Los autores de este artículo, Carole Hooven y Alex Byrne, sostienen que la biología ha mantenido durante más de un siglo una definición clara y binaria del sexo basada en los gametos: los machos producen gametos pequeños, los espermatozoides, y las hembras producen gametos grandes, los óvulos. No ha habido ningún descubrimiento científico relevante que obligue a revisar esta idea básica. Lo que realmente cambió fue el panorama cultural y político. Desde principios del siglo XXI, el activismo por los derechos transgénero ha sembrado dudas sistemáticas sobre el sexo binario en campos como el derecho, el deporte, la educación y, sobre todo, la medicina. Esto ha terminado afectando negativamente los estándares médicos y el bienestar real de los pacientes.
Pero lo que más me interesa de este artículo, y por eso lo destaco, es el papel que ha jugado la moralización en el silenciamiento del debate sobre estas cuestiones. Hooven y Byrne explican que la moralización se ha convertido en el mecanismo más potente para cerrar discusiones que, en teoría, deberían ser científicas. Ya no se trata solo de discrepar sobre datos o definiciones. El asunto se ha transformado en una cuestión moral de primer orden en la que defender que solo hay dos sexos se presenta como algo moralmente sospechoso, como una posición que niega realidades vividas, que invalida identidades, que genera violencia simbólica y que, en última instancia, daña a personas vulnerables. En cambio, cuestionar o rechazar el binario aparece como un acto de justicia, inclusión y progreso moral.
Cuando una narrativa incorpora un juicio moral fuerte, criticarla ya no es solo señalar un posible error científico o conceptual sino que se interpreta automáticamente como un ataque a valores superiores como la compasión, la equidad o la protección de minorías. Es exactamente el tipo de “blindaje moral” del que suelo hablar cuando escribo sobre estos temas. Las narrativas quedan protegidas porque cualquier intento de examinarlas con rigor se convierte en prueba de mala intención. Si cuestionas la idea de que el sexo es un espectro o que es asignado socialmente, no estás debatiendo biología sino que estás siendo malo moralmente, transfóbico o cómplice de la opresión. Esa dinámica cierra el paso al debate abierto y honesto.
Los autores muestran cómo esto se manifiesta de forma concreta en el mundo académico y médico. En revistas serias como Archives of Sexual Behavior, incluso los investigadores que defienden la visión binaria se sienten obligados a incluir descargos de responsabilidad: “Nada de lo que decimos debe interpretarse como apoyo al sexismo o al odio”. Es como si tuvieran que pedir perdón de antemano por presentar evidencia científica. Mientras tanto, en el otro lado abundan las acusaciones fuertes: que el modelo binario “borra vidas”, “impulsa prejuicios”, “naturaliza la exclusión” o constituye una forma de “violencia epistémica”. Revistas de prestigio como Scientific American, The Lancet o American Scientist han publicado textos que van en esa línea, sugiriendo que insistir en la definición gamética no obedece a razones biológicas sino a motivaciones políticas oscuras.
Esta moralización produce efectos muy prácticos. Genera autocensura porque la mayoría de las personas prefiere no exponerse a ser señaladas públicamente como malas. Crea incentivos profesionales claros ya que es mucho más cómodo y ventajoso alinearse con la visión no binaria o, al menos, no cuestionarla. Y cuando alguien se atreve a disentir, pueden venir las consecuencias reales como campañas en redes, quejas internas, pérdida de reputación o incluso salida de la institución. El caso de la propia Carole Hooven en Harvard es ilustrativo. Tras explicar en televisión la definición biológica clásica del sexo -y aclarar que eso no impedía respetar las identidades de género-, fue acusada públicamente de transfobia por una responsable de diversidad de su departamento. El ambiente se volvió tan hostil que acabó dejando la universidad de Harvard. Otro ejemplo fue la cancelación de un panel antropológico cuyo título incluía la palabra “sexo” de forma clara. Se justificó alegando “daño” a la comunidad trans, como si debatir una categoría biológica fuera en sí mismo un acto agresivo.
En el terreno de la medicina de género, donde las decisiones afectan directamente a menores, esta moralización resulta especialmente preocupante. Cuestionar si es prudente usar bloqueadores de la pubertad o hormonas cruzadas en adolescentes se interpreta con frecuencia como falta de empatía o directamente como odio. Eso ha dificultado enormemente la autocrítica interna que cualquier campo médico serio necesita. Cuando el debate se moraliza tanto, los médicos y investigadores se ven presionados a adoptar el enfoque “afirmativo” aunque la evidencia sea débil o contradictoria. El resultado es que se prioriza la validación inmediata de la identidad sobre la cautela clínica y el principio básico de “primero no hacer daño”.
Hooven y Byrne subrayan una asimetría importante: en el ámbito académico, esta moralización proviene casi siempre de un solo lado. Los que defienden el binario suelen separar claramente la ciencia de las cuestiones de dignidad y derechos. No acusan a sus oponentes de ser malas personas. En cambio, el otro lado mezcla con frecuencia el juicio científico con el juicio moral, lo que hace mucho más difícil el diálogo.
En definitiva, el artículo pone el dedo en la llaga de un problema más amplio que trasciende el tema del sexo y el género. Cuando las narrativas ideológicas se blindan moralmente, la ciencia y la medicina sufren. Se vuelve muy costoso corregir errores, revisar protocolos o seguir la evidencia donde esta lleve. Y los que pagan el precio más alto son, paradójicamente, los pacientes más vulnerables, especialmente los niños y adolescentes con disforia de género que merecen tratamientos prudentes, basados en datos sólidos y no en consignas morales.
Este mecanismo de moralización explica por qué un tema que debería resolverse con evidencia biológica, psicológica y médica se ha convertido en uno de los debates más polarizados y difíciles de mantener con serenidad. Romper ese blindaje no significa carecer de empatía ni negar el sufrimiento real de las personas con disforia. Significa exigir que la ciencia y la medicina puedan funcionar con honestidad intelectual, sin que el miedo a ser moralmente condenados cierre las puertas al escrutinio necesario. Solo así se puede llegar a soluciones que realmente ayuden a la gente en lugar de servir a una narrativa ideológica previa.
FUENTE: