interioridad y dirección a la vida, por lo que no habrá sanación sin tomar el espíritu como punto de partida, aplicado, en primera instancia, a nuestros propios duelos. Más Platón, menos Tafil, parafraseando en alusión al título de un conocido libro.
¿Y la ternura? No la releguemos al Camposanto. Que no quede sepultada por el pragmatismo de los Generales y los economistas. Para mí, ternura es la compasión percibida a través de los sentidos. Manifestémosla, definámosla, hablemos de ternura; para Simone Weil, esta es atención pura.
Como dice una de las citas incluida en Ícaro y que relaciono con la ilustración de su portada:
“No son los ojos los que ven, sino lo que nosotros vemos por medio de los ojos”.
En esta sentencia, platónica, me parece entrever el punto de partida de la sanación.